Columnistas

Dar vida, un acto de compasión
Autor: Omaira Martínez Cardona
15 de Julio de 2014


En una sociedad de doble moral, en gran parte egoísta, insolidaria e incrédula como en la que vivimos, es sorprendente encontrar acciones altruistas de algunas personas que se desprenden de lo material para posibilitar el bien a los demás.

En una sociedad de doble moral, en gran parte egoísta, insolidaria e incrédula como en la que vivimos, es sorprendente encontrar acciones altruistas de algunas personas que se desprenden de lo material para posibilitar el bien a los demás. Dar testimonio de lo que considero un acto de amor a la humanidad, es motivo de orgullo y estímulo para continuar creyendo en que es posible generar cultura de bienestar común. Conocer a don Gabriel Jaime Posada, quien voluntariamente decidió donar en vida su cuerpo una vez muera para la ciencia y para el estudio de la medicina, es una experiencia gratificante porque nos cuestiona y confronta frente a la capacidad de dar y de darle sentido a la existencia.


Cualquier tipo de donación representa desprenderse de algo que se tiene para concederlo a los demás, si se habla de donación de órganos, se está dando vida a otros.  Mientras que en Colombia, todavía persisten tabús y creencias que inciden en que cada año se necesiten más trasplantes de órganos, pero haya menos donantes, en otros países, la cultura de la donación hace parte no solo de las políticas públicas de los gobiernos sino que está arraigada en la consciencia de los ciudadanos. Las estadísticas de la Organización Mundial de la Salud revelan que diariamente se realizan en promedio 250 trasplantes, siendo los más comunes, los de riñones, hígado, pulmones, corazón y páncreas. 


Según cifras de la Red de Donación y Trasplantes del Instituto Nacional de Salud, en Colombia sobreviven más de 1800 pacientes, una gran parte niños, esperando un trasplante y los donantes de órganos cada vez disminuyen; mientras el promedio de quienes requieren el proceso sube a un ritmo del 30%, los donantes bajan en un 18%.


Culturalmente somos muy apegados a lo material incluso más que a lo afectivo y en la mayoría de los casos lo que finalmente termina uniendo a muchas familias más que el vínculo afectivo son los nexos económicos, por eso tras el fallecimiento de un ser querido, es usual que se presenten desacuerdos cuando no se comprende que la muerte es un trascender del espíritu y que lo que pierde vida es el cuerpo que es materia que puede servir para extender un poco más la vida de otros o posibilitar que se investigue para el desarrollo de nuevas curas a enfermedades . Este tema más allá de lo normativo requiere también de un acompañamiento, orientación y preparación al donante y su familia para que al momento de tomar la decisión sea con plena convicción. 


Dicen los investigadores en salud que un solo donante puede salvar hasta 55 vidas dependiendo del estado y la utilidad que se pueda dar a sus órganos después de morir. Más allá de las creencias, los mitos, los rituales, el mercado ilegal de órganos que cada vez es más controlado, es urgente intensificar las campañas de sensibilización para promover la donación, entendiéndola desde una perspectiva más amplia como una decisión de consideración y solidaridad con los demás, como un acto de compasión y de amor del que depende la vida de otros o la propia porque nadie está exento de una situación como la de los enfermos que se apegan a la única esperanza que les queda.