Columnistas

La cosa no es tan simple
Autor: Sergio De La Torre
29 de Junio de 2014


La política, toda ella, hoy y mañana, gira en torno al proceso de paz. Partido que lo olvide, o lo descuide, por bien situado que esté, errará su ruta, y se extraviará, con el riesgo de no reencontrarla, o de hacerlo ya tarde para, de cualquier modo, acabar extinguido.

La política, toda ella, hoy y mañana, gira en torno al proceso de paz. Partido que lo olvide, o lo descuide, por bien situado que esté, errará su ruta, y se extraviará, con el riesgo de no reencontrarla, o de hacerlo ya tarde para, de cualquier modo, acabar extinguido. De donde se infiere que las fuerzas políticas que no se definan y tomen posición frente al proceso, sumándose a él o presentando una alternativa viable, serán desbordadas por los hechos, que se irán acelerando hasta completar el cuadro de un país , o bien reconciliado, o bien sentenciado a recorrer otro viacrucis igual al que padece de tiempo atrás.


Hay unos diálogos en marcha y una izquierda que luce conforme con lo que se ha tratado o convenido en ellos, y con lo que resta, que no es poco pero ya, grosso modo, puede adivinarse. Fricciones no faltan, pero en lo básico el Polo de Clara López (incluyendo a Robledo), Petro y demás grupos afines, presentan un solo frente. Es sobreentendido que ahí está la Farc, a quien en gracia de discusión cabría catalogar como la izquierda armada, pese a la degradación que hoy registra por causa del narcotráfico y del profundo cenagal de criminalidad en que se hundió hace 40 años y del que no ha querido salir, lo que fatalmente generó su correspondiente réplica en el paramilitarismo, cuyas atrocidades, como las de la guerrilla, nadie osa justificar, salvo ella misma. Destaquémoslo entonces: lo que conocemos como izquierda civil , participando del juego democrático , conquistando alcaldías y gobernaciones y declarándose contraria a la acción armada de la insurgencia, hoy está en lo substancial de acuerdo con ella en lo que pide o espera obtener de la Mesa de Diálogo. Lo cual debiera reconfortarnos porque contribuye a delinear los campos, despejando el camino de sombras, recelos y sospechas, para que la izquierda lo transite unida, confiada y segura. Todo lo cual aprovecha a la tan ardua empresa de la paz, pues además tendrá su efecto tranquilizador sobre la contraparte en la mesa, que por costumbre denominamos “el Establecimiento”.


La traba que hoy encuentra el proceso en referencia y que podría dar cuenta de él, es que esa contraparte no está cohesionada, como lo está la izquierda en términos generales. Centro y derecha, columnas del régimen político y social vigente, tienen enfoques opuestos sobre la manera como se adelantan las negociaciones. El problema es grave y potencialmente peligroso, en mi sentir. Pero no insoluble, pues ambas tendencias no discrepan, según lo afirma el propio uribismo, de la paz en sí, sino del procedimiento ultrasecreto, las reglas adoptadas y las condiciones en que se tramita, o regatea, el proceso. En particular de las concesiones que han de hacérsele a la guerrilla, pero aceptando todos, en principio, que hay que hacerlas. La divergencia está en su magnitud, verbigracia en el grado de impunidad para los jerarcas de las Farc incursos en delitos atroces, dentro de una justicia transicional o supletoria, cuya necesidad no se discute. O en la representación política que se les asigne en el Congreso, quiénes serían sus titulares, etc.


He ahí el meollo del desacuerdo que, por lo demás, tiene relevancia frente a las víctimas. Las cuales tendrán que ser oídas como parte substancial e imprescindible de esta magna faena. Eso y todo lo anterior resulta bien urticante y sensible, mas no imposible de conciliar, diría yo pensando con el deseo.


Abreviemos diciendo que a ningún armisticio o paz pactada para cerrar un conflicto tan encarnizado como el nuestro, le conviene que una de las partes esté incompleta en la mesa, por no haber logrado cohesionarse toda para emprender tamaño forcejeo. El arreglo a que se llegue en una confrontación tal deja heridas abiertas, odios viscerales y venganzas pendientes. Cuentas por cobrar, para decirlo en el argot corriente. De ésas que ningún perdón, que no sea madurado, rumiado y consentido por el individuo afectado, podrá excusar enteramente. Si a ello se le suma el que una de las partes, en este caso el “centroderecha”, no esté toda conforme con lo que se acuerde, y no se sienta, por tanto, obligada a acatarlo, pues esa paz queda trunca, con un germen de violencia que en cualquier momento rebrota. Así lo enseña la historia colombiana, plagada de guerras y reconciliaciones fallidas, que se alternan para nunca acabar. Por ejemplo, la Paz del Neerlandia que selló la guerra de los mil días, y, transcurridas cinco décadas , la amnistía de Rojas que quiso ponerle fin a la llamada Violencia, pero no cobijó a todos los alzados, porque, tras haber caído asesinados los jefes de la guerrilla liberal que se acogieron a ella (Guadalupe Salcedo, Dumar Aljure, el capitán Franco…) obviamente no consiguió recoger a otros, entre ellos Antonio Marín, el futuro Manuel Marulanda, quien -cosa para no olvidar- empuñó su primer arcabuz como “cachiporro” y no como fariano. Algún día hablaremos de ello y de la génesis de la Violencia de mediados de siglo, y de la actual, que en cierto modo es su prolongación, para que refresquemos el recuerdo de nuestros pecados y vergüenzas. Por ahora dejemos aquí el tema que hoy nos ocupa.