Editorial

Un Congreso notable
19 de Julio de 2014


Tal como lo ordena el artículo 139 de la Constitución Política de Colombia, el presidente Juan Manuel Santos presidirá mañana el acto público de instalación conjunta del nuevo Congreso de la República...

Tal como lo ordena el artículo 139 de la Constitución Política de Colombia, el presidente Juan Manuel Santos presidirá mañana el acto público de instalación conjunta del nuevo Congreso de la República, cuyos integrantes iniciarán de inmediato sus sesiones con la elección de las respectivas mesas directivas y comisiones permanentes. Será el momento para que el mandatario haga al país una rendición de cuentas sobre sus primeros cuatro años de mandato y, por supuesto, el inventario de proyectos y reformas que encargará al Senado y a la Cámara de Representantes, entre los cuales se destacarán, seguramente, la reforma política que busca modificar lo atinente a la reelección, el periodo presidencial y la circunscripción nacional del Senado, y la nueva reforma a la justicia que eliminaría la facultad nominadora de las altas cortes, entre otras iniciativas. 


Pero la agenda legislativa no va a ser lo que concite el interés en el nuevo congreso, por lo menos en los primeros días del periodo ordinario, sino lo que la prensa capitalina ha llamado el “efecto Uribe” para referirse a la presencia, por primera vez en la historia de Colombia –al menos desde la Constitución de 1886 -, de un expresidente ejerciendo como legislador, y la posible hostilidad con que sea recibido por parte de sus contradictores políticos. Despierta expectativa el hecho de que el doctor Álvaro Uribe Vélez, después de someterse nuevamente a un proceso electoral y salir elegido, ocupe una curul en el Senado, algo que es calificado por sus detractores como nostalgia del poder, mientras él mismo y sus correligionarios lo defienden como un compromiso inagotable por el servicio al país. Lo cierto es que su activismo, que ha resultado tan incómodo para muchos sectores políticos en estos últimos cuatro años, ha sido a nuestro juicio una voz importante y necesaria en un país tan presidencialista, donde si bien es cierto existe la libertad de opinión y de expresión, la oposición encuentra grandes dificultades para incidir en la vida política del país.


La presencia del expresidente se suma a otras para conformar lo que vemos como un Congreso notable, pues pocas veces como ahora tienen asiento los líderes naturales de todos los partidos y movimientos políticos, a quienes corresponderá defender los principios de sus colectividades, pero también tener la visión de hacer un trabajo en conjunto que le devuelva la legitimidad como máximo órgano del poder legislativo. Es una doble tarea, si se quiere, la de fortalecer los partidos políticos y la de reconocer que se pertenece a un cuerpo que co-legisla y, en ese sentido, debe buscar la concertación para promover y producir las leyes y normas que el país necesita y que, en algunos casos, son tan urgentes. 


De un Congreso de estas calidades esperamos alianzas ideológicas y programáticas, mas no acuerdos basados en enemistades comunes, pues si bien la política “es dinámica”, no se puede prestar para arreglos que vayan en detrimento de una persona o una institución como expresión de la radicalización de posturas. Tampoco las diferencias ideológicas deben ser muros infranqueables que impidan que en determinadas circunstancias dos partidos de distinta orientación puedan compartir una causa que beneficie al país y a sus ciudadanos.


Nos declaramos, como los expresábamos en nuestro editorial del pasado 11 de marzo, a la expectativa por la labor del nuevo Congreso, cuya elección fue declarada, como ya viene siendo costumbre, a escasas 72 horas de su instalación, fruto de la abrumadora cantidad de reclamaciones y demandas. Tal vez sea hora de buscar un sistema más expedito de escrutinio para evitar las suspicacias que podrían generar grandes cambios –que no es el caso ahora- cuatro meses después del preconteo.