Columnistas

Las Lajas: 260 años de devoción (1)
Autor: Alejandro Garcia Gomez
13 de Septiembre de 2014


Refiere la creencia que el 15 de septiembre de 1754 se descubrió la imagen de Nuestra Señora del Rosario, después de que muchos pobladores de Ipiales y Potosí despejaran, a punta de palas y machetes, la monumental roca laja...

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Refiere la creencia que el 15 de septiembre de 1754 se descubrió la imagen de Nuestra Señora del Rosario, después de que muchos pobladores de Ipiales y Potosí despejaran, a punta de palas y machetes, la monumental roca laja que se encuentra parapetada verticalmente en el escabroso terreno junto al encañonado y rugiente río Guáitara o Carchi o Pastarán. La misma tradición señala que los vecinos llegaron allá después de una serie de sucesos -increíbles para unos, milagrosos para creyentes y devotos- de los cuales los dos más sobresalientes fueron: el primero, que una niña indígena, Rosa, sordomuda de nacimiento, le dijera a su madre, María Mueses de Quiñones, “mamita, mamita, la mestiza me llama”, al pasar cerca del puente que aún comunica –de a pie- a Ipiales con el municipio de Potosí. El otro, la resurrección de Rosa, después de que María fue a implorarle y hacerle caer en la cuenta a La Señora, La Mestiza, de la cantidad de velas en las que había gastado su dinero para encenderlas frente a ella y en su honor, cuando pasaba regularmente, después de que Rosa la descubriera. 


La otra historia no es menos alucinante y, a veces, también inexplicable: El 15 de agosto de 1592, el Corregidor Diego López de Zúñiga promulgó en Quito una cédula real sobre el impuesto de las alcabalas que desató fuertes protestas populares por lo cargado del gravamen. Al parecer, entre algunos pocos sacerdotes y clérigos con gran sensibilidad social, también se presentaron protestas de apoyo a la población, por lo abusivo de las cargas. Estos sacerdotes y clérigos fundamentaban su causa en la teoría del tiranicidio que había sido formulada por el padre Mariana (1536-1623), clérigo español. Entre ellos se encontraba un sacerdote dominico, pintor estudiado en Lima, de gran devoción por la Virgen María, y de noble y acaudalada familia quiteña: Fray Pedro Bedón. En resumen lo que el p. Mariana planteaba era que si un príncipe oprimía a su pueblo y no era posible la reunión de las Cortes o de la Asamblea Nacional, cualquiera de los ciudadanos, en nombre del pueblo, tenía el derecho de matar al tirano, desde el momento en que se habían hecho intolerables y evidentes sus crímenes. 


Ante la persecución desatada, los superiores jerárquicos de Fray Pedro buscaron que huyera hacia la Nueva Granada, donde no lo alcanzaba esa jurisdicción, ya que el límite era el paso del Carchi, como ahora. Se radicó primero en Santafé de Bogotá y otro tiempo en Tunja, desde 1593 hasta 1598 en total, cuando regresó definitivamente a su ciudad natal. Aunque no existen pruebas de que este dominico fuera el autor del cuadro de la Virgen María de Las Lajas, existen indicios serios de que así fuera: el camino de Potosí a Ipiales, por el Guáitara (su nombre en la Nueva Granada), era paso obligado hacia Santafé, y él debió hacerlo mínimamente dos veces: ida y regreso; Fray Pedro era pintor, pero además devoto de la advocación de Nuestra Señora del Rosario y se conservan unos cuadros en Quito, Tunja y Bogotá, probadamente pintados por él, uno de los cuales se llama la Virgen de La Escalera, en Quito, con innegables similitudes a la imagen de Las Lajas. Probadamente también era un hombre de un dinamismo asombroso, lo que hoy se denomina emprendedor: “diciendo y haciendo”.


Preguntas de difícil respuesta: ¿por qué sólo hasta mediados de 1754 se hace visible o pública la imagen, después de más de 150 años de la supuesta pintura de Fr. Pedro, en un camino que era, no sólo de uso público, sino muy frecuentado? ¿Cómo subsistió la imagen sin desmejorarse, por más de 150 años expuesta a la intemperie? Por documentos de la época, hubo tiempos en que toda la región de Ipiales estaba sometida a un período de lluvias constantes hasta el punto de que ni siquiera se podían fabricar adobes porque no se secaban. Próxima entrega: la construcción del santuario.