Editorial

Informar en guerra
7 de Septiembre de 2014


En el conflicto colombiano, la prensa no puede dudar. Su lugar está al lado de los colombianos que defienden la democracia y los derechos de las mayorías.

Cuando le anunció al país su determinación de recuperar el Kaguanistán y suspender los diálogos con las Farc, el presidente Pastrana aludió a las acciones mediante la cuales esa organización narcoterrorista libraba la guerra total contra los colombianos. Un reciente documento del Ministerio de Defensa demuestra que los tres grupos alzados en armas que se enfrentan al país no logran reunir siquiera al uno por ciento de la población. Y las encuestas los muestran como los grupos más desprestigiados del país. Estamos, pues, frente a un país atacado por una banda de narcoterroristas de la que ahora busca defenderse para mantener vigente la democracia.


A pesar de que el apoyo de los colombianos a sus instituciones y la credibilidad en su Ejército han sido demostrados en todas las encuestas de opinión, algunos analistas, que han tenido que reconocer que el conflicto colombiano no es una guerra civil, han apelado a fabricar entonces una artificiosa división del país en tres bandos: el Ejército, que actuaría en defensa del Gobierno; la población civil, que carecería de intereses en el conflicto, y la guerrilla, que se enfrentaría al Estado, no al país. Con base en esa falsa división proponen para la situación nacional unas premisas alejadas de esa realidad. Ello sucede, por ejemplo, en un sector del periodismo, que no ha logrado unanimidad sobre cómo informar en medio del conflicto y que corre el riesgo de confundirse ante las teorías que empiezan a circular por los medios y la academia.


De tiempo atrás, en la Facultad de Comunicaciones de la Universidad de La Sabana, viene promoviéndose la tesis de la neutralidad, que le impondría al periodismo darle a todos los sectores un tratamiento de “partes en conflicto”, según la cual todos los colombianos serían equiparables a las organizaciones que les han declarado la guerra. Hacer periodismo acogiendo tal tesis significaría que los medios tendrían que dudar de la legitimidad que cobija las actuaciones del presidente elegido democráticamente y de las Fuerzas Armadas instituidas por la Constitución para defender la soberanía nacional, los derechos de los colombianos y la democracia. Como lo hemos dicho en anteriores oportunidades, nos sorprende que tan prestigiosa Universidad se haya puesto del lado de esa teoría tan útil a los intereses de la banda de Tirofijo.


En un punto cercano a la teoría de la neutralidad informativa se ubica el defensor del lector de El Colombiano, Javier Darío Restrepo, quien reclama para estos momentos un modelo de periodista que “se pone del lado de la población desarmada para promover su poder inerme y para defender sus derechos”, sofisma que oculta el hecho de que las Fuerzas Armadas entraron al combate para garantizar los derechos de los millones de ciudadanos que se encuentran amenazados por un grupo de narcoterroristas que apelan a todas las formas de terrorismo para atacarlo. Y es ingenua la premisa porque pretende ignorar que la estrategia leninista de “combinación de todas las formas de lucha” los lleva a valerse de organizaciones con apariencia de civiles para manipular la información y los acontecimientos.


En el conflicto colombiano, la prensa no puede dudar. Su lugar está al lado de los colombianos que defienden la democracia y los derechos de las mayorías. Ello le impone depositar su credibilidad en el Ejército Nacional y los voceros gubernamentales, actitud que debe conllevar la modificación de la actitud complaciente con los voceros de la guerrilla que observó mientras se mantuvo el “proceso de balas y babas”, durante el cual los guerrilleros tuvieron a su permanente disposición los micrófonos de la radio y las cámaras de televisión. Debemos mantener una actitud vigilante frente a la guerrilla y sus portavoces disfrazados, que acudirán a la desinformación propagandística como arma de guerra, pero también frente a quienes desde el Estado incumplen con sus responsabilidades o abusan de su poder, pues su deslealtad es lesiva a los intereses del país.


Con la ruptura de los diálogos, Colombia ha entrado a un nuevo estadio en la búsqueda de la paz que tiene derecho a disfrutar. Y en él, el país reclama un periodismo sagaz para reconocer las intenciones de sus fuentes de información, sobre todo las que hábilmente se disfrazan; lealtad con la Patria que se defiende de una banda que la ha bañado en sangre y lágrimas, y voluntad de verdad para no dejarse tentar por sofismas de distracción predicados por confundidos o habilidosos manipuladores. Con ese periodismo está comprometido EL MUNDO.