Columnistas

Promesa cumplida
Autor: Henry Horacio Chaves P.
14 de Agosto de 2014


Entre nosotros decir que se cumplió una promesa motiva una sonrisa de incredulidad, pero efectivamente se cumplió.

@HenryHoracio


Entre nosotros decir que se cumplió una promesa motiva una sonrisa de incredulidad, pero efectivamente se cumplió. No es que haya llegado la luz a los pueblos chocoanos del Baudó, ni el agua a Yopal o La Guajira, ni son las ayudas a los campesinos que perdieron sus cultivos por vendavales, ni tantas otras palabras que alguien espera que cobren vida y se hagan realidad. La que se cumplió, es la única promesa que siempre se materializa en el país: la del asesinato.


Más de cuatro años de ir de un lado para otro gritando que lo iban a matar, no impidieron que le ocurriera al colega Luis Carlos Cervantes. Lo asesinaron la tarde del martes en Tarazá, pero su agonía comenzó en abril de 2010, cuando denunció las primeras amenazas. Y para que no quede duda, hay que insistir en que hizo las denuncias correspondientes en la Fiscalía, en la Unidad Nacional de Protección, en la alcaldía local, en la Gobernación y a través de los medios de comunicación y de las asociaciones de prensa. Su amenaza continuada fue tanto de dominio público, que incluso como corresponsal de Teleantioquia Noticias hizo una crónica de cómo era hacer periodismo con escoltas.


Escoltas que hacían parte del esquema de seguridad que le fue asignado ante la seriedad de unas amenazas que incluyeron la explosión de una granada y un ataque a piedra contra su casa, ubicada a metros de la estación de una policía. Cervantes Solano intentó hacer el oficio en esas condiciones, a pesar del miedo y de sentirse solo. Aunque es justo decir que los gremios y los medios documentaron siempre su tragedia. Pero la situación se hizo insostenible, sobre todo cuando vio que uno a uno, iban cerrándose medios de comunicación en 


torno suyo, como se le cerraban a él las puertas y los oídos. Entonces sucumbió a la censura y cambió las noticias por música y “algunos servicios sociales que mandaban de la alcaldía”. Pero la suerte estaba echada. Sus poderosos enemigos estaban dispuestos a cumplir la promesa de muerte y lo hicieron.


Para que la promesa fuera cumplida confabularon varias cosas, como suele ocurrir. El retiro del esquema de seguridad 15 días antes, sin previo aviso ni plena justificación, un desplazamiento en moto de retorno a un lugar al que estaba advertido no debía regresar porque sus enemigos no lo querían ver por allí, como se lo dijeron en las múltiples amenazas, y la indolencia de tantos que pudiendo darle cobijo lo dejaron a su suerte, a la decisión de los criminales. 


Es probable que aún con escolta lo hubieran matado, como advertían las amenazas. Pero les quedó más fácil. Pero si esas amenazas se hubieran tomado con respeto, con seriedad, habrían sido investigadas y tal vez quienes las originaron podrían haber sido judicializados antes de lograr su cometido. No se hizo así, pero los asesinos dejaron un rastro largo, una huella que con tecnología, pero sobre todo con voluntad, podría seguirse para evitar que el crimen quede impune. Pero toda promesa que se cumple engendra un nuevo sueño. Ahora los asesinos confían en que en 15 años nos hagan anuncios del avance de una investigación estática, como escuchamos hoy con el crimen de Jaime Garzón, que se me antoja parecido.