Columnistas

El hombre que no perdió el tiempo
Autor: Alvaro T. López
16 de Septiembre de 2014


Acababa Antioquia de recibir el alevoso golpe del asesinato de su joven y prometedor Gobernador, y él, con el corazón sumido en el dolor que solo conocen los que ven a su propio hijo sacrificado...

alvarolopez53@hotmail.com 


Acababa Antioquia de recibir el alevoso golpe del asesinato de su joven y prometedor Gobernador, y él, con el corazón sumido en el dolor que solo conocen los que ven  a su propio hijo sacrificado, en una intervención mediática cuyo solo recuerdo encoje el alma, nos recordó que la majestad de la Patria está por encima de cualquier interés particular, de cualquier desgracia personal. Entendimos con sus palabras las dificultades de gobernar un país en el que .los violentos siempre han ganado la guerra, por cuenta de quienes condenan por venganza, de los que legitiman la barbarie si con ello acaban cualquier honra. 


Esa imborrable imagen, revela el talante de Guillermo Gaviria Echeverri: el de un liberal formado y convencido del papel del Estado y del ejercicio licito de la autoridad. Y en esa creencia irrevocable en la democracia y sus instituciones, pensó en el bienestar de su pueblo, en el desarrollo de la empresa privada y en la educación como fuente insustituible del crecimiento personal. De lo primero dio muestras en la formulación de su teoría de los pesos vivienda, que fue una interesante y arriesgadísima propuesta, para poner a los más pobres en situación de acceso a una vivienda propia y digna.


Fomentó actividades económicas de muchas índoles y creo exitosísimas empresas; abrió sendas de progreso para regiones enteras de la geografía regional, de todo lo cual se ha hablado en estos días en que asistimos al final de su existencia. Sin embargo, sus últimos años los dedicó a su fábrica más insigne, que es el Periódico, tal vez porque, aunque económicamente no ha sido rentable, le permitió ejercer el ministerio del magisterio que, como muy acertadamente lo dijo doña Adela en su bello panegírico, fue siempre su gran pasión. Él era un maestro y enseñó y dio ejemplo de vida hasta el final.


Fue orgullosamente ingeniero y maestro de ingenieros, en la época en la que la educación permitía que los cerebros deambularan por los saberes del mundo, sin las barreras de las competencias excluyentes. Que exquisito tertuliano fue don Guillermo: sorprendente era su conocimiento literario y agradable oírlo declamar a los clásicos.  Y muchas fueron las veces en las que fue necesario releer a Marcel Proust, para ponerse a tono con el magistral dominio que tenía de su obra, de la cual bebió en su idioma original, hasta el punto de superar con creces el decir de los expertos más reconocidos.


La muerte es parte de la vida, pero es el encuentro con la vida misma, con esa vida inmaterial a la que se tiene derecho cuando se ha dejado un legado de pensamiento y obras, cuando el ejemplo se erige como faro vital. La gente como el doctor Gaviria, no se muere, porque la lucidez de sus ideas vence la muerte. Sus conceptos elaborados desde el estudios y la experiencia, la verdad defendida más allá de cualquier fuero, su liberalismo dialéctico y liberador, su presencia siempre advertida, su prole, son cosas y personas que siempre estarán en la mente de quienes lo conocimos, para dar gracias por su existencia.