Columnistas

Nuestras glorias musicales
Autor: Olga Elena Mattei
19 de Septiembre de 2014


¡Por fin, música culta ultramoderna compuesta por hispanos y ejecutada por nuestra orquesta! "Voces celestiales" para dos contrabajos (Jeff Bradetich e Ilko Rusev) y orquesta" de Orlando Jacinto García, compositor cubano de la segunda mitad del siglo

¡Por fin, música culta ultramoderna compuesta por hispanos y ejecutada por nuestra orquesta! "Voces celestiales" para dos contrabajos (Jeff Bradetich e Ilko Rusev) y orquesta" de Orlando Jacinto García, compositor cubano de la segunda mitad del siglo XX, residente en Miami.


Se escucha una entrada dramática y violenta, seguida por un dúo de los dos contrabajos (casi una cadenza), con un eco vocal de uno de los solistas (solo vocalises, sin palabras).


La interesantísima obra presenta toda clase de artificios instrumentales como percutir (golpetear) con los arcos, ejecutar portamentos y  glisandos gigantescos por distintas secciones de la orquesta, en especial los dos contrabajos solistas. Adornado profusamente con acentos y notas esporádicas de la percusión, algunos pasajes llegan a parecer música concreta y, otros, aleatoria.


Admiramos al maestro Posada por la escogencia de esta obra, porque los melómanos de Medellín necesitamos disfrutar de obras más contemporáneas que las del repertorio regular. Imaginamos las dificultades que presenta la preparación de estas piezas, y el esfuerzo inmenso para el resultado  de exactitud y perfección.


A continuación el Concierto para contrabajo y orquesta, de Andrés Martín, argentino residente en México.  Sucede lo mismo con la preparación de esta otra pieza, y con el placer de conocer esta clase de obras. Esta pieza está a la altura, por los patrones orquestales y rítmicos, de las de los mexicanos Silvestre Revueltas y Carlos Chávez, del siglo XX pero con perfiles más modernos. Se ofrece un interesante diálogo entre el contrabajo solista y la orquesta; especialmente interesantes los pasajes en que el arpa, Bibiana Ordóñez, o la marimba, contestan; no podemos dejar de mencionar la excelencia y la juventud del solista de marimba y xilófono, Gamaliel Roa, ¡casi un niño, ya con fama de genio, y con una seguridad de experto! 


De bellísima intensidad melódica, pausada y ascendente, el segundo movimiento, "Nocturno". Saxofón, clarinete, oboe y traversa apoyan la ascensión, mientras la percusión la complementa. Partes de ésta, con solos especiales, la marimba y el xilófono. La sección de cuerdas forma el cuerpo sólido y central del desarrollo, punteado y en alternancia con la percusión y con los vientos ya mencionados. Una obra coherente, bien equilibrada, progresiva, sugestiva y  llena de belleza. Extraordinaria la cadenza del tercer movimiento, tanto por su partitura como por la ejecución, en las manos del solista Jeff Bradetich, norteamericano.


Y llegamos a la cumbre de la noche,  la 5ta Sinfonía de Tchaikowsky. Los acordes de las cuerdas con los conocidos primeros compases de esta fabulosa sinfonía, se oyeron un poco líquidos. Como que no fueran una sola voz sólida.  Quizás se debió a su reducido número, o a mi cercanía, la cual , con la extraordinaria acústica de esta sala, podía tener un efecto contraproducente de estereoscopio, algo así como un prisma auditivo, capaz de separar, deshilachar y desviar angularmente los haces sonoros, como reflejos desordenados. En cambio, cuando la obra entra en su marcha inicial, también tan escuchada, el volumen y la unidad se oyeron como si fuera una gran orquesta de una gran metrópoli. Así es el sonido que esta orquesta ha logrado ofrecer desde hace algún tiempo. Y con la acústica de este panteón, el Auditorium Máximum del Colegio Alemán, se convierte en un placer capaz de emocionar al  circunspecto escucha en su butaca: uno se da cuenta, como nunca antes, (aunque haya escuchado esta sinfonía cientos de veces), de que estos tuttis de Tchaikowsky sí son realmente de "tutti"... ¡Absolutamente todos los instrumentos en simultáneo! Y, qué prodigio, ¡en esta acústica se pueden percibir al mismo tiempo, todos juntos, en un inmenso haz, y a la vez se distingue cada uno por separado, cada cobre, cada madera, cada cuerda!


Y de tantos tuttis  gigantescos plenos de arrolladora energía, todos quedan cortados en el aire por el maestro Posada como con el latigazo de un rayo vertiginoso, al tiempo que un timbal estalla cortando de un tajo el glorioso clamor de toda la orquesta.


El solo, cantábile, de un corno,  tan amado, al principio del segundo movimiento, reveló a una audiencia sorprendida la excelencia de la joven Ana Cristina Correa. Y otra sorpresa fue otro niño, Luis Mayo, entre los cornos.


El tercer movimiento se inicia con un delicioso valz. Surgen varios y súbitos solos en los vientos, alternando la flauta traversa y las maderas. Son  la filarmónica joven, pero todos son músicos seguros y maduros. El maestro Posada parece extraerles con manos, brazos, y cuerpo las inflexiones exaltadas en los temas del melodioso Tchaickowski. (Varios deletreos correctos). Este gigantesco ruso era melódico hasta en los más dramáticos y poderosos tuttis. Y así lo recrea Posada, logrando las máximas expresiones de la apretada masa sonora de esos tuttis colosales. ¡El escucha siente en su psiquis la máxima elación!...


Y de repente, en el súbito silencio... un pissicatto de una sola nota en el primer violín: como una gota de rocío en un bosque, tras la a nota tormenta... Esto no es una nota muy musical, pero no la pude evitar, porque soy poeta… Y al principio del finale, una marcha... y los contrabajos se  desfasan un poco... Mas tras tal excelencia general, no se nota...


Y fue inevitable permitir que el público gritara, vociferante, a modo de aplauso final: era nuestro propio concierto, ¡concertados como quedamos por el eco de tanta gloria!