Columnistas

La paz, de todos y para todos
Autor: Sergio De La Torre
22 de Junio de 2014


Mientras más pronto volvamos de la euforia a que nos llevó el ríspido triunfo de Santos (a todo éxito difícil le sigue la consabida embriaguez que, si se alarga, puede ser fatal, porque embrutece y desarma), mientras mas pronto salgamos de la euforia, digo, mejor encararemos la dura realidad que se nos abre.

Mientras más pronto volvamos de la euforia a que nos llevó el ríspido triunfo de Santos (a todo éxito difícil le sigue la consabida embriaguez que, si se alarga, puede ser fatal, porque embrutece y desarma), mientras mas pronto salgamos de la euforia, digo, mejor encararemos la dura realidad que se nos abre. El panorama no pinta fácil para el presidente. El reto que tiene, y que él mismo provocó al pedir una nueva oportunidad para coronar su compromiso con la paz, está erizado de púas. Cuando menos enfrenta los azares y contingencias de toda empresa de reconciliación que, como la nuestra, está por concluirse cerrando una contienda tan amarga y extendida.


Negociar la paz, en la etapa final que ahora abocamos, no es un ejercicio cualquiera. Es una puja sorda y enconada, donde juegan elementos hasta hoy ausentes y cobran relevancia factores que ayer se diluían o diferían. Se abordan los temas espinosos que no se trataron antes para facilitar el arranque del diálogo (siempre lo más difícil) y su ulterior desarrollo. Entonces, se le ofrece a la sociedad expectante una luz de esperanza y optimismo frente a asunto tan urgente como la concordia. Pues si falta en el país la confianza básica o mínima en que un empeño tan incierto, para muchos una quimera, (como el de zanjar el conflicto interno más largo y sangriento del mundo contemporáneo) pueda fructificar, tal empeño , tarde o temprano, fracasará por falta de fe y compromiso ciudadano.


En esta nueva coyuntura el presidente adelantará las conversaciones bajo otras circunstancias. Su reelección, tal como él lo quiso, tuvo el carácter de un referendo sobre el proceso de marras. Esos ocho millones de votos que convalidaron su mandato y su propuesta pacificadora son una victoria suya. Pero también de las Farc, la otra parte en la mesa, tan interesada (así no lo confesara) en un buen resultado electoral como el Gobierno. Y a la inversa: si a éste lo hubieran derrotado en las urnas, la derrota también sería para la guerrilla, también involucrada en un proceso sometido al virtual referendo o consulta popular de hecho que se surtió en los comicios. En tal hipótesis, el mandatario, liando bártulos, ya estaría despidiéndose de la mesa de La Habana. Y los opulentos, morosos comandantes farianos estarían alistándose para cambiar su dorada estadía en Cuba por la manigua colombiana, o por la clandestinidad en una Venezuela al borde del abismo y cuyo futuro, por ende, no es nada prometedor para rentistas emergentes, a quienes los tribunales internacionales, a más de la justicia colombiana, seguirán buscando hasta encontrarlos.


De lo arriba anotado se desprende que mal haría el gobierno en festinar lo logrado en las urnas (que fue algo más de lo esperado) o en desdeñar al 45% de los electores, o sea medio país, a quien no se le puede encasillar entero como contrario a la paz, sino más bien contrario a las condiciones y manera como ella se negocia, si nos atenemos a lo dicho, en su momento, por el candidato Zuluaga y su camarada la señora Ramírez.


Para que lo que se firme en La Habana sea respetado dentro y fuera del país, tenga suficiente legitimidad y ofrezca garantías de que no se quedará en el papel y se cumplirá efectivamente, el gobierno, sin titubeos ni melindres, con coraje, con la humildad que nada le cuesta a un mandatario revalidado, debiera invitar a dialogar al uribismo y a toda la oposición, de derecha e izquierda, en procura de concertar y ojalá de un consenso, para que sea toda la nación y no parte de ella la que suscriba el anhelado acuerdo con la insurgencia. Partiendo siempre de la base de que en asunto tan crucial como la reconciliación el presidente representa no apenas al gobierno sino al Estado, vale decir a la nación entera, sin exclusiones. Y así debe actuar.


Nada se pierde, y en cambio mucho se gana oyendo, por fuera de las cámaras y los micrófonos, a la oposición, e incluso compartiendo con ella lo que ya se ha conversado y lo que resta por conversar en Cuba. Primero la paz entre los afines (para reordenar y unir al “Establecimiento”, que se ha roto por motivos que pueden zanjarse) y luego la paz con el enemigo. Tal es el orden lógico de las cosas, al cual debiéramos acomodarnos desde ya, con tanta mayor razón cuanto que tenemos un referendo en perspectiva, previsto en la agenda para confirmar lo firmado en La Habana. El cual referendo solo se ganará si los de este lado se juntan, ofreciendo un solo frente. Así pensamos algunos, no sé cuántos, de los que votamos la reelección del doctor Santos.