Editorial

Telegrama envenenado
6 de Julio de 2014


El pasado viernes 4 de julio fue un día agitado para Vladimir Putin. Ese día notificó su viaje a Cuba, Argentina y Brasil; anunció el perdón parlamentario del 90 % de la deuda cubana...

El pasado viernes 4 de julio fue un día agitado para Vladimir Putin. Ese día notificó su viaje a Cuba, Argentina y Brasil; anunció el perdón parlamentario del 90 % de la deuda cubana, valorada en 35.200 millones de dólares, y le escribió a Barack Obama para felicitarlo por el Día de la Independencia, en gesto de aparente generosidad que envuelve un delicado mensaje al mundo.


Sus anuncios de reencuentros para reavivar los agotados gobiernos de los hermanos Castro en La Habana, la viuda Kirchner en Argentina y la señora Roussef en Brasil, son más vistosos, y por tanto más destacados por los medios internacionales, que el envenenado telegrama enviado a Washington  para retar al presidente Obama, buscando ocupar el lugar de contraparte legítima en el arbitraje de los mayores problemas de las democracias contemporáneas. El desafío, por supuesto, no es solo para el presidente de la Unión Americana, que lucha el multilateralismo, sino para la ONU, que permanece ensimismada, y la Unión Europea, que en la crisis de Ucrania ha demostrado ser interlocutor con el que es posible buscar acuerdos tendientes a defender las democracias occidentales.


El editorialista del prestigioso diario The New York Times alertó el pasado 2 de julio sobre el nuevo tono diplomático con que el presidente Putin intenta mostrarse ante sus contradictores más fuertes, como el presidente ucraniano Petró Poroshenko, o interlocutores respetables, como los jefes de Estado de la Unión Europea, hoy liderados por la férrea Ángela Merkel. Las formas protocolarias y las palabras cuidadas, señaló el diario el pasado 2 de julio, no ocultan la intención del gobernante ruso de hacerse contraparte del Imperio americano en una reedición de la Guerra Fría, expectativa que busca bloquear el interés del presidente Obama de que los problemas entre países sean dirimidos bajo los principios de respeto a la democracia y las libertades que orientan la acción de los organismos multilaterales y que están claramente en el lado opuesto de las pretensiones del señor Putin y sus aliados por establecer dictaduras electorales y constitucionales como la rusa y como muchas que florecen en América Latina .


Tres elementos diferentes, aunque convergentes hacia el interés del Kremlin, se destacan en la carta del señor Putin. El reclamo porque Rusia sea reconocida por Estados Unidos como “su igual”. Nada más parecido a los años, no vividos por muchos ciudadanos contemporáneos, en que los problemas del mundo se trataban en secreto entre dos potencias que poco podían hacer para remediarlos. Porque en su liberalidad, más conveniente que problemática, el presidente Obama desconfía de ese diálogo entre dos “iguales”, su empeño ha sido ampliar las responsabilidades a los organismos constituidos para el diálogo entre países.


Más inquietante que la de la “igualdad” es la invitación al “pragmatismo” como forma de enfrentar los dolorosos conflictos que Moscú ha alimentado a conveniencia y que hoy amenazan la paz del mundo, entre ellos, la trágica guerra civil de Siria, el conflictivo enriquecimiento de uranio en Irán y la muy penosa situación de Ucrania, que el Gobierno de Putin aprovecha para recordarle a Europa su dependencia del gas ruso. La atractiva invitación a resolver problemas sin someterse a las complejas negociaciones mediadas por la burocracia ineficiente de Naciones Unidas o complicadas en pequeñas disputas, es hábil trampa para encerrar al mundo en la tensión de dos potencias con afanes imperiales.


Como colofón, el remitente recalca que EE.UU. y Rusia “tienen la responsabilidad excepcional de salvaguardar la estabilidad y la seguridad internacionales”, por lo que “deberían cooperar no solo en los intereses de sus propios países sino también de todo el mundo”. La zancadilla pretende atacar los avances de Washington en conseguir la censura internacional a un régimen expansionista y con pretensiones imperiales. Se confirma, pues, que el Kremlin resintió las sanciones económicas y la suspensión de membresía del G7 tras la secesión de Crimea y por el inocultable apoyo que sigue brindando a los separatistas pro-rusos en su lucha contra el régimen ucraniano. 


El pasado viernes 4 de julio, Vladimir Putin reiteró su azarosa pretensión de equipararse a Estados Unidos y le recordó a las democracias del mundo qué lejos se encuentran de forjar un sistema multilateral equilibrado que logre garantizar la vigencia universal de los derechos y libertades humanas sin estar sometido a pretensiones tiránicas de nuevo y viejo cuño.