Columnistas


Expropiar canchas verdes
Autor: Carlos Cadena Gaitán
25 de Agosto de 2014


Tuvieron que pasar catorce años para que se pusiera punto final a la disputa en relación a la cancha de polo del Country Club de Bogotá.

@cadenagaitan


Tuvieron que pasar catorce años para que se pusiera punto final a la disputa en relación a la cancha de polo del Country Club de Bogotá. La semana pasada, el Consejo de Estado dejó en firme el fallo del Tribunal Superior de Cundinamarca que había confirmado la expropiación del inmenso terreno, ordenada por el entonces alcalde Enrique Peñalosa, y luego aceptada por el exalcalde Antanas Mockus.


Pasará así esta cancha a convertirse en un espacio de entretenimiento abierto a todo el público, que deberá ser administrado, adecuado y optimizado directamente por el Distrito. Estamos hablando de 7,6 hectáreas de espacio verde, que entran a enriquecer la oferta de entretenimiento natural para los millones de vecinos de esa zona de la capital, y que deberán mantenerse absolutamente verdes y seguros para los visitantes, sin caer en la trampa de convertirlos en pistas de carreras motorizadas, ni centros comerciales encerrados.


Quizá la mayor repercusión de esta decisión se encuentra en el precedente que establece. No son pocos los casos de otras canchas verdes y clubes privados enclavados en todo el centro de áreas vitales de las ciudades colombianas. Adicionalmente, no es secreto que los principales municipios de este país tienen un gran déficit de espacio verde efectivo por habitante.  Por lo tanto, este suceso en Bogotá, abrirá las puertas para debatir la pertinencia de muchas otras canchas de polo, golf y tenis que son de uso exclusivo para los ultra ricos.


No hay nada de malo con que las personas que han logrado amasar grandes patrimonios legalmente y como fruto de su propio trabajo, puedan tener acceso a lujos privados. Más aún, no debe haber ningún problema con que un club campestre, como corporación legalmente constituida, tenga la potestad de seleccionar a sus propios socios. Sin embargo, si es problemático que en muchas de nuestras ciudades, grandes porcentajes de los ciudadanos no tengan acceso fácil y de calidad a espacios verdes para la salud y el entretenimiento, y que algunos de estos espacios existan, ubicados en lugares privilegiados de la urbe, pero rodeados de muros, cercas y alambrados.


Gran parte de la responsabilidad recae sobre el mismo gobierno local, debido a su labor de planificación democrática del territorio. Si hoy en Medellín, por ejemplo, hay tan pocos y desconectados parques verdes, bosques urbanos, cuerpos de agua de acceso público, no se puede culpar únicamente a los constructores, como voraces depredadores de cualquier lote baldío, sino también a la falta de providencia de un Estado, que durante muchas décadas, no hizo lo necesario para evitar esa depredación.


Por otro lado, es claro que en Medellín también tiene gran parte de la culpa la misma ciudadanía. Hemos caído en la trampa de creer que el progreso es análogo a grandes moles de cemento unidas por veloces autopistas y rodeadas por altas rejas. Hemos permitido que nos obliguen a manejar hasta un centro comercial con aire acondicionado, para sentirnos libres de caminar, mientras conversamos y admiramos vitrinas. Nos hemos comido el cuento que los espacios verdes de calidad, donde conviven los mangos endémicos, y los olorosos eucaliptos de estas montañas, son de acceso privilegiado únicamente para quienes pueden pagar la cuota mensual.


¿Llegó la hora de pensar en reclamar algunas de esas canchas verdes subutilizadas para el disfrute abierto de todos los medellinenses? ¿Tienen ideas? Abro el debate.