Editorial

Tras el Foro de V韈timas
7 de Agosto de 2014


La valent韆 con que las v韈timas le pusieron orden a los foros que hab韆n desbordado a las instituciones convocantes, y la claridad con que presentaron sus demandas de verdad por parte de los victimarios y de reconocimiento de su condici髇...

La valentía con que las víctimas le pusieron orden a los foros que habían desbordado a las instituciones convocantes, y la claridad con que presentaron sus demandas de verdad por parte de los victimarios y de reconocimiento de su condición, las ratifica como las más legítimas protagonistas del proceso de conversaciones de La Habana, así como de cualquier otro intento futuro de acuerdo de fin del conflicto armado que se proponga resolver mediante negociación. 


Ante el afán de los convocantes por construir una categoría única de víctimas, útil a la pretensión de las Farc de desdibujar su carácter de victimario, y los equívocos de voceros que apuntaban a la exclusión de importantes grupos de afectados por la violencia, quienes han sufrido el conflicto en carne propia hicieron valer las diferencias, que no las separan como ciudadanos sujetos de derechos pero sí como reclamantes ante distintos actores, y consiguieron el reconocimiento como víctimas para quienes lo merecen según los criterios del Derecho Internacional Humanitario, un logro que cobija a miembros de la Fuerza Pública -que habían sido injustamente humillados- y a guerrilleros víctimas de delitos de funcionarios públicos. Gracias a los suyos, víctimas de las Farc inconformes con el trato que les habían dado ganaron reconocimiento a sus voces y exigencias. Y fue su voz la que mostró las dificultades que persisten en un proceso en el que el victimario se rehúsa a reconocer su condición.


Aunque no eran voces mayoritarias, antes del encuentro de Cali se escuchaban, como señaló el periodista Herbin Hoyos, informaciones sobre “presuntas víctimas”. Sin ser tan directos, y humillantes, también se enunciaban prejuicios, como calificar a las víctimas como personeros del odio o regatearles su condición por su carácter laboral, social, político o religioso. El foro nacional, los oficiales y los alternativos que lo precedieron, demostraron la injusticia de esas posturas y le presentaron al país a mujeres y hombres que tienen en común su condición de haber sido atropellados en el marco de un conflicto que no provocaron; el dolor interminable por las ausencias y los daños sufridos; las preguntas nunca contestadas por sus victimarios, y el miedo inmenso a ser revictimizados, en este caso por una guerrilla que les notifica su nulo arrepentimiento por lo hecho. 


Tras la conclusión de los foros de víctimas, la Mesa de Negociaciones y los operadores del proceso retoman protagonismo. Lo hacen sin que el país haya superado las múltiples preguntas que tiene sobre sus actuaciones, la forma como van a tomar decisiones y, más importante aún, sobre cómo se va a garantizar a las víctimas que su presencia en La Habana no será motivo para una nueva humillación y fuente de nuevos riesgos para quienes ya lo han puesto todo en este conflicto y lo siguen poniendo en buscar su solución. 


Los pronunciamientos de las víctimas, el Congreso de la República, el procurador General de la Nación, y expertos de distinto orden, entre ellos el colega editorialista de El Colombiano, es indicador de las expectativas del país en cuanto a que las víctimas representadas ante esa Mesa deben ser quienes siguen siendo afectadas por las Farc, principalmente, y representantes de guerrilleros o familiares de guerrilleros afectados por crímenes de miembros del Estado (nunca por el cumplimiento de su deber). Ello, en razón de que la negociación en La Habana es para terminar el conflicto armado con las Farc, no con todos los grupos que amenazan la vida, la seguridad y la paz de los colombianos. Significa, pues, que la delegación a La Habana adquirirá su legitimidad en función de que pueda representar de manera relativamente confiable al amplio universo de víctimas de las Farc.


No ha de desconocerse, además, que la representatividad no va a garantizar que en su encuentro con los arrogantes jefes guerrilleros puedan expresarse con la libertad que da sentirse ante un igual desarmado de odios y de armas letales, que se dispone a reconocer los crímenes y pedir perdón como paso previo y necesario para garantizar la reconciliación. Habiendo dado ese paso de llevar a las víctimas a la Mesa, compete a los negociadores del Gobierno, así hayan renunciado a representar a las víctimas, garantizar equidad y respeto para quienes tendrán la dura misión de expresar la voz del pueblo colombiano ante su contraparte, la guerrilla de las Farc.