Columnistas

Ra韈es y parentescos
Autor: Sergio De La Torre
6 de Julio de 2014


La Tercera V韆 de Blair, cuyo precursor fue Anthony Giddens, contempor醤eo suyo -si bien algo mayor- es la misma socialdemocracia europea pero en versi髇 brit醤ica.

La Tercera Vía de Blair, cuyo precursor fue Anthony Giddens, contemporáneo suyo -si bien algo mayor- es la misma socialdemocracia europea pero en versión británica. Ambas comparten un mismo discurso, que parte de la premisa de que la libre empresa sin talanqueras acaba atropellando a las mayorías en pro de unos cuantos privilegiados. Entonces la economía no puede quedar librada a las leyes salvajes del mercado y debe estar regulada por el Estado, que la intervendrá hasta donde la equidad social y la bienandanza básica de la comunidad, sin exclusiones, lo aconsejen.


He ahí la esencia de la socialdemocracia hoy en día, desde que los países escandinavos o nórdicos, no alineados con Moscú ni con Washington durante la Guerra Fría, optaron por ella, hasta su entronización final en la postguerra, para convertirse en el remanso de convivencia que conocemos, y de contera en un modelo perfecto y sin tacha para el resto del Europa. Modelo que en todas partes fue imitado, salvo, obviamente, en los países del Este. Y aquí cabe señalar algo bien notorio, por lo paradójico: dicha socialdemocracia, modelo que tanto nos deslumbra, tuvo sus raíces en la nación más conservadora y cerrada del Viejo Mundo: la Prusia de Bismark, celoso guardián del Imperio y la autocracia que lo regía, que fue la antípoda de la revolución francesa y su legado, lo más opuesto a Napoleón, su propagador, y lo más hostil a la marea de modernismo y libertad que, venida de París, batió a todo el continente, incluida la muy ortodoxa Rusia de los zares. Bismark en los años setenta del siglo diecinueve ideó y sentó las bases del “estado del bienestar”, reproducido en la Europa más selecta y tan admirado y codiciado que lo quieren replicar hasta en América Latina. Así llamado porque, gravando duro y por igual a la incipiente -aunque ya vigorosa- burguesía industrial y a la vieja aristocracia terrateniente, pudo procurarle a los asalariados y en general a las capas más vulnerables de la sociedad prusiana, los bienes y servicios mínimos, y particularmente las garantías y derechos que luego, bajo el haz de la “seguridad social”, el mundo civilizado adoptaría. Ese conjunto de garantías y derechos, cabe advertirlo, se dio y estrenó en la Alemania decimonónica no tanto como fruto de luchas, conquistas, huelgas o motines obreros, cuanto porque, en un acto de lucidez política, con alcances históricos -de esos que ocurren muy raramente- los empresarios teutones (que ya conformaban una clase social floreciente) lo imaginaron e implementaron.


Pero hay otra curiosidad bien llamativa con respecto al origen de la socialdemocracia, que algunos (acaso muy sagaces o despiertos en política) apodan como “tercera vía”, para refrescar y darle un barniz de novedad a su discurso. Esta curiosidad es todavía más bizarra que la que reseñamos atrás atinente a la génesis del “estado del bienestar” a cargo de la plutocracia más rigurosa y exigente del planeta en su momento. Consiste ella en que, contra lo que comúnmente se cree, la socialdemocracia no proviene, ni es un ala que, a consecuencia de un cisma, se le haya separado a los partidos marxistas de antaño, sino que son estos los que se desgajaron de aquella dizque porque se había aburguesado. Tan es así que los bolcheviques (tradúzcase “mayoritarios”, frente a los mencheviques, o minoritarios, de Plejanov) de Lenin, que en 1905 representaron el paradigma de los futuros partidos comunistas del mundo (cuya versión aquí son los mamertos criollos, tan característicos e inconfundibles en su talante eclesial como Iván Cepeda) los bolcheviques de Lenin, digo, fueron una disidencia del flamante Partido Obrero Socialdemócrata, en su vertiente rusa. Si miramos el árbol genealógico de la política nos encontramos con unos parentescos extraños, dados en un lapso breve. Hay tantas vueltas raras y traviesos giros en la historia de la humanidad, que ya nada nos sorprende o escandaliza.