Columnistas

Las lecciones de nuestros h閞oes
Autor: Gabriel Zapata Correa
11 de Julio de 2014


Pienso que para el com鷑 de la gente, este es un pa韘 hu閞fano de h閞oes de carne y hueso. No hay l韉eres que jalonen y convoquen a misiones que parecen imposibles ni figuras reales que nos llenen de ilusiones y esperanzas alrededor de prop髎itos comunes.

Muy pocas veces en los últimos treinta años el país había vivido una euforia de tal magnitud, como la que aún estamos disfrutando por cuenta del agradecimiento masivo expresado a estos jovencitos de la Selección Colombia, merecidamente elevados a la categoría de “héroes” por su actuación en el Mundial de Fútbol de Brasil.


Aparte de la locura desbordada por los resultados en esta importante cita orbital, también hay que mirar con detenimiento estos brotes inusitados de alegría incontenible, porque nos convocan a unas reflexiones colaterales a estos incontrovertibles éxitos en el fútbol.


Pienso que para el común de la gente, este es un país huérfano de héroes de carne y hueso. No hay líderes que jalonen y convoquen a misiones que parecen imposibles ni figuras reales que nos llenen de ilusiones y esperanzas alrededor de propósitos comunes. Nuestra juventud deambula en álbumes internacionales repletos de figurines musicales, de escasos deportistas y ausentes de líderes de otros niveles, tal vez porque en Colombia adolece de quienes la convoquen a proyectos de ser mejores cada día, en las distintas actividades de cada quién.


Ese sentimiento nacional, esa euforia colectiva alrededor de este puñado de muchachos, no es más que el desahogo de una necesidad represada de sentir a unos héroes que nos llevaron a la gloria, por primera vez en nuestra historia, de clasificar a unos cuartos de final en un Mundial de Fútbol. ¡Apenas a unos cuartos de final!


Creo que detrás de estos vacíos de héroes y de líderes, el país ha sufrido otra clase de vivencias y frustraciones que lo llevan a explotar en estos contrastes festivos, nada parecidos a los golpes diarios que recibe por un sistema político con fama de corrupto, un esquema de salud ineficiente  y humillante, unas confrontaciones institucionales que producen inestabilidad e incertidumbre y una justicia que tiene todo de injusticia sin esperanzas. Todo esto que estoy afirmando no es de mi cosecha, sino el producto de lo que piensa la gente de la calle y refleja a diario el ciudadano de a pie que tiene ilusiones con un país mejor. Y ni qué decir de la confrontación electoral que acaba de suceder, calificada por analistas locales y extranjeros como la más agresiva de que tenga memoria Colombia. Mucho tiempo demorará el país para sanear las heridas que dejó esta campaña.


Los colombianos perciben estas pulsaciones negativas. Y no solo las perciben sino que las rechazan. Por eso me atrevo a decir, en contraste, que estos veinte días del Mundial de Fútbol, con Colombia a bordo, han sido los más ricos en sensaciones, en alegrías, en euforias, en promesas, en propósitos y también en lágrimas y en agradecimientos.


Esas realidades que vivimos en este Mundial se convierten en la gran lección que debemos aprender. La seriedad del cuerpo técnico encabezado por el argentino José Pékermam, sus principios de respeto al rival y al espectáculo, su irrenunciable apego a la filosofía del juego limpio, ese ambiente de armonía y de comunión de afectos para convertir a la Selección en una verdadera familia, son un mundo de lecciones que debemos aprender y aplicar en nuestra vida diaria. Recuerdo aquella frase de Francisco Maturana para referirse a la armonía que hay en esta Selección: - “Le pegan a James y le duele a Teo…”


El otro aspecto que vale la pena destacar, es el gran espíritu de dedicación y de trabajo que caracterizó a este grupo, para lograr la proeza que aún nos tiene soñando, pensando con seguridad desde ya en el futuro compromiso internacional de la Copa América. Esta Selección reafirma el principio claro e irrefutable de que con sacrificio, constancia, seriedad, amistad, y sobre todo respeto, los resultados tienen que llegar.


La recepción multitudinaria brindada a los jugadores de nuestra Selección fue la explosión de un país ilusionado con otras realidades lejanas a sus frustraciones de muchos años y de muchas promesas incumplidas.


Nos sentimos orgullosos de todos y cada uno de los jugadores de la Selección. Estos muchachos recibidos como héroes nos acaban de dar una lección inolvidable. Pienso que si todos actuáramos en la vida diaria así, este país sería otro. Por nuestras familias y los hijos de nuestros hijos. Y con seguridad, todos nos sentiremos más orgullosos de nuestros actos de la vida diaria.