Columnistas

¿En qué quedamos?
Autor: José Alvear Sanin
25 de Junio de 2014


Leo repetidamente cada uno de los comunicados de La Habana por dos razones: 1. Por responsabilidad, y 2.

Leo repetidamente cada uno de los comunicados de La Habana por dos razones: 1. Por responsabilidad, y 2. Para tratar de entenderlos porque, para desorientar al lector, están escritos en newspeak orwelliano (donde las palabras significan todo lo contrario). 


Veamos un ejemplo: En el vago informe sobre el precipitado y preelectoral “acuerdo sobre drogas”, uno de sus “componentes básicos” reza: “Se acordó una estrategia integral (…) el gobierno se comprometió a intensificar la lucha contra el crimen organizado y sus redes de apoyo, en el marco del fin del conflicto (…) y en general, de desarticular las redes de estas organizaciones”.  Lo cual, leído en español, da a entender que el gobierno se compromete a intensificar la lucha y desarticular a las Farc, que son el principal cartel narcotraficante del país. En newspeak, en cambio, el mismo comunicado quiere decir: El gobierno se compromete a intensificar la lucha y a desarticular los carteles diferentes a las Farc.


Así como la justicia transicional no es cosa distinta de la abolición de la misma, el “acuerdo sobre las drogas” condona medio siglo de narcotráfico. Hace pocos días leí con estupor un artículo del profesor Yesid Reyes Alvarado sobre la condena a varios meses de prisión a un ladrón de chocolatinas reincidente, en un país que se apresta a premiar a otros con impunidad, curules y trabajo social.


¿En qué quedan la legitimidad y el estado de derecho, si se acepta que con la motivación política desaparece el carácter delictual de los actos más repugnantes? Al contrario de los latinoamericanos, los anglosajones y los europeos nunca han aceptado tan peregrina generosidad, porque nadie puede tener derecho, por razones políticas, a matar y destruir para hacer la “felicidad de los demás”. ¡Y menos en un país libérrimo, como ha sido Colombia!


Pero si las grandes democracias no eximen de responsabilidad a los terroristas, más enérgica es la respuesta que la oposición, por más pacífica y legítima que sea, recibe en las dictaduras comunistas como las actuales de China, Norcorea, Cuba, y ahora Venezuela.


En Colombia se pregona ahora que en todos los procesos de paz es imprescindible olvidar los crímenes de la subversión, y como ejemplo se citan Guatemala, El Salvador, Irlanda del Norte y Suráfrica. Esas superficiales analogías no convencen, porque todos estos casos han sido diferentes al colombiano. 


En África del Sur existía un régimen racista, absolutamente excluyente de las grandes mayorías. 


En el Ulster, una banda pequeña y bien entrenada de terrorismo urbano, que sin embargo no reclutaba menores, luego de ser bien reprimida, aceptó una solución que no compromete el modelo económico y social, después de haber causado 3. 466 muertes entre 1968 y 1998 (un lamentable promedio de 115 por año) (http://www.wesleyjohnston.com/users/ireland/past/troubles/troubles_stats.html).


En Guatemala y El Salvador, con fórmulas que se recomiendan con ligereza para Colombia, los resultados han sido desastrosos. El primero de esos países es ahora considerado un “estado fallido”, y en el segundo, el Farabundo Martí destruyó la economía. Esto obligó a la emigración de cerca de la mitad de la población. Y ahora los terroristas en el poder, en vez de generar prosperidad y empleo, tienen que tolerar el dominio de las maras salvatruchas. 


Facilitar, entonces, a los terroristas el acceso al gobierno no conduce a buen puerto.


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“Los Borbones, ni saben, ni estudian, ni aprenden”… ni trabajan, acoto.


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Novelista, cuentista y poeta, Óscar Londoño Pineda acaba de recoger en un pulcro volumen los comentarios publicados a lo largo de los años sobre su valiosa producción literaria. Felicitaciones.