Columnistas

“Mala ortografía”
19 de Agosto de 2014


Hay en Medellín, en algún periódico, una columna que tiene por título “La mala ortografía”.

Lucila Gonzalez de Chaves


Hay en Medellín, en algún periódico, una columna que tiene por título “La mala ortografía”.


De dos componentes griegos se forma la palabra ortografía: orto que quiere decir “correcto, derecho”  y grafía que es “escritura”.


Como lo indica su etimología, la ortografía enseña a escribir las palabras con corrección en cuanto a la estructura de las mismas.


Decir y escribir: ortografía, equivale, a “correcta escritura”; decir y escribir: mala ortografía, equivale a decir: “mala correcta escritura”. 


Hay pues una falta de lógica en el lenguaje que se comete por contradicción de ideas, en este caso: mala-correcta. Debió escribirse “Mal empleo de la ortografía”, o “Aprendamos ortografía”.


Detengámonos un poco en esta idea: “escribir las palabras” a diferencia de “escribir las letras”, cuya buena formación constituye el arte de la caligrafía, que nada tiene que ver con la gramática ni con la ortografía.


La frase: “escribir correctamente” viene desde la época de Quintiliano. Siglos después, el gran Elio Antonio de Nebrija consideró la ortografía como  la primera de las partes de lo que llamaba Gramática doctrinal, porque los griegos le habían asignado el primer lugar, decía: “la primera los griegos llamaron orthographia que nos  otros podemos nombrar en lengua romana ciencia de bien i derecha  mente escrivir; a esta esso mesmo pertenece conocer  el número i fuerÇa  delas letras  i por que figuras se an de representar las palabras i partes dela oracion” (Nebrija, Gramática, l,  1-2).


Según la Real Academia Española (RAE) la ortografía castellana se asienta en tres principios: la pronunciación, la etimología y el uso de los que mejor han escrito.


Modernamente los esnobistas quieren hacer creer que debemos escribir como hablamos, pero esa escritura fonética impediría reconocer no solo la derivación de las palabras de una lengua, sino también el parentesco con las otras lenguas más o menos afines; tampoco esa armonía entre la fonética y la escritura puede durar porque la evolución de la lengua es constante: Nebrija escribía aver, bever, etc. 


Dice el gramático Martínez Amador: “Lo único que debería tenerse en cuenta, y en muchos casos  es precisamente lo que más se olvida, es la ascendencia de las palabras, o sea su etimología”.


Por la etimología escribimos en la lengua española muchas haches (h) que nunca pronunciamos; por esta misma razón la Real Academia impuso hace muchos años grafías como substancia, obscuro, subscriptor, etc. Evoluciona el lenguaje y la Academia permite suprimir la be (b): sustancia, oscuro. Como permite hoy, escribir: trasporte (transporte), trasparente (transparente), etc.


Por etimología escribimos equis (x) que no se pronuncian sino como ese (s): extraño, extirpar, exceso, expresidente, etc.  Y por etimología escribimos: biología, biógrafo y otras más con be (b), aunque en español signifiquen vida.


Aunque para estar al tanto en materia  de ortografía, recomiendo la última edición (año 2011) de la Ortografía de la Real Academia Española (RAE), me parece que es necesario tener conocimientos de la etimología, (los orígenes de las palabras pueden ser griegos, latinos, alemanes, franceses, italianos, y aún, del antiguo vascuence, y modernamente, los anglicismos, especialmente, se han venido castellanizando.


El tema es largo y amplio. Hay que seguir estudiando y consultando; esto significa respeto por nuestro idioma y por nosotros mismos.