Columnistas

César Palacio Londoño
Autor: José Alvear Sanin
6 de Agosto de 2014


La reciente despedida de César Palacio Londoño, el pasado 28 de julio, nos hace evocarlo.

La reciente despedida de César Palacio Londoño, el pasado 28 de julio, nos hace evocarlo. El señorío que manifestaba en todos sus actos y su intensa vivencia religiosa se reflejaban sencillamente en las virtudes cardinales de prudencia, justicia, fortaleza y templanza, que se nos vienen inmediatamente a la memoria cuando hacemos la remembranza de tan excelente amigo, de larga y bien trabajada vida.


Vino de Manizales a la naciente Facultad de Ingeniería Química y, si mal no recuerdo, salió en la primera promoción de ese claustro. Aunque algo participó en la vida pública de su ciudad natal, donde ocupó la rectoría de la Universidad de Caldas, César fue apasionadamente medellinense; y aquí, educador siempre, actuó como eficaz consejero de los rectores de la Bolivariana, desde los tiempos gratísimos de Mons. Félix Henao Botero, hasta poco antes de su muerte. Dirigió la Radio Sutatenza en Antioquia, fue Secretario Municipal de Educación, artífice de Medellín Cultural y constructor del Teatro Metropolitano. Los últimos años de su actividad laboral transcurrieron en la Asociación Colombiana de Mineros, desde donde tuvo ocasión de opinar, y hasta de imponer algunas veces sus puntos de vista nacionalistas en la política del ramo. ¡Lástima el actual eclipse gremial de la minería nacional, si se compara con el agresivo lobby permanente de las transnacionales mineras!


César, hombre de buenas, numerosas y permanentes lecturas, sobresalía como diserto y agradable contertulio dotado de finísimo humor, agudo pero jamás hiriente. Conocedor de la “petite et de la grande histoire”, era también notable analista del acontecer político y artístico. 


Maravillosos recuerdos tengo de una tertulia mensual en su casa (con suculento desayuno incluido) sobre temas religiosos, en la que yo tomaba parte con Andrés Uriel Gallego, Jesús Vallejo Mejía, Rafael Uribe Uribe y Eucario Palacio.


Sobrellevó con ecuanimidad y equilibrio numerosas pruebas. Después de 21 años el cáncer le arrebató su primera esposa, Rosa Jaramillo, madre de sus tres hijos; y ese mismo implacable enemigo se llevó, después de otros 21 años, a su segunda compañera, Helena Sanín. La muerte, “la celosa” (como diría Rubén Darío), también le quitó prematuramente un hijo. Padeció algún doloroso error judicial y pasó en silla de ruedas sus últimos y largos años.


Quizá por eso, antes de acompañarlo a la notaría para servir de testigo en su testamento, César me diría socarronamente que su última voluntad era “la de ser enterrado debajo de un guamo para que le siguieran cayendo vainas”. 


En esta ocasión resuenan en mi estos versos de de Greiff: 


¡Señora Muerte que se va llevando 


todo lo bueno que en nosotros topa!... 


Solos -en un rincón- vamos quedando


los demás... ¡gente mísera de tropa! (...) 


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En vez de pagar páginas enteras para publicar las inicuas tarifas financieras (¡Nosotros le informamos, Usted decide!), el gobierno haría mejor dejando de ser cómplice del agio ufano y abusivo que aplasta a usuarios sin capacidad de escoger entre las entidades peores y las que cobran un cuarto de punto menos. 


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Para no glosar los ingenuos dislates del vocero de la Conferencia Episcopal, anoto otras perlas antológicas: “Es mejor equivocarse en la búsqueda de la paz que acertar en la continuación de la guerra”, escuálido sofisma que plantea un superficial gacetillero, mientras otra afirma: “Frente a las Farc hay que ser fuertes para resistir su cinismo y nobles para perdonar su maldad”.