Columnistas

Acoso escolar, nuevamente
Autor: Alejandro Garcia Gomez
19 de Julio de 2014


El conflicto hace parte de cualquier comunidad y siempre ha existido en los grupos escolares, pero no en el n鷐ero, gravedad y delicadeza actuales, hasta el suicidio, las lesiones personales o el homicidio.

El conflicto hace parte de cualquier comunidad y siempre ha existido en los grupos escolares, pero no en el número, gravedad y delicadeza actuales, hasta el suicidio, las lesiones personales o el homicidio. Según los datos de EL MUNDO (03.VII.14) sobre el Valle de Aburrá (Medellín y ciudades circunvecinas) donde empieza a ser estudiado de manera sistemática, las cuatro formas de acoso son: el físico con 17,6%, sicológico 12,6%, verbal 70,0% (¡!) y uno que no nos tocó a nosotros, el ciberacoso 4,5%. El sitio donde más se presenta es el salón de clase sin presencia del profesor 54,4%, en contraste de cuando sí está presente 8,5%; a la salida del colegio 27,9%, presenta la segunda en importancia. Notemos que en ambos casos hay ausencia del profesor. Los datos no desglosan las diferencias entre educación pública y privada, ni tampoco en cuáles casos llega a consecuencias más definitivas y hasta fatales.


Desde aquí he repetido que hay factores que han incrementado eso que, cuando estudiábamos, era sólo un conflicto de convivencia humana y que jamás llegaba hasta los límites de hoy. Veamos: con la aplicación del Código del Menor en los reglamentos estudiantiles todo proceso pedagógico tomó el cariz de jurídico. Cualquier problema escolar se transformó en “querella” que necesita las “evidencias” de toda prueba judicial. Pero a su vez, los docentes andan acosados con 400, 600 y hasta 1.000 estudiantes, cada uno con su problemática particular. Por el excesivo número de clases/semana/docente, además del arrume de todo tipo de actividades que le suman, los profesores no alcanzan a hablar de sus problemas individuales con sus estudiantes; sólo algunas veces, de las problemáticas generales. Una vez por período escolar (cuatro al año) la administración crea el espacio de una hora de clase, que más parece un formalismo para dejar evidencia escrita de que sí se cumple. En mi tiempo de docente activo pasé, de forma verbal y escrita, propuestas para un encuentro, al menos semanal, del director con su salón, pero fue descartado porque no se acomodaba al horario. 


Pero también, sin formación jurídica sino pedagógica, muchas veces las evidencias o no se alcanzan a tomar o se lo hace incorrectamente. Cualquier abogado encuentra vicios de trámite en los procesos, los presenta ante un juez o similar y los tumba. El estudiante llegará a la clase al día siguiente, vanagloriándose de su hazaña y el resto, los que se “comportaban bien”, sacarán sus conclusiones. Y chao convivencia. Los cursos con 45 o más estudiantes son una deuda que se la debemos al actual Presidente Santos cuando, siendo Minhacienda de Andrés Pastrana, hizo hasta lo imposible por la reforma constitucional (Acto Legislativo 01/01 que recortó 60 billones de salud, educación, agua potable y saneamiento básico) que permitió crear la Ley 715/01 -por imposición del FMI- que logró convertir a los centros de educación oficial en depósitos de estudiantes. Entre más estudiantes por aula mejor, no importa la calidad y menos sus problemas.


Si a este coctel le agregamos los ocho años de laxitud de la Promoción Automática (decreto 230/02 y anterior) de los Mineducación Niño Díez (Ernesto Samper) y Kiko Lloreda (Andrés Pastrana), tercamente sostenido por la Mineducación de Álvaro Uribe, Cecilia Vélez, por otros ocho años más, tendríamos: “puedo hacer lo que me dé la gana y no me pueden hacer nada; pero además sin esforzarme por estudiar ni saber nada, gano los años”. Sumémosle las leyes de flexibilización laboral del gobierno Uribe Vélez, donde decretó que sólo a las diez p.m. empezaba la noche, alejando a los padres de sus hijos, tengo la ecuación: sin estudiar, haciendo lo que me dé la gana puedo ganar los años y mis padres jamás se enterarán. Y si se enteraran, que mis padres, que no pasan tiempo conmigo, armados con el Código del Menor y un abogado, que se pongan de mi lado contra los maestros o autoridades del colegio y me salven.