Columnistas

El nazi ordinario
Autor: Dario Ruiz Gómez
15 de Septiembre de 2014


En alguna ocasión hace ya muchos años al salir de la boca del metro en Madrid me topé con un vociferante grupo de “Cabezas rapadas” que gritaban consignas nazis. Haciendo de tripas corazón pasé a su lado y nada pasó.

En alguna ocasión hace ya muchos años al salir de la boca del metro en Madrid me topé con un vociferante grupo de “Cabezas rapadas” que gritaban consignas nazis. Haciendo de tripas corazón pasé a su lado y nada pasó. El racismo aumenta en países como Inglaterra, Francia y España donde la población sin empleo atribuye su desgracia a la presencia de extranjeros, sobre todo africanos que, supuestamente,  se han apoderado de sus puestos de trabajo, seguridad social. Los gritos de “¡Mono! ¡Mono!” contra futbolistas negros se repiten en los estadios. Otra dimensión tiene el  racismo de la extrema derecha de Le Pen en Francia donde se odia al extranjero por considerarlo un invasor en momentos en que crece el desempleo y se presentan actos de terrorismo por parte de fundamentalistas musulmanes. La amenaza real del fundamentalismo yihadista y su frenético terrorismo está conduciendo al hecho de que, además de la aversión hacia el musulmán, se agregue un elemento como el miedo colectivo el cual puede justificar cualquier represalia. También el renacer del antisemitismo lo comprueba.


Vale la pena volver a recordar que no podemos identificar al fascismo mussoliniano que trató de revivir las glorias del pasado romano y el nazismo que se basó fundamentalmente en la creencia de que existía una raza superior aria. En ambos casos lo importante consistió en crear un enemigo para justificar la persecución, la matanza tal como se hizo con el pueblo judío. Esto es claro para quienes lo han vivido y para quienes asumen críticamente el hecho de que estas definiciones cambian de contenido según las nuevas circunstancias que se viven. El populismo chavista es una buena muestra del cambio de rostro de Mussolini siguiendo las pautas señaladas por el peronismo argentino. La definición de “fascismo cotidiano” viene a recordarnos que  el fascismo se da no por una definición abstracta sino por la caída de la conducta cotidiana en las irracionalidades del autoritarismo. De este modo en un recalcitrante revolucionario puede disfrazarse un fascista que golpea a su esposa y sus hijos y trata con violencia a sus subalternos. Y un dirigente puede autocalificarse de revolucionario socialista pero con su conducta demostrar que es un corrupto porque se ha enriquecido con el dinero de los ciudadanos.


Lo que quiero recordar es que no se puede recurrir a la conducta fascista de calificar a todo opositor de nazi. ¿Dónde están los grupos de “Cabezas rapadas” que según el fiscal estaba preparando el expresidente Uribe? El Plan Pistola, declarar como objetivo militar a un grupo de jóvenes demócratas, constituyen métodos nazis de terrorismo por excelencia que el fiscal no ha condenado. La palabra es una responsabilidad que eluden siempre quienes la utilizan con fines condenables y corromperla conlleva  la presencia de un grave deterioro de las costumbres basadas en la civilización del diálogo y de la discrepancia. Calificar a la ligera a los dos universitarios venezolanos de nazis tal como lo han hecho algunos periodistas bogoteños es un despropósito moral peor que el agravio que nuestra Cancillería ha hecho al Derecho Internacional de Asilo, abriéndole la puerta a lo que por desgracia ya está en marcha al borrarse, como señala Agamben en “Estado de Excepción”, la frontera entre democracia y absolutismo o sea al entronizarse soterradamente el concepto de “guerra civil legal”.


El fin nunca justifica los medios, el escándalo como método continuo de difamación conduce a la perversión de la justicia. El amarillismo informativo es una actitud fascista que niega la identidad del contrario y su derecho a la defensa. Montesquieu no concede la voz a quienes al carecer de voluntad propia han caído en la bajeza.