Columnistas

Alimentos Frankenstein
Autor: Guillermo Maya Muñoz
11 de Agosto de 2014


¿Son seguros para la salud los alimentos transgénicos derivados de la ingeniería genética, popularmente conocidos como alimentos Frankenstein?

¿Son seguros para la salud los alimentos transgénicos derivados de la ingeniería genética, popularmente conocidos como alimentos Frankenstein? El Banco Mundial afirma que sí (World Development Report 2008, La agricultura para el Desarrollo), al igual que los mayoría de los estudios elaborados por las transnacionales productoras de semillas transgénicas, Monsanto, Syngenta, etc.  No hay riesgos para la salud humana. 


Sin embargo, los estudios independientes, al contrario, sí han encontrado riesgos. En este sentido, el investigador Gilles-Eric Séralini y su equipo de trabajo, del Instituto de Biología, Universidad  de Caen, Francia,  acaban de publicar una investigación sobre una variedad de maíz GM NK603 de Monsanto: “Estudio Reeditado: toxicidad a largo plazo del  Herbicida Roundup y del maíz genéticamente modificado (GM) tolerante al herbicida Roundup”, en la revista Environmental Sciences Europe (julio 24-2014). 


Entre los hallazgos del estudio están los siguientes: A los 15 meses, los marcadores bioquímicos, en las ratas hembras, mostraron alteraciones en hígado y riñones. Los niveles de testosterona y estradiol también estaban alterados. Al final del experimento, los marcadores bioquímicos correspondían a patologías, como deficiencias hepático-renales, más severas en machos, tumores mamarios en hembras, etc. La conclusión es que: “el consumo de maíz NK603 (de Monsanto) con o sin aplicación de Roundup o solo con Roundup dio similares patologías en las ratas, machos y hembras”. 


La propuesta de los investigadores es que “los OGM comestibles y las formulaciones completas del herbicida tienen que ser evaluadas de manera profunda en estudios de largo plazo que midan sus potenciales efectos tóxicos”. Sin embargo, hay que resaltar que no existe la legislación que obligue, a las trasnacionales productoras de semillas y organismos GM, a que lo hagan, como afirma Séralini. 


Este estudio  es la misma investigación que el equipo de Séralini había publicado en la revista Food and Chemical Toxicology (septiembre 19-2012), después de una evaluación de pares. Sin embargo, después de haber sido publicado, el 19 de noviembre de 2013, el jefe editor de la revista, Wallace Hayes, solicitó una retractación, mientras aceptaba que los datos no eran incorrectos, que no había mala intención ni fraude o interpretación malintencionada. 


La solicitud de la revista se debía a presiones del lobby de los científicos que sustentan la inocuidad de los OGM, y que tenían conflicto de intereses, por trabajar para Monsanto u otros laboratorios, como Richard Goodman, quien entró posteriormente al comité editorial de la revista, y que no los habían revelado, ofreciendo así un comportamiento bastante alejado de los parámetros éticos esperados de quienes consagran su vida a la investigación científica, especialmente en el campo de la salud humana, como son los alimentos.


Precisamente, Séralini y coautores responden a las críticas de esos científicos en un pronunciamiento anexo titulado “Los conflictos de interés, confidencialidad y  la censura en la evaluación de riesgo para la salud: el ejemplo de un herbicida y un  OGM” (Julio 24-2014).


En Colombia había sembradas unas 60 mil hectáreas de maíz transgénico en 2011, con autorización para su cultivo, bajo la Ley 740-2002 firmada por Andrés Pastrana, y el decreto 4525-2005, firmado por AUV, pero sin los estudios nacionales pertinentes, y más bien sobre la base de los estudios que las propias multinacionales entregan a las autoridades nacionales, y en las opiniones de los lobistas y predicadores nacionales: “Para que un producto de estos se comercialice se tienen que llevar a cabo muchos estudios que garanticen su seguridad. En el país, ese maíz está autorizado por el Instituto Colombiano Agropecuario (ICA) y el Ministerio de Salud” (Andrea Uscátegui, directora ejecutiva de Agro-Bio). Ahora, les toca mostrar los estudios, si los tienen.


Los colombianos tenemos que demandar del gobierno la revisión de las leyes correspondientes que autorizan la siembra de OGM, no solo por los riesgos sobre la salud sino también por los riesgos de contaminación transgénica, por parte de los OGM, sobre las variedades nacionales, aplicando el principio de precaución, y como dice Nassim Taleb, el mismo de la hipótesis del Cisne Negro: “Yo no quisiera tener que pagar- o que lo hagan mis descendientes- por los errores de los ejecutivos de Monsanto” (The Precautionary Principle). 


¿Por qué se oponen las multinacionales al etiquetamiento de los productos genéticamente modificados, de tal suerte que el consumidor pueda elegir entre estos y los alimentos naturales? ¿No es acaso el derecho a elegir el fundamento de una democracia? ¿Por qué se le niega al consumidor la información sobre los riesgos que corre al consumir transgénicos?


Tampoco los cultivos transgénicos han sido la panacea en cuanto al aumento de la productividad agrícola (Véase: Doug Gurian-Sherman, 2009, El fracaso de los rendimientos: evaluación del rendimiento de los cultivos genéticamente modificados (Inglés), Union of Concerned Scientists).  Por otro lado, el interesado puede consultar el catálogo de estudios críticos sobre los transgénicos: Impactos Adversos de los Cultivos y Alimentos Transgénicos (Inglés), 2013, compilado por Kavitha Kuruganti.