horizontes
El vía crucis de la Justicia
Autor: Fernando Uribe Restrepo
9 de Noviembre de 2005


Los pasados sábado 5 y domingo 6 de este mes se celebró el vigésimo aniversario de la cruenta toma del Palacio de Justicia por parte del movimiento guerrillero M-19, el que entró a los sótanos del edificio asesinando a los que encontraron; luego ocurrió la recuperación también con inusitada violencia por parte del Ejército de Colombia.

En vista de que a este columnista le correspondió, por designio de la Providencia, un papel protagónico en esos sucesos en días posteriores a esas tomas, he pensado que es mi deber dedicarle esta columna a ese tema.

EL MUNDO me publicó una crónica, por entregas, sobre la tremenda experiencia que me había correspondió vivir como Presidente de la Corte Suprema de Justicia de Colombia, inmediatamente después de los cruentos sucesos ocurridos en ese mes de noviembre de 1985, cuando de la noche del día 6 a la mañana del día 8, en virtud de la doble toma, fallecieron once Magistrados que estaban allá cumpliendo con su deber.

Más tarde, estando en Quito como Magistrado del Tribunal Andino, resolví convertir esa crónica titulada “El Palacio de Justicia, dos años después”, en un pequeño libro; de allí resultó el “Vía Crucis de la Justicia”, publicado en Quito en junio de 1992. Estos son los títulos de algunos de los principales capítulos de ese librito: “Entre las Cenizas y el llanto”; se habla luego de la reinstalación de la Corte Suprema y de su reintegración. De los trabajos y angustias que tuvimos en esa labor, de las dificultades y tropiezos que encontramos, de mi intento por modernizar la Justicia, de que la Corte sin embargo no estaba sola, y de “El asalto a la Justicia”.

Estaba en los Estados Unidos, en una visita oficial al sistema judicial; antes del viaje era Vicepresidente, allá me enteré del asalto y regresé a marchas forzadas, a enterrar a los compañeros Magistrados muertos; a los pocos días mis compañeros me nombraron Presidente en propiedad. Luego vinieron las dificultades para encontrar una sede adecuada para la corporación.

En el librito se narran varios episodios interesantes ocurridos cuando ejercí la Presidencia de la corporación y se hacen varias consideraciones sobre cómo debe ser la Justicia.

Uno de ellos fue cuando regresaba con precipitación de los Estados Unidos. Cuando regresaba, en una escala, me comunicaron que había muerto el Presidente de la Corte Suprema, Alonso Reyes Echandía. Me recibió uno de mis hijos y me contó que había muerto Fanny González Franco, había tenido mucho que ver en su nombramiento y, cuando me dieron la noticia, lloré como un niño.

En el Palacio de Justicia fallecieron también los Magistrados: Fabio Calderón Botero, Manuel Gaona Cruz, José Eduardo Gnecco Corréa, Carlos Medellín Forero, Ricardo Medina Moyano, Horacio Montoya Gil, antioqueño; Alfonso Patiño Rosselli, Pedro Elías Serrano Abadía y Darío Velásquez Gaviria, también de Antioquia, todos excelentes juristas.

En virtud de la doble toma, quedó reducida a cenizas la majestuosa sede principal de la Justicia colombiana y diezmados sus integrantes. ¡Algo demasiado grave para este país!.

Por esa época recibimos serias amenazas de los Extraditables, y durante mi mandato ocurrió el tremendo asesinato del Magistrado Hernando Baquero Borda, a manos de sicarios contratados por ellos. Esa Corte Suprema ha sido calificada como “una de las mejores Cortes en la historia de Colombia”. Me he permitido tomar de Vía Crucis de la Justicia, algunos partes para esta columna.

Se requiere ante todo que la Justicia sea independiente de la política, y que el gobierno luche contra el terrorismo de un modo adecuado, como al parecer lo está haciendo, no como se hizo en esa época. Está bien que se nombre una Comisión de la Verdad, pero me temo que muchas cosas de las que allá ocurrieron en esos dos días permanecerán ignoradas, enterradas en las cenizas que quedaron.

En esos días aciagos se oscureció el horizonte de Colombia y seguirá así mientras no se le dé a la Rama Judicial lo necesario para que el país pueda vivir rodeado de un ambiente de justicia.