Editorial

Memorias de la sinrazón y la dignidad
1 de Septiembre de 2014


La vergüenza que la humanidad siente por haber tolerado el holocausto enseñó que la paz también tiene que incluir el respeto, reconocimiento y reconciliación con las víctimas.

El 1 de septiembre de 1939, cuando invadió Polonia, Adolf Hitler inauguró la noche más larga, oscura y dolorosa que la humanidad recuerde. Setenta y cinco años después, el mundo sigue buscando explicaciones al absurdo y el horror que se tejieron en el cruce de las ambiciones de un sicópata, las frustraciones de un pueblo humillado y la incapacidad de sus contemporáneos para comprender mensajes y actuaciones totalitarios que hoy consideramos inequívocos.


Durante estas décadas, la ciencia ha buscado comprender cómo se produjeron la adhesión del pueblo alemán, ejemplo de sensatez y reflexión, a Adolf Hitler, paradigma del absurdo delirante; la ceguera general frente a la victimización de judíos, católicos y gitanos, y la expansión nazi en el centro de Europa. Tales explicaciones dan entendimiento y capacidad para ver nuevos hechos amenazantes, que nunca faltan. Ya no quedan dudas sobre la influencia de las gravosas cargas impuestas al pueblo alemán con el Tratado de Versalles que degeneraron en humillación y en afán de reivindicación ante ellos mismos y ante la historia; un sentir que Josep Goebbels interpretó con gran habilidad y aclimató mediante mecanismos de propaganda que todavía se usan cuando se quiere eliminar, o minimizar, toda voz crítica que ponga en riesgo sueños totalizantes.


La historia no olvida el triste papel de consuetas del tirano cumplido por los personeros de la teoría del apaciguamiento, Nelville Chamberlain, primer ministro británico, y Pierre Laval, jefe de la diplomacia francesa. Desde los albores del ascenso del partido Nazi, demostraron incapacidad para reconocer los rasgos totalitaristas en los discursos del Führer, y cobardía para alertar a la Sociedad de Naciones del riesgo de que creciera la carrera armamentista emprendida desde los albores de 1934, cuando no se había cumplido el primer aniversario de Hitler en la Cancillería alemana. Esta actitud de los jefes de Gobierno tuvo su clímax perverso en la firma del Pacto de Múnich, que en diciembre de 1938 entregó a Alemania una porción del territorio checoeslovaco, con la  ingenua declaración de Chamberlain, al señalar que “no titubearía en hacer una tercera visita, si creyese que eso puede hacer algún bien”.  La historia ha dado a cada uno su lugar. Chamberlain es ejemplo de los mansos inferiores a su deber, mientras que Duval, que perduró en su error y en 1940 indujo al mariscal Petain al colaboracionismo con los ocupantes nazis de Francia, quedó como modelo de los traidores. 


La memoria de la Segunda Guerra ha dado lugar de honor a los líderes que encararon la expansión militar nazi cuando ella tocó sus puertas o agredió a sus pueblos. Ellos, los padres del bloque aliado, libraron las duras batallas que conquistaron la humanidad, la paz y la esperanza de que esa horrible noche no tenga repetición posible. Entre ellos sobresalen, por supuesto, sir Winston Churchill, que mostró el camino de la dignidad cuando tomó las riendas para defender a Gran Bretaña, atacada por los bombarderos a los que temía su predecesor; Charles de Gaulle, que asumió la lucha de los franceses por la libertad y señaló el camino de la resistencia a los tibios que persistían en el error de confiar en que la guerra no los tocaría; el controversial Josep Stalin, que en el momento decisivo de la invasión a Rusia suspendió su odio por las democracias occidentales para “ayudar a todos los pueblos europeos” en la “guerra de liberación”, y, por supuesto, Franklin Delano Roosevelt, tardío convidado que resultó fundamental para conquistar la victoria. 


En julio de 1944, cuando las tropas aliadas empezaron a recuperar países y ciudades, se descorrió el velo de la ignominiosa victimización del pueblo judío. En los años de guerra, ellos habían sido ignorados, despreciados o acorralados por quienes menospreciaron sus pedidos de auxilio o temieron ser sometidos a las torturas infringidas en guetos y campos de concentración. Con valentía, en memoria de los más de seis millones de sacrificados y por la dignidad de los huérfanos, los ancianos abandonados y las familias rotas, este pueblo luchó porque la paz les diera justicia y les devolviera la dignidad que les arrebataron los nazis. Ese pueblo defiende la memoria como escudo que lo protege del miedo a un nuevo horror. La vergüenza que la humanidad siente por haber tolerado el holocausto enseñó que la paz también tiene que incluir el respeto, reconocimiento y reconciliación con las víctimas. Por eso, la Segunda Guerra Mundial, sus causas y consecuencias, y los errores y aciertos de sus protagonistas, siguen siendo una lección que brinda luces sobre el presente.