Editorial

El Pnud y el desarrollo humano
25 de Julio de 2014


Aunque no est醤 libres de errores, los 髍ganos estad韘ticos en las democracias son confiables porque esa es una exigencia m韓ima del sistema de pesos y contrapesos; esta confianza, sin embargo, no es la que ofrecen los organismos estad韘ticos de dictaduras.

La expectativa con que es recibido y las reacciones que en cada país surgen con la divulgación del Índice de Desarrollo Humano que el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, Pnud, publica en su reporte anual, son señal suficiente de la valoración que gobiernos, académicos y líderes políticos y sociales dan a este sofisticado análisis sobre las variables del desarrollo de la población mundial. El reconocimiento y credibilidad del Informe son logros destacados de los directores e investigadores de este complejo análisis que en su última publicación presenta 16 completas tablas sobre el estado del desarrollo económico, individual y social en 187 naciones.


En 1990, cuando inició la publicación anual del IDH, el Pnud sorprendió a los expertos con un índice que involucraba variables distintas al crecimiento económico o el ingreso personal como fuentes de análisis del desarrollo. Desde entonces, la expectativa de vida al nacer (como índice que involucra la prestación de servicios de salud) y las posibilidades de acceso a la educación, han sido, junto al ingreso per cápita, las variables que le permiten a las autoridades del organismo y de los países, evaluar su desempeño en desarrollo.


En menos de una década, el organismo logró convencer a buena parte de los expertos sobre la importancia de un instrumento de evaluación que podía comparar cuáles eran las diferencias, y, en consecuencia, las necesidades, entre las condiciones de vida de distintas sociedades. El primer y más sorprendente análisis, que hoy todavía provoca discusiones, reconoció que la riqueza económica no se traduce necesariamente en mayor bienestar humano, aunque también ha confirmado que la pobreza estructural de un país significa el atraso de sus habitantes, como ocurre en África, continente cuyos países están todos en el  “bajo índice de desarrollo humano”. La consolidación del instrumento fue el punto de partida para la formulación de nuevos índices que vinculan distintas facetas del desarrollo personal y social que contemplan el acceso equitativo a las oportunidades y el disfrute de condiciones de vida saludables, ambientalmente protegidas, seguras y en bienestar.


Dado, pues, el amplio rango de aspectos de la vida humana y social que el documento del Pnud estudia en cada una de las entregas del IDH, este se ha convertido en instrumento fundamental de análisis del devenir de las sociedades y debiera serlo de la planificación de los gobiernos para orientar las inversiones públicas en procura de que ellas garanticen no solo enfrentar la pobreza, tragedia que todavía afecta a 2.2 billones de personas en el mundo, sino para generar mayor y mejor acceso a la salud, la educación, la seguridad, el empleo y la protección social, sustento de una vida con calidad.


La confianza alcanzada por el Índice de Desarrollo Humano se fundamenta en el carácter técnico de los índices que conjugan indicadores compatibles entre sí para llegar a análisis refinados sobre las condiciones de cada país. También debería nacer en la certeza de verdad de los datos sobre los cuales se construyen. Pero esta no es absoluta. De acuerdo con la referencia del organismo, los datos que sirven de sustento a la construcción de los índices son entregados por dependencias de Naciones Unidas que, a su vez, los obtienen de estadísticas construidas y divulgadas por los estados que son objeto de análisis. Aunque no están libres de errores, los órganos estadísticos en las democracias son confiables porque esa es una exigencia mínima del sistema de pesos y contrapesos; esta confianza, sin embargo, no es la que ofrecen los organismos estadísticos de dictaduras que emplean esta clase de instrumentos para ganar legitimidades que los ciudadanos no les conceden. Y si no fuera por manipulación, ¿cómo haría Cuba para estar por encima de Brasil y México en el Índice de Desarrollo Humano, la convulsionada Venezuela para sobrepasar a la estable Costa Rica o la desordenada Argentina para no haber descendido en su situación de “país con desarrollo muy alto” mientras la mayor parte de países latinoamericanos vieron caer su posición? Un instrumento que ha logrado tal potencia como mecanismo de evaluación y seguimiento al desarrollo humano, como el IDH, y que está logrando convertirse en fuente de evaluación a los gobiernos, y así lo revelan las informaciones posteriores a su divulgación, bien merece consolidar fuentes de información que garanticen veracidad e independencia en los datos entregados.