Columnistas

"Goteros" de falsas soluciones
Autor: Omaira Martínez Cardona
1 de Julio de 2014


Desde que hace varios años el gobierno intervino para desmontar el negocio de las “pirámides” anunció que comenzaría a ocuparse de otra actividad ilegal que se ha convertido en una de las más lucrativas y populares: la de los préstamos “gota a gota”

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Desde que hace varios años el gobierno intervino para desmontar el negocio de las “pirámides” anunció que comenzaría a ocuparse de otra actividad ilegal que se ha convertido en una de las más lucrativas y populares: la de los préstamos “gota a gota” o “paga diario” que descaradamente, aunque considerados muy útiles por la gran mayoría, se expanden por todas partes, en cada barrio, en cualquier lugar de trabajo y hasta en las puertas de las entidades financieras que no ofrecen muchas posibilidades de microcréditos para los estratos menos favorecidos.


El agiotaje no es una práctica reciente, en la edad media era usual y en Colombia lleva décadas en las que al principio era considerado y ejercido como un negocio clandestino y ahora aunque ha sido tipificado como delito, se mira como algo natural  del diverso universo de posibilidades que ofrece la llamada “economía subterránea”. 


Si se considera que en varias ocasiones la Superintendencia Bancaria ha revelado que menos del  50% de los ciudadanos está bancarizado, es incalculable la cifra de dinero que diariamente maneja el negocio de los “goteros o pagadiarios” que como toda actividad ilegal no tiene un límite de regulación y en el cobro de intereses pueden ir desde el 5% hasta el 200% en algunos casos.


También el agiotaje como todo negocio clandestino tiene muchos más riesgos de los que se cree y representa una amenaza social que en nada se diferencia de otros negocios como la llamada “microextorsión”. Quien cae en la trampa por necesidad y entra en el círculo vicioso de estos préstamos rápidos para solucionar una dificultad, está empeñando su integridad.


Cualquier acto que se escude en la necesidad de las personas es una manifestación de abuso que esclaviza a quien presta y le entrega la estabilidad emocional, la integridad y la dignidad al otro, sea un abusador, prestamista o agiotista. 


Atajar el impulso con el que esta actividad se está expandiendo es responsabilidad de todos, del Estado que debe promover y generar más opciones de acceso a pequeños créditos, flexibilizar las condiciones y plazos, regular los sistemas de información de las denominadas centrales de riesgo, promover y generar más cultura del ahorro y no del endeudamiento que es el negocio prioritario para las entidades financieras.  También debe recuperarse la oportunidad que ofrece la economía solidaria mediante las asociaciones, cooperativas y fondos de empleados. Además es responsabilidad de los ciudadanos que sin el menor sentido de la conmiseración se aprovechan de la necesidad de otros y de quienes confiando en medio de la desesperación, han terminado perdiendo lo poco que tenían y hasta la vida. 


A pesar de ser un delito tan común, pocos denuncian precisamente por temor y porque no existen acciones efectivas de protección para las víctimas que finalmente terminan atrapadas en las redes de esta actividad. 


En el recuerdo quedan aquellos tiempos en los que la mejor garantía era la palabra empeñada y el sentido de solidaridad con los menos favorecidos, quien tenía más ayudaba o se intercambiaban las necesidades sin ese afán y esa malicia de obtener dinero fácil, rápido, ilegal, sin mucho esfuerzo y con una de las armas más letales que pueda existir: el abuso y la manipulación.