Columnistas

縎e puede ense馻r la pol韙ica?
Autor: David Roll
26 de Junio de 2014


Hace 25 a駉s me encargaron el dise駉 y puesta en marcha de la segunda carrera de ciencia pol韙ica que se fundaba en Colombia (ahora son m醩 de 30), y el principal reto que tuvimos fue el de conseguir profesores.

Hace 25 años me encargaron el diseño y puesta en marcha de la segunda carrera de ciencia política que se fundaba en Colombia (ahora son más de 30), y el principal reto que tuvimos fue el de conseguir profesores. De hecho pusimos en la puerta de la dirección una caricatura de Quino en la que dos niñas discutían sobre la necesidad de crear una universidad para enseñar a los presidentes a gobernar, y cuando una de ellas, Mafalda, le preguntaba a la otra, ¿y de dónde sacaremos a los profesores? La otra abría los ojos estupefacta  y le contestaba: “¿Querés una mentica?” Y la pregunta está vigente ¿Pueden darse lecciones de  democracia? Algunos profesores de ciencia política creemos que sí se puede contribuir en este sentido, aunque sabemos que como en la natación, a gobernar sólo se aprende gobernando. 


Quienes tenemos un interés especial  por estudiar, es decir  por el conocimiento en general, pero en particular por el de las ciencias humanas, tenemos pocas posibilidades de dedicar nuestra vida laboral a algo en lo que sea aplicable esa pasión a veces obsesiva por aprender. El mundo universitario, aunque restringido, competido y para nada exento de dificultades, es casi el único espacio reservado para ejercer esta opción vital. Por ello algunos creemos que al permitirnos la sociedad dedicarnos casi  íntegramente al conocimiento, tenemos una obligación moral adicional de contribuir a crear una mejor sociedad con esa labor, y en el caso de la ciencia política, desde mi punto de vista, este compromiso está relacionado con el fortalecimiento de la democracia. En esencia nuestra labor primordial es transmitir conocimiento a los estudiantes y al ciudadano, especializado o no, y por eso damos clases en pregrados y posgrados, y conferencias en eventos de diversos tipos. Pero es que para transmitir conocimiento es preciso adquirirlo; y por ello nos dedicamos por lo menos los primeros treinta años de nuestra vida a estudiar carreras, especializaciones, maestrías y doctorados. Para aprobarlos debemos leer mucho, estudiar más que el promedio y tener altísimos resultados en las evaluaciones, porque la excelencia académica es un requisito lógico para quien va a ser profesor. Se supone que con esto bastaría: estudiar y enseñar. Pero es claro que nuestra labor no es sólo acceder al conocimiento, procesarlo y hacerlo digerible a un público amplio, en nuestras clases y conferencias, sino que se espera, y con lógica, que además creemos nuevo conocimiento. Es por ello que debemos investigar permanentemente, con o sin financiación adicional, y convertir en libros, artículos y ponencias, el resultado de ese esfuerzo, y lo que es más difícil, mucho más difícil, lograr que nos publiquen esos resultados.  


Pero añadido a todo lo anterior que de un profesor universitario se espera, es decir, que estudie, investigue, enseñe y publique, en el campo específico de la enseñanza de la ciencia política nosotros mismos nos hemos creado la exigencia de ayudar a que la democracia funcione mejor. Las contribuciones son muy variadas, y van desde la asesoría a altos cargos del Estado o participación en reformas política o reingenierías institucionales, hasta la simple participación en equipos de trabajo para el cumplimiento de pequeñas metas. Los gobernantes en el fondo nos ven viviendo en una nebulosa poco práctica en la política, pero igual nos siguen llamando y seguimos acudiendo cada vez que nos necesitan. 


Pero como la democracia consta de gobernantes y gobernados, nuestro último papel en esta larga lista de deberes es el fortalecer la democracia también difundiendo entre los ciudadanos comunes conocimiento que pueda ser útil para el buen funcionamiento de la democracia, especialmente el referido a la participación política, la división de poderes, los partidos políticos y la dinámica del estado en su conjunto. A pesar de los títulos académicos, del prestigio de las universidades en las que trabajamos o de los libros o premios que nos puedan respaldar, el acceso a los medios de comunicación no está garantizado para cumplir este último deber; sobre todo porque el tono pedagógico que precisamos para transmitir serenamente este conocimiento adquirido no es el más deseado para la mayoría de los medios. Sea esta la oportunidad para agradecer al Periódico EL MUNDO por permitirme tener este espacio,  en el contexto de su labor pedagógica y de formación ciudadana; y a los lectores por darme esta oportunidad, con su voluntaria decisión de leer esta columna, de demostrar a la sociedad una vez más que quienes nos dedicamos al conocimiento podemos ser útiles a la comunidad aunque no peguemos ladrillos; en este caso  porque la política sí puede enseñarse.


*Profesor titular Universidad Nacional