Columnistas

El Bazar de los Puentes
Autor: Bernardo Trujillo Calle
19 de Julio de 2014


Por la época en que se construyó, parecía una solución de largo plazo y así lo entendió la administración de Juan Gómez Martínez, aplaudida por la oportuna medida.

Por la época en que se construyó, parecía una solución de largo plazo y así lo entendió la administración de Juan Gómez Martínez, aplaudida por la oportuna medida.  Con el correr de los años –14 al menos- el lugar tomó otro rumbo que obligó por repetidas ocasiones a intervenirlo con la policía para desalojar los antros de vicio que se apoderaron del espacio.  Allí hay comerciantes honrados que necesitan trabajar, eso lo sabe la autoridad que sin embargo ha fracasado en este y en los otros intentos por separar lo bueno de lo malo que hay en el Bazar.  Al Alcalde se le ha visto hacer hasta lo imposible por controlar la grave situación, y si no ha podido, es injusto atribuirle mala voluntad o indiferencia por el problema.  A veces los mejores empeños fracasan repetidamente.  Lo importante es no bajar la guardia y mantener en alto la determinación de llegar a ejercer un total control del lugar con las fuerzas disponibles.


La administración decidió construir en el sitio, desde hace algún tiempo, una estación de transferencia del Metroplús.  No se quiere dar la impresión de que el desalojo de combos y ollas haya sido un plan sincronizado con tal fin.  Fue una  coincidencia que abrió la posibilidad de aprovecharla de la manera más  conveniente.  La ubicación privilegiada del Bazar de los Puentes no podía encontrar un destino más afortunado.  Es parte del Plan Integral de Intervención del Centro como lo ha dicho el vocero de la alcaldía y con él se han resuelto a la vez los dos problemas que reclamaban una respuesta.  Es fácil entender que el Bazar no podía continuar en la forma como venía.  Ya era un peligro caminarlo y, salir indemne. La encuesta rápida hecha por EL MUNDO es diciente y convincente.  La crudeza del lenguaje con el cual se refieren los habitantes de la ciudad a la demolición, ofrece una idea cabal de esa opinión: “No se debe abrir, es un nido de delincuentes”.


Va para largo desde cuando la ciudad comenzó a padecer una oleada de delincuencia que se creció a la vista de las autoridades en algunas comunas, desparramándose por el centro, lo que fue afectando la tranquilidad y dañando el comercio. Héctor Abad Faciolince escribió el domingo su columna de El Espectador y si bien un tanto fantasiosa por lo exagerada, de seguir creciendo como va, no sería a largo plazo, sino a muy corto cuando la extorsión toque todos los bolsillos y traiga la  debacle. Ningún establecimiento grande o pequeño, próspero o pobre, escapará al ojo vigilante de maleantes que los visitan en función de cobrar una supuesta protección que motu proprio ellos ofrecen sin alternativa de rechazo. Y de continuar al mismo ritmo, un día llegará -ojalá me equivoque- en el cual serán las casas de habitación y las oficinas de los profesionales, las víctimas de este delito que no se detiene en pelillos. Lo de Barrio Triste es sintomático. Es un desafío a la policía y no da trazas de parar.  Granadas de fragmentación han sustituido el arma blanca y la pistola.  Y esto es cosa mayor. Puro terrorismo.


Cierto que los tiempos cambian, pero cada día trae su afán.  Hace bastantes años cuando los venteros ambulantes empezaron a causar problemas en la ciudad y reclamaban imposibles derechos de obstaculizar calles y aceras con sus ventorrillos, fueron todos carnetizados y ubicados en “el Pedrero”, al lado de la plaza de mercado de Cisneros.  Hoy sería imposible por su desmesurado crecimiento y la actitud desafiante que los ha convertido en fuerza de choque capaz de enfrentar la policía.  El espacio público es suyo y basta dar un paseo por ciertas calles céntricas y parques para advertir cómo se expanden. Que es trabajo para medio subsistir se dice, y eso es verdad.  Lo que se debe prevenir es que no se conviertan en centros de maleantes o en ollas de venta de droga como ha sucedido en casos similares.


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Pronto revocó el Alcalde la decisión de no iluminar en diciembre el costado del Río Medellín. El motivo era plausible. Porque el Parque Lineal que se está construyendo a lo largo del legendario emblema es, con el Metro, los referentes mayores con los cuales se ha ido marcando distancia con las otras capitales.  Valía la pena hacer el pequeño sacrificio.