Columnistas

Una cámara muy indiscreta
Autor: Carlos Alberto Gomez Fajardo
26 de Agosto de 2014


Una cámara indiscreta –muy indiscreta- graba la escena en el Congreso: mientras algunos de sus miembros discuten lo que allí se discute, un notable senador se encuentra absorto dedicado a un video juego.

Una cámara indiscreta –muy indiscreta- graba la escena en el Congreso: mientras algunos de sus miembros discuten lo que allí se discute, un notable senador se encuentra absorto dedicado a un video juego. Él mismo lo aclararía más tarde antes los medios de comunicación, concretamente jugaba “Tetris” -explicaba que ése era su juego, no otro- pues en un video juego diferente ya había  superado previamente los niveles de dificultad.


El incidente causó  un cierto revuelo en medios, ansiosos por supuesto de la notoriedad y la sensación. Una revista se preguntaba con cierta ironía si aquel congresista no sería  el mejor jugador de Tetris del actual Congreso de la República.


Cada colombiano tendrá sus motivos para votar por quien lo representa ante las corporaciones públicas. Se supone, tal es el deber ser de la democracia, que allí se encuentran las voces y las inteligencias cuya idoneidad se destaca entre los millones de ciudadanos al extremo de que quienes se sientan en aquellos escaños representan al pueblo. Hay aún quienes se refieren a la dignidad que comporta el título del representante en la política. Está en cuestión –no sólo en nuestro conflictivo sistema representativo- sino en general en los sistemas democráticos, el asunto de la dignidad de algunos de los que ostentan los títulos de políticos activos.


En todo caso, la explicación dada por el senador merece una nota de observación: ¿Es pertinente aclarar que se trataba de “Tetris” y no de otro video juego? ¿Es esto una expresión de humor de adolescente o solamente una descarada manifestación de desprecio hacia sus propios electores?


Las dos situaciones son bien diferentes: si es un mal chiste, propio de un colegial a quien infraganti han pillado cometiendo una travesura, valdría la respuesta que pretende ser ingeniosa, sin dejar por ello de ser convencional. Pero si es una expresión de cinismo e indiferencia hacia quienes encuentran censurable su acción, entonces la realidad es bien distinta: lo que aquel congresista debiera responder no sería con otro gesto de descortesía, de amoralidad y por tanto, otra bofetada ante el país.  Debió,  - y no lo hizo en su momento-  en una muestra de sensatez, presentar disculpas ante sus electores, ante sus contradictores políticos y sus colegas en la corporación. Lo que hizo en cambio fue hacernos saber que padece de una patología muy extendida en estos tiempos de “postmodernidad” y de cinismo institucionalizado: la incapacidad del discernimiento moral que permita reconocer  que en algunos actos el ser humano se equivoca, y que es precisamente humano manifestar la voluntad efectiva de corregir y mejorar. Para ello, naturalmente, tienen que existir escalas de valor precisas y actitudes personales de respeto. Algo aparentemente inexistente, pues de ello se continúa burlando el sonriente político.