Columnistas

¿Pensamiento Positivo para democracia y paz?
Autor: David Roll
7 de Agosto de 2014


¿Hasta qué punto de verdad podemos cambiar la realidad con el llamado pensamiento positivo en lo referente a los temas políticos: La de la democracia, la de la política en general, y por supuesto la de la guerra?

¿Hasta qué punto de verdad podemos cambiar la realidad con el llamado pensamiento positivo en lo referente a los temas políticos: La de la democracia, la de la política en general, y por supuesto la de la guerra?


Hace unas semanas tuve una entrevista personal y casual con un famoso escritor colombiano a quien admiro mucho y quien difunde con éxito el llamado “Pensamiento Positivo”, al cual cada autor le da un nombre diferente, pero que en general consiste en invitar a quienes leen sus libros o escuchan  conferencias y audio libros de superación a abandonar su inseguridad frente a la vida y respecto de sí mismos, y a ser justamente más positivos y optimistas en el logro de sus metas. Mínimo mínimo, creo que esta labor de animar a la gente de este modo está bien intencionada, tengan o no grandes beneficios económicos sus promotores, y que hace definitivamente algún tipo de bien, quizá mucho a muchos, y ningún mal a ninguno. Pero de todos modos le comenté que algunos estudios, como el del propio Daniel Goleman, en la “Inteligencia Emocional”, han planteado que el optimismo o cara alegre frente a la vida tiene un porcentaje de educación y voluntad, pero también otro de predisposición genética. Mi contertuliano lo entendió como una crítica a su exitosa labor y no accedió a analizar la cuestión desde un punto de vista de porcentajes como se lo sugerí  y me quedé con la duda de su opinión al respecto (recientemente un artículo de Readers Digest recopila estudios que demuestran que como mínimo hay un 40% de genética en la actitud positiva ante la vida).


La cuestión de fondo es que esta anécdota me hizo pensar si quienes escribimos sobre política en un tono propositito, conciliador, en cierta forma optimista, no llegamos a veces también al punto de este famoso escritor de no aceptar que se ponga en duda la posibilidad de mejoramiento que proponemos muy honestamente, y quizá también a veces respondemos a la defensiva ante quienes nos critican. De hecho, varios lectores en ocasiones me escriben, o me comentan si son cercanos a mí, sobre el carácter para ellos a veces entusiasta en demasía de mis análisis sobre la política colombiana, en especial en lo que se refiere a las ideas que  he planteado en El MUNDO sobre la posibilidad real de construir un adecuado sistema de partidos, lograr unos partidos institucionalizados y alcanzar un equilibrio de poderes menos disfuncional y más parecido al de las democracias con mejores niveles de madurez. Siempre les he contestado que el deber de quien está con acceso a un medio de comunicación, máxime si es profesor, es el de cumplir una labor pedagógica y tratar de ayudar a construir el Capital Social necesario para que la democracia colombiana salga del círculo vicioso del escepticismo y el fracaso, en lugar de ayudar a incendiar la casa con columnas pesimistas en las que se insinúa, a veces bella y poéticamente es verdad, que este país es por todos lados inviable. Pero de todos modos, digamos la verdad, me dejan la duda, como seguramente a pesar de todo le sucedió al escritor best seller a quien le hice la pregunta.


Finalmente, en lo referente a la democracia colombiana y sus logros: ¿la botella está medio vacía o medio llena? ¿Es una cuestión de apreciación subjetiva o de análisis objetivo? La respuesta es: Ambas cosas. Es decir, por un lado es necesario no crear más polarización en un país que requiere reflexiones serenas sobre sus problemas. Pero también es cierto que todo tiene su límite y no se puede tapar el sol con las manos. Hablemos claro entonces: La política colombiana no es el desastre que dicen la mayoría de quienes escriben en los medios de comunicación (los de  las redes es otra discusión), por lo menos comparativamente. Desde 1991 hemos dado a veces tres pasos adelante y dos atrás, pero también en algunos temas uno adelante y tres atrás, como ha sucedido con la parapolítica, los choques de trenes, la politización de la justicia, etc. 


El balance, en todos los estudios serios que pueden consultarse es más positivo hoy que negativo, pero hay momentos en los que se acercan peligrosamente logros y fracasos. ¿Es este ese momento? Sin renunciar a mi optimismo sobre la posibilidad de mejorar la democracia colombiana a través de una política de partidos cada vez más madura, debo decir que definitivamente SÍ ES EL MOMENTO, que el equilibrio se está rompiendo y esto significa que ya es hora de una importante reforma del Estado. Los temas son muy evidentes para mencionarlos en este escrito. De hecho si no saltaran a la vista y fuera necesario hablar de ellos, en el fondo no se requeriría de la reforma. Dejo al lector que haga él mismo el balance, lápiz en mano, colocando a la izquierda lo que ha salido de mal a bastante mal en la última década o dos décadas y a la derecha lo que sería necesario cambiar constitucionalmente, con o si acuerdo de paz, por reforma desde el congreso o consultando a los ciudadanos, pero que hay que retomar de manera contundente y en un tiempo razonable.


Adicionalmente cabe preguntarnos en este mismo sentido: ¿estamos pecando de optimistas, de exceso de entusiasmo por el pensamiento positivo en lo que respecta al proceso de paz? Es muy complicado porque en un mismo saco se ponen a quienes son enemigos del proceso y a quienes hacen preguntas sensatas sobre el mismo. La respuesta es que así como respecto de la democracia podemos ser simultáneamente  muy críticos de los grandes errores que se cometen, pero no dudar de su viabilidad por ese motivo,  en lo referente al proceso de paz deberíamos hacer lo mismo. Por un lado debemos seguir apoyando la idea y el proyecto en curso con entusiasmo, pero nuestro optimismo no puede ser tan desmedido como para cegarnos a la realidad y negarla por no pecar de pesimistas. Por ello considero que las críticas que desde los medios, la oposición y el propio gobierno se han hecho en los últimos días al proceso, no significan su entierro sino todo lo contrario, la posibilidad de rescatarlo.  ¿He reincidido en mi optimismo? Lo siento. Deformación profesional.


* Profesor Titular Universidad Nacional


www.davidrollvelez.com