Columnistas

Un país de mañosos
Autor: Omaira Martínez Cardona
20 de Agosto de 2014


A los colombianos nos distinguen en muchas partes por la recursividad y pujanza, pero también por lo que la gran mayoría se enorgullece y que regionalmente llamamos “viveza” o malicia.

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A los colombianos nos distinguen en muchas partes por la recursividad y pujanza, pero también por lo que la gran mayoría se enorgullece y que regionalmente llamamos “viveza” o malicia. La malicia entendida como astucia, habilidad o destreza para hacer cosas productivas y benéficas es un don que infortunadamente no se practica bien.


Es precisamente la mal llamada “malicia indígena” de la que tantos se ufanan y que se manifiesta en una gran variedad de artimañas, intrigas, abusos, engaños y manipulaciones, una de las razones para que Colombia siga amañada en los más altos niveles de percepción sobre corrupción en el mundo. La fama de “ventajosos” nos hace ver como personas no confiables porque tradicionalmente nos enseñaron a ser individualistas y a tratar de sacar provecho de las situaciones antes que a pensar como sociedad y en el bienestar común, mientras que en otras culturas crean equipos de trabajo, el colombiano prefiere trabajar solo porque como es tan desconfiado, tiene miedo a que le roben las ideas, a perder dinero, a que fracase, a quedar mal ante los demás, a que lo engañen, etc.


Gracias a este legado es que algunos creemos que este sí es un país en el que el “vivo” vive del tonto y en el que ser bueno no paga. Como todo el mundo desconfía de todo y de todos, se ha convertido en toda una odisea para el que no es “mañoso” ser frentero, dar la cara, responder, confrontar y comprobar que dice la verdad, porque nadie le cree. Parece tan extraño ya en nuestro contexto que aún haya personas justas, generosas, bondadosas, incorruptibles, honradas y leales en las que se puede confiar incondicionalmente. 


Sobrevivir en medio de tanta telaraña no es fácil y es por eso que la gran mayoría se deja tentar y se adapta a las circunstancias para hacerle trampa a todo: al Estado, a la justicia, al empleo, a la familia y a todo el que “de papaya”. 


Los “carruseles” de favores y servicios en el país seguirán siendo una patraña para beneficio de unos pocos con la necesidad de muchos que ante el desespero y las pocas opciones para solucionar alguna dificultad, terminan incurriendo en triquiñuelas de las que seguramente no salen bien librados. En este país se puede conseguir de todo mediante artimañas de toda clase, para todo hay especialistas: para sanar enfermedades incurables, sacar documentos, ganarse una licitación, conseguir una beca, un cupo para estudiar, un trabajo así no esté capacitado para desempeñarlo,  obtener un diploma, ganarse la lotería, inventar disculpas, librarse de una multa, que le adelanten una cita, que…, la  lista es interminable. 


Es tal el descaro de los “mañosos” que ya no les importa que los denuncien o los pillen, por lo general se escudan en su apariencia de personas piadosas y sacrificadas, muchos hasta ofrecen sus servicios con tarjetas de presentación, en avisos clasificados y la gran mayoría ha hecho de su negocio el más lucrativo; celebran su falso triunfalismo, sin necesidad de “matarse” mucho y atendiendo desde sus oficinas virtuales, desde una silla en la tienda de la esquina,  mientras juegan billar o desde la peluquería. Esta fama de “mañosos” no debe seguir enorgulleciendo al país, la astucia es un don que estamos demostrando que no tenemos en nuestros genes, y mucho menos la de nuestros antepasados indígenas que sí sabían aprovechar sus habilidades para sobrevivir sin aprovecharse de los demás. Hay que confiar más para que podamos decir con orgullo que los buenos somos más.