Columnistas

El cancerbero
Autor: Carlos Alberto Gomez Fajardo
1 de Julio de 2014


Por acci髇 de complej韘imas redes normativas, econ髆icas, cuando no principalmente pol韙icas e ideol骻icas, acontece que quienes deb韆n protagonizar un encuentro terap閡tico, son ahora enemigos mutuos.

El papel del médico general en un marco de la práctica profesional reducido a la puesta en escena de una actividad comercial se ha descrito como similar al del cancerbero: un portero que cuida celosa y estrictamente los intereses de terceras personas o instituciones. Es esta otra contradicción que ha surgido de una deformación economicista y tecnocrática de la práctica médica y de la organización del sistema sanitario. Como si se tratase de la misma dinámica de una compraventa, el usuario-cliente pretende adquirir aplicaciones tecnológicas en las cuales llega a creer, erróneamente, que radica la salud. El portero -“gatekeeper”- es el médico en el nivel inicial de la atención, quien procede a llenar las solicitudes correspondientes, siempre y cuando estas coincidan con los intereses del tercer pagador; así se da curso a las autorizaciones, a la compra-venta de servicios, las remisiones a especialistas, la prescripción de medicamentos, de exámenes, de aplicaciones de tecnologías… Son expresiones preocupantes de lo que ya se conoce como un fatal capítulo de la “medicina de los deseos”.


En otras ocasiones, tiene lugar el penoso y difícil episodio del enfrentamiento. Ya no son dos personas que comparten un escenario de encuentro en el que median la necesidad -el paciente, el enfermo- y la conciencia de quien conoce su arte y ciencia  -el médico-  y sucede un choque de intereses. Por acción de complejísimas redes normativas, económicas, cuando no  principalmente políticas e ideológicas, acontece que quienes debían protagonizar un encuentro terapéutico, son ahora enemigos mutuos. Pronto en este escenario aparecen tutelas, abogados, oficinas que retransmiten órdenes de juristas, magistrados de cortes que  imaginan que con sus sentencias tiene lugar el ejercicio de una medicina justa. El médico cancerbero sabe que es vigilado estrechamente por poderosos sistemas de auditoría que  controlan sus conductas. Como un implacable sistema fiscalizador, ejércitos de  personas  capacitadas en los mecanismos de generación de glosas revisan, comparan, paralizan. Disponen de todo el poder burocrático para hacerlo.  Simultáneamente, desempeñan un papel importantísimo en el manejo financiero de colosales sumas que son adeudadas por meses a  quienes prestan los servicios. El poder lo tienen quienes controlan por ley el motor financiero del engranaje sanitario. Una mirada a los informes de prensa sobre la situación financiera de los hospitales basta para verificar esta realidad: los sistemas de glosas hacen parte de los mecanismos de asfixia a las instituciones.


¿Cuándo será que el ejercicio médico puede hacerse dentro de un marco genuino de confianza, de entendimiento mutuo? ¿Cuándo retornaremos al perdido lugar de la sinceridad en las relaciones interpersonales?  ¿Cuándo podrá el paciente  (paciente, no “usuario-cliente”) disponer de la certeza de que el compromiso de quien lo atiende, no de quien lo “despacha”, es el de un profesional que vela por la salud? 


Quien vela por la salud, en realidad, intenta ayudar a desarrollar y cumplir a plenitud el sentido último de la trayectoria vital del paciente, algo que va más allá de la aplicación de tecnología, no siempre benéfica. Todo tiene su costo.