Columnistas

La 閠ica
Autor: Rodrigo Pareja
30 de Septiembre de 2014


Si hay un tema recurrente y manido, sobre el cual se ha dicho, escrito y debatido en cantidades siderales, es el de la 閠ica, jam醩 ausente de cuanta reuni髇 o tertulia tenga que ver con el periodismo.

Si hay un tema recurrente y manido, sobre el cual se ha dicho, escrito y  debatido en cantidades siderales, es el de la ética, jamás ausente de cuanta reunión o tertulia tenga que ver con el periodismo.


Todos los que intervienen en la discusión o intercambio de ideas y planteamientos alrededor  de la famosa y utilizada palabrita, llegan al gran descubrimiento de que el mayor y más importante atributo de todo periodista debe ser el de actuar con ética en el ejercicio de su profesión, así ésta en los últimos tiempos haya perdido esa cualidad y quedado convertida en una actividad que cualquiera puede desempeñar, siempre y cuando posea una pequeña grabadora adquirida en cualquier “sanandresito”.


Cosa que no ocurre con la medicina, la ingeniería o la abogacía, por ejemplo, aunque quien haya abierto la puerta para qué por ella entraran a saco todos los que han ido degradando el periodismo hasta su situación actual, hubiera sido uno de los más brillantes exponentes del derecho.  


No se trata en esta nota, ni mucho menos, de desconceptuar o negar esa irrebatible verdad, sino de comentar algunos episodios para defender el comportamiento del periodista raso que no siempre puede ser ético, como se le exige, porque en últimas no es él quien dispone sino el medio al que presta sus servicios o el gerente del mismo que solo tiene en su estrecha mira el factor económico.


Cuando el gerente regional de una prestigiosa cadena radial llama a sus dos principales periodistas y les ordena que en adelante no podrá darse una noticia sobre determinado hecho económico sobre el cual hay serios cuestionamientos, y éstos tienen que doblegarse ante la exigencia, ¿dónde quedó la ética?, ¿quién la hizo trizas y se burló en ese momento de los oyentes y de su derecho a estar bien informados?, ¿el gerente mercantilista que actuó con base en su objetivo comercial y el amiguismo, o los periodistas que tuvieron que plegarse  a la exigencia, para colmo hecha en presencia del personaje comprometido?


Si los periodistas hubieran actuado con ética deberían haber dimitido allí mismo con este resultado: quedarían sin trabajo, renunciarían a un buen salario y una buena posición, de las mejores de entonces en el estrecho medio antioqueño, y habrían sido reemplazados a más bajo costo, mientras gerente y encartado celebraban con una copa en algún exclusivo club.


Lo anterior sirve para ilustrar que la ética que se le pide y exige al periodista en términos generales resulta un argumento facilista, que vende y congrega oyentes o espectadores y resulta fácil promocionar y predicar desde las alturas, pero que a la larga resulta muy poco practicable cuando se está en el duro pavimento de la realidad.


Otro caso para decorar esto de la ética que todos dicen tener y actuar de acuerdo con ella, es el de un afamado director, también de la misma cadena radial, que ordenó al periodista omitir el nombre de otro no menos famoso expresidente incluido en la lista denigrante de personajes que habrían recibido dineros de un narcotraficante, quien para el efecto “prendió el ventilador” en recordada rueda de prensa que se cumplió en el Hotel Intercontinental de Medellín.


La misma situación anterior: o se renuncia de inmediato en aras de esa ética que todo el mundo –incluidos los máximos directores dicen tener– o se obedece la orden y se saca de la deshonrosa lista al orondo personaje.


Los casos descritos no son aislados ni únicos en el periodismo, y seguro constituyen el pan de cada día en todos los noticieros radiales y de televisión, en los periódicos, revistas y en los cientos de espacios noticiosos a cargo de periodistas de oficio y de carrera o de paracaidistas que apenas acaban de llegar en pos de la mendigada pauta oficial.


Cuyos dispensadores, a propósito, no se sabe si adrede o de manera inconsciente, han contribuido a envilecer aún más este que alguna vez Alberto Camus llamó “el oficio más bello del mundo” y que ahora se ha convertido en el más prostituido.