Columnistas

Apretar tuercas
Autor: Sergio De La Torre
7 de Septiembre de 2014


No confundir la prudencia con la candidez es requisito infaltable de la buena pol韙ica. Vale decir, de aquella que logra coronar sus metas.

No confundir la prudencia con la candidez es requisito infaltable de la buena política. Vale decir, de aquella que logra coronar sus metas. En aras de la discreción obligada en la diplomacia y a veces en el juego político, nunca conviene tolerarle al otro (cuando ambos, agotados por la dura contienda, ya están sentados a la mesa del diálogo) que abuse más de la cuenta, tomando por ingenuo a quien cree que la condescendencia es la mejor manera de ablandar la contraparte e irla predisponiendo a favor de un arreglo que satisfaga a los dos.


Aludo a lo que sucede en Colombia. Nada gana el Gobierno, ni el proceso de paz adelantado en La Habana, con dejar pasar en silencio los exabruptos de las Farc en Cuba, o sus tropelías en el territorio nacional. Lo acordado es negociar en medio del conflicto, mas ello no implica que la guerrilla pueda agredir, cada que se le antoje, a la población civil, volar el tubo, quemar vehículos y afectar el ecosistema. Toda violación de derechos humanos en cabeza de civiles o de militares en estado de indefensión, debe merecer la repulsa inmediata y la subsiguiente denuncia ante la comunidad internacional. Callar frente a tales hechos indefectiblemente se interpreta como conformidad, o resignación del lado del gobierno. O peor aún: como miedo a que, por reclamar, se rompan las conversaciones. Dialogar mientras truenan los fusiles y las bombas, tal como se pactó, no excusa ni la barbarie ni la destrucción del patrimonio colectivo, ni el daño colateral al medio ambiente. Y entre paréntesis agrego (apenas para sonreír ante la farsa montada por los alzados y sus corifeos en orden a justificar su saña demencial con los oleoductos) que ellos, fingiendo olvidar que Ecopetrol es una empresa enteramente nacional, sin capital extranjero, aducen que su odio va enfocado a los Estados Unidos, que se quedan con nuestro crudo. De paso simulan ignorar que la China Roja (que hoy es el nuevo imperio, con su dumping devastador y los salarios de hambre para su inmensa población aherrojada) muestra mucho interés por nuestro crudo, para extraerlo y a la vez comprarlo. Pudorosamente calla la guerrilla el hecho de que el crudo venezolano casi todo va a parar a USA, donde lo pagan bien, gracias a lo cual logra sobrevivir, con todo y su rampante corrupción, el régimen caraqueño, protector de la insurgencia colombiana. O sea que al erguido, enhiesto chavismo, y a las Farc por reflejo, los sostiene y financia el imperialismo yanqui. ¡Vaya paradoja! Cuánto maniqueísmo y falsos odios hay en la política, en la tradicional y en la que practican los sedicentes redentores, criptomarxistas, que por pereza mental o pura conveniencia profesan, o dicen profesar, un credo tan desmentido por la vida y los hechos en todo el orbe que ya los propios cubanos se avergüenzan de predicarlo. 


El discurso de la guerrilla es anacrónico a más no poder. Tal arcaísmo obedece a que, como es corriente entre los prosélitos de cualquier doctrina pétrea, acaban convirtiéndola en dogma que nunca se airea y, por contera, en una fe religiosa. En rigor, ese discurso no es tal, pues en todo discurso, por definición, se discurre y razona. Es tan solo un dogma que todo lo simplifica, reduciéndolo a preceptos o artículos de fe. O a consignas incoherentes, desfasadas, más sonoras que eficaces, contrario a lo que presumen sus pregoneros. Todo ello, reitero, comporta un alto grado de abulia, de resistencia a pensar con cabeza propia, cosa por lo demás imposible en almas amaestradas. Un ejemplo bastaría para ilustrar tanta penuria intelectual y para medir la dimensión del fenómeno, muy propio de las capillas medioevales: a raíz de lo afirmado recientemente por las Farc en el sentido de que Clara Rojas, la compañera de Ingrid, no fue secuestrada ni es víctima , un caballero de apellido Lozano, muy compuesto y distinguido y quien funge de ideólogo de la ortodoxia mamerta y pseudoizquierdista (perdón por el pleonasmo), en lugar de aclarar el miserable infundio, dio en la flor de reforzarlo con argumentos tan peregrinos que aquí no reseñaremos por respeto al lector.


No obstante todo lo anterior, la causa de la reconciliación emprendida por el presidente Santos, con todo y sus aristas y emanaciones (que tanto disgustan e incomodan por el ingrediente de mentira y fariseísmo que llevan) sigue mereciendo el apoyo de muchos. El proceso de paz, por el desesperado apremio vital que entraña, sigue prevaleciendo sobre sus falencias y defectos. Pese a tantos reparos y dudas como las que suscita, Colombia no puede desfallecer en secundarlo. Justamente por eso, y para prevenir que naufrague en un eventual referendo, o antes de él (dadas la fatiga e indignación que los excesos de la guerrilla están generando) le urge al gobierno enmendar su actitud contemplativa, ponerle orden al zaperoco en que a menudo se tornan las negociaciones y exigir respeto, a tiempo que se corrige el ritmo pachorro que la guerrilla viene marcando.


PD. A don Guillermo Gaviria solo puedo decirle: gracias por haber vivido. Y al destino, gracias por habernos permitido conocer, tratar y compartir jornadas inolvidables con un personaje tan singular y superior. A su señora esposa doña Adela y a sus hijos: orgullo y fuerza.