Columnistas

Contra la violencia
Autor: Dario Ruiz G髆ez
30 de Junio de 2014


De acuerdo con que todos, absolutamente todos, queremos la paz. Al menos yo a lo largo de mi vida no he visto sino violencia a mi alrededor.

De acuerdo con que todos, absolutamente todos, queremos la paz. Al menos yo a lo largo de mi vida no he visto sino violencia a mi alrededor. Me lo dijo mi papá antes de morir a los noventa y un años. Y recordaba aquello que él había soñado en dejarme o sea la paz en el país por el cual tanto luchó y tanta persecución sufrió. Desde niño prácticamente viví entre la más cruda violencia política, rodeado de manifestaciones de espantosa crueldad, de la más insana intolerancia frente al pensamiento que buscaba abrir una luz entre las tinieblas de la ignorancia manipuladas por las fuerzas más oscuras, opuestas a cualquier razonamiento civilizado. Gentes del común diezmadas por las enfermedades, descalzas, analfabetas, alejadas de la educación para mantenerlos en la más crasa ignorancia, desatando en ellos la irracionalidad atávica, donde la religión se confundía con el prejuicio. En lugar de diálogo las desaforadas “Guerras santas” cuyo objetivo final era el exterminio de quienes se consideraba como enemigos de la Iglesia. Era el ensañamiento contra el inocente, era el odio a la vida, el escupitajo que Millán Astray había arrojado sobre el rostro de Unamuno al grito de “¡ Viva la muerte abajo la inteligencia ¡


En mis oídos de adolescente escuchaba la voz trémula de mi papá repitiendo los versos del joven Castro Saavedra: “Cuando se pueda andar por los caminos y aldeas sin ángel de la guarda” Porque calles y caminos habían sido entregados a las tropelías de los facinerosos más despiadados. Policías famélicos, soldados de raídos uniformes, y el macabro telón de fondo de los relatos sobre matanzas, familias descuartizadas, madres destrozadas a machete, un horror que desbordó la posibilidad de un verdadero testimonio tal como se evidenció con la llamada “Novela de la violencia”, relatos obscenos, incapaces de dar dimensión al dolor de los ofendidos, a todo un proyecto de país civilizado que se hundió en manos de la más cruda de las violencias y de los más tenebrosos dirigentes. El famoso testimonio de Monseñor Guzmán y Fals Borda sobre esa época no pasa de ser un mero censo de atrocidades carente de la necesaria imaginación moral para enfocar objetivamente a los responsables de esos horrores. Militantes de izquierda los autores, sólo vieron la responsabilidad de conservadores y liberales pero disimularon la tragedia que se prolongaría a partir de la llamada violencia revolucionaria.


Hoy, el número de desplazados en Colombia es superior al de Siria, el baño de sangre alucinante de paramilitares y Bacrim es un despropósito contra lo humano que no puede, contemporáneamente igualarse por su salvajismo ni siquiera con las matanzas africanas recientes. Frente a una sociedad distraída, una política frivolizada ad náuseam ¿qué contenido puede tener la paz que sobrevenga a un mero pacto de intereses pero no condene toda forma de violencia? La paz comienza por exigirle condiciones radicales al responsable para no convertirse en otro amargo fracaso. “El pacifismo, entonces, sólo querrá decir: miedo a los terribles estragos de la guerra” o sea una paz hueca, acompañada  por el chantaje del miedo. Don Antonio Machado maestro eterno, cavilaba así en los momentos previos a la tragedia española. “Siempre será peligroso encaramar en los puestos directivos a hombres de talento mediano, por mucha que sea su buena voluntad, porque a pesar de ella -digámoslo con perdón de Kant- la moral de estos hombres es también mediana. A última hora, ellos traicionan siempre la causa que pretendían servir, se revuelven airadamente contra ella. Propio es de hombres de cabezas medianas el embestir contra todo aquello que no les cabe en la cabeza. A todos nos conviene, amigos queridos, que nuestros dirigentes sean siempre los más inteligentes y los más sabios”