Columnistas

Sueños y realidades de una ciudad inconclusa
Autor: Jorge Alberto Velásquez Betancur
21 de Agosto de 2014


Marginalidad, exclusión, inequidad son palabras que definen hoy a Medellín.

Marginalidad, exclusión, inequidad son palabras que definen hoy a Medellín. 


Una ciudad es una realidad histórica, geográfica, política, económica, social y cultural. La ciudad -cualquiera sea-hay que estudiarla y comprenderla desde estas dimensiones, las cuales se cruzan y retroalimentan entre sí, no solo para producir otras categorías de análisis (hábitat, urbanismo, culturas urbanas, calidad de vida, por ejemplo), sino para producir unas características propias, un sello de identidad que hace única a cada ciudad. (Abro un paréntesis para preguntar por el sello propio de Medellín).


En el campo físico-espacial la ciudad se vive de manera funcional. En el socio-espacial se vive de manera simbólica. Ambos tienen que ir juntos. Cada persona integra estos campos y estas vivencias para vivir la ciudad como un todo que significa, que comunica y que brinda respuestas posibles a una forma particular de entenderla. La ciudad se vive en cada persona que la habita. Y en ello hay mucho de percepción y de emoción, por encima de la realidad. Lo antioqueños idealizamos a Medellín, pensamos que es el centro del universo, lo cual no deja ver sus defectos y carencias.


La ciudad es también el lugar propio, un asentamiento común en un territorio determinado, con una arquitectura propia, que determina las condiciones del hábitat y de la movilidad. (Segundo paréntesis para otras preguntas: ¿Tiene Medellín una arquitectura propia?, ¿se aprovechan su luz, su color y su clima en la arquitectura?)


Para todos, la ciudad es una fuente de respuestas. Cada persona hace uso y se apropia del territorio de la ciudad de manera que desde él se contribuya a la satisfacción de las necesidades básicas del ser humano y al mejoramiento de su calidad de vida. De esto se debe ocupar, en el caso colombiano, el Plan de Ordenamiento Territorial, aplicado en cada período de gobierno por el Plan de Desarrollo Municipal. En palabras de Jordi Borja (La ciudad conquistada, 2003): “La ciudad ha sido el marco de vida que hace posible el ejercicio de las libertades vinculadas a los derechos ciudadanos: elección del trabajo y de la vivienda, acceso a la educación y a los servicios básicos”. (¿Responde el POT a esta aspiración?)


Sin embargo, en Medellín puede más la retórica que la realidad. Hay más palabras que hechos. En efecto, de cada dimensión y de cada elemento es posible deducir, hoy, problemas específicos. Veamos:


Territorio: Hay inseguridad porque el control territorial no lo tiene el Estado sino la delincuencia. El territorio separa y fragmenta la ciudad. Falta espacio público de calidad.


Economía: El sistema económico favorece la desigualdad y crea desempleo. 


Política: El manejo político de la ciudad no es democrático. Las decisiones las toma una elite económica que se beneficia de ellas y el pueblo se mantiene al margen, como sujeto del clientelismo. No hay políticas públicas sino favores personales, que se agradecen con el voto. El hábitat no crea convivencia y la movilidad no fluye, con secuelas en la calidad de vida y en la competitividad.


Social: Los ciudadanos somos indiferentes frente a la ciudad como entidad colectiva y frente a las demás personas. Hay insolidaridad y egoísmo. No se comparte entre clases sociales.


Ambiental: Medellín es una ciudad ruidosa y contaminada visual, auditiva y ambientalmente.


Cultural: Hay una dicotomía entre el orgullo que se siente por Medellín y la manera cómo se le trata. Falta sentido de pertenencia, no se cumplen las normas de convivencia ni de tránsito. Se arroja basura a las calles y no se respeta al otro. Hay exclusión no solo por razones económicas sino por motivos étnicos, de género y de identidad sexual.


Además, se pierde cobertura en servicios básicos y el Medellín rural, que ocupa un 74 por ciento del territorio, no está integrado al concepto de ciudad.


Esta, más que una larga enumeración de problemas, constituye una agenda de trabajo para quienes se llaman líderes. Y un llamado de atención a las autoridades: primero hay que organizar la casa para poder vender un concepto real de ciudad. Con la ciudad en orden, la buena imagen fluirá como agua cristalina.