Columnistas

El nuevo y el viejo país
Autor: Dario Ruiz Gómez
23 de Junio de 2014


“A nuevos tiempos, dice el refrán ruso, nuevas canciones”.

“A nuevos tiempos, dice el refrán ruso, nuevas canciones”. Con lo cual se señalaba la perentoria necesidad de entender que cada nuevo tiempo llega cargado de otros contenidos y necesitamos hacer el esfuerzo de entender que hay conceptos y nociones políticas, estéticas, que se han desgastado y perdido justificación y sobre todo legitimidad histórica. Desde este punto de vista podemos detectar aquello que, a pesar de estar muerto, sigue oponiéndose tenazmente a que se reconozcan los nuevos paradigmas. Y en Colombia, tal como lo estamos viendo, el peso muerto de conceptos políticos que hace tiempo perdieron toda legitimidad, continúan obstaculizando la indispensable renovación de nuestras instituciones, negándose a admitir que desde la caída estrepitosa del socialismo estalinista la tarea de crear una nueva izquierda a la altura de una nueva democracia es lo primordial, y, que por otro lado desde la llamada derecha se ha negado la crisis del capitalismo clásico, el origen de un capitalismo financiero cuya voracidad es necesario reglamentar decididamente para que aceptemos que hay alternativas distintas a la de los Partidos tradicionales.


Bobbio ha analizado en profundidad la crisis de estos dos conceptos sobrepasados por los nuevos movimientos sociales, por la globalización, por el decisivo papel de las mujeres, de los grupos minoritarios en la construcción de una nueva sociedad pero que por irresponsabilidad espiritual prefieren nuestros llamados politólogos de turno seguir clasificando bajo el rótulo de derechas e izquierdas para aferrarse a sus poderes e impedir la renovación de la vida democrática, ir más allá de los envejecidos conceptos de Partido Liberal y de Partido Conservador, del cadáver putrefacto del  Partido Comunista. ¿Qué hubiera sucedido si nuestro Partido Comunista hace cuarenta años hubiera admitido tal como lo hicieron los Partidos Comunistas del mundo que ya la  violencia no estaba justificada y que no se podía seguir matando a nombre de una desueta utopía?¿ Cuántos muertos nos hubiéramos ahorrado? ¿No es este un argumento para la Paz que buscamos?


Pensadores como Rorty, como Rawls han renovado las fuentes del más genuino pensamiento liberal nacido bajo la influencia de Stuart Mill, de Emerson y, hay pensadores como Ortega y Gasset, como Camus, como Raymond Aron que han renovado el pensamiento anti-totalitario. ¿Dónde está en Colombia el pensador cuyas fuentes políticas hayan seguido esta noble tradición del pensamiento democrático? Ahí está, aún intocada, esa reserva moral que es el pensamiento de Gómez Dávila. No hablemos de nuestro  leninismo científico derivado  hacia una caricatura de retórica revolucionaria a base de la repetición de clisés como el “imperialismo norteamericano”, “lucha contra los capitales extranjeros” o  ese esperpento criminal que es el bolivarianismo. La consigna como ciega sumisión a una organización que les prohíbe adentrarse analíticamente en las nuevas realidades. ¿No es desde esa sociedad, al margen de los juegos políticos, desde donde debe nacer el nuevo lenguaje, los verdaderos conceptos jurídicos hincados en las nuevas realidades sociales? 


Estamos pues ante una situación en la que la ausencia de lenguaje, la pérdida de la verdadera dimensión de la política nos ha conducido a lo que por falta de imaginación moral, nos ha conducido  a una sin salida social, tal como lo evidencia la jerga banal, desinformativa en que se ha convertido el lenguaje del periodismo de los grupos de poder. Amortajados en un tiempo muerto para eludir esta responsabilidad ante el futuro de la democracia amenazada de muerte, nuestro mundo académico, la clase política, nuestra llamada justicia, se hace la que ignora esta emboscada del nuevo totalitarismo disfrazado de redentor social y cuyo modelo es no solo el sangriento régimen de los Castro sino ante todo la Venezuela que el chavismo se encargó de sumir en la miseria y la represión hacia toda voz opositora.