Columnistas

F鷗bol, Capital Social y Democracia
Autor: David Roll
10 de Julio de 2014


Es decir, el trabajo de las organizaciones pol韙icas y educativas deber韆 estar orientado a convertir a la democracia en un s韒bolo y casi una figura m韙ica para las nuevas generaciones, como lo es el f鷗bol en la actualidad o lo fueron la identidad nacional o religiosa en otros tiempos.

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Si un extraterrestre hubiera visitado Colombia en los momentos en los que jugó nuestra selección en el campeonato Mundial de Fútbol, habría anunciado en su informe que el nacionalismo de sus gentes hace presumir que cuentan con un gran capital social, o sea con un fuerte apego a sus instituciones y un indudable optimismo sobre la posibilidad de mejorarlas con su participación en ellas. De hecho, cualquier extranjero que haya asistido a las congregaciones públicas para ver los partidos habrá pensado algo parecido: “los colombianos están tan orgullosos de ser parte de su país que juntos son capaces de convertir la democracia colombiana en una institución ejemplar en el mundo”. Usted mismo, si dejó de atender a las pantallas por un momento, especialmente durante el himno nacional, y miró hacia atrás, es imposible que no se le haya ocurrido una idea similar: “tendremos otro país si estos jóvenes (la mayoría de los asistentes a las zonas de pantallas eran menores de 25 años) pusieran en los próximos lustros ese entusiasmo en transformar la política votando conscientemente, participando en partidos políticos  y elecciones, incluso como protagonistas, y vigilando la gestión pública de manera efectiva”.


Sabemos que esta correspondencia no es cierta, por lo menos abrumadoramente. ¿Por qué? Hay muchas posibles explicaciones. Por un lado Putnam, el autor de la Teoría del Capital Social, dice claramente que no se trata de nacionalismo en un sentido emocional lo que hace que unas sociedades tengan mejores gobiernos y democracias que otras. Es la convicción serena y más que todo racional de los ciudadanos de que las instituciones son realmente susceptibles de ser mejoradas con su voto en la elección de gobernantes adecuados y con la participación amplia en procesos colectivos de gestión y control. Así la cosas, la emoción por pertenecer a un país y desear que obtenga un triunfo deportivo no necesariamente supone que se esté dispuesto a votar bien y a participar en la política de diferentes formas. Pueden por lo tanto convivir un nacionalismo furioso y un escepticismo generalizado sobre el mejor funcionamiento del mismo país, debido a una larga historia de ensayos fallidos, a una pobre educación cívica en las casas y en las instituciones educativas, y a muchos otros motivos que pueden leerse en los libros que explican la política colombiana. Pero sabemos que la historia del fútbol en Colombia respecto del Mundial ha sido también hasta hace poco una larga y casi ininterrumpida serie de ilusiones rotas, y eso no impidió el fervor nacional frente a la selección este año. Freud decía que el entusiasmo colectivo de las masas en general, en conciertos o eventos, es el producto de un fenómeno psicológico en el cual se proyectan en un objeto exterior común el libido o deseo erótico reprimido; y que en el caso de las guerras también se proyecta el impulso de la muerte coartado contra los contrincantes, lo que algunos ven como la explicación de la barbarie de las justamente llamadas barras bravas o de los desmanes luego de los triunfos.


Pero aparte de los grandes genios del comportamiento humano y de los autores colombianos y colombianistas que estudiamos nuestro proceso político (invito al lector a revisar en mi página el libro: Un Siglo de ambigüedad), la clave de la cuestión parece estar en el símbolo. Autores de diferentes corrientes, como Eliade o Jung, han insistido en que la humanidad es movida a la acción cuando convierte algo en un símbolo común de identificación colectiva. Esto pasa con la mitología y con las religiones, pero en el siglo XXI todo parece indicar que el símbolo más común a todos los países pueda llegar a ser el de buen gobierno y más específicamente el buen gobierno democrático. Es decir, el trabajo de las organizaciones políticas y educativas debería estar orientado a convertir a la democracia en un símbolo y casi una figura mítica para las nuevas generaciones, como lo es el fútbol en la actualidad o lo fueron la identidad nacional o religiosa en otros tiempos. Mejor dicho, mezclando un poco Putnam con Freud, si a las nuevas generaciones no se les transmite, y con entusiasmo, el mensaje de que la política sí importa y de que es posible tener mejores gobiernos votando bien y vigilando, es muy probable que hereden ese escepticismo y el círculo vicioso se mantenga. Por eso quienes enseñamos, sobre todo política, y los que escribimos en medios masivos sobre estos temas, debemos ser muy cuidadosos al momento de expresar nuestras opiniones y conceptos sobre la democracia y sobre todo al exteriorizar nuestras personales dudas o decepciones como ciudadanos. La crítica a un aspecto concreto del funcionamiento de un gobierno o institución no debe ir acompañada de sentimientos fatalistas sobre el posible mejoramiento del sistema político, ni en lo local ni en lo nacional. La construcción de Capital Social es un imperativo moral para nosotros, por difícil que sea mantener el optimismo ante ataques tan graves como los que cada cierto tiempo, y en algunos asuntos continuamente, ocurren en el país contra la democracia.


Aunque hay todavía personas que en las aulas, en libros y medios de comunicación en Colombia defienden absurdamente sistemas políticos no democráticos por razones ideológicas (autoritarismos o semiatoritarismos de izquierda o de derecha) o expresan fatalismo inmovilista frente a nuestras instituciones, la buena noticia es que cada vez son menos. Es decir, al revisar las columnas y artículos de los principales periódicos y revistas de Colombia en los últimos veinte años, es evidente que cada año hay menos carga ideológica y escepticismo frente a la democracia (y eso que ha aumentado el análisis crítico y la denuncia). Es más, incluso quienes otrora escribían o actuaban en ese sentido, hoy son grandes defensores en sus escritos y con sus actos de la construcción de una institucionalidad democrática en Colombia. Esto nos hace pensar que hay una posibilidad importante de que esos miles de jóvenes con las mejillas pintadas con la bandera tricolor estén vibrando por una simbología nacional que exceda los eventos deportivos e incluya la democracia funcional como un objetivo. Es más, el triunfo deportivo alcanzado puede ser una oportunidad de oro para proyectar ese interés nacionalista hacia la construcción sistemática de Capital Social en las nuevas generaciones, a través de las estrategias ya conocidas de educación para la democracia, pero también de nuevos recursos, tales como las redes sociales o el intercambio estudiantil internacional. Es el gol que de verdad esperamos.


* Profesor Titular Universidad Nacional