Columnistas

Otro mandato por la paz
Autor: Iv醤 Guzm醤 L髉ez
17 de Junio de 2014


Luego de una tortuosa campa馻 presidencial, donde la guerra sucia que hemos padecido los colombianos (casi desde el momento mismo del mal llamado Grito de la Independencia), se hizo evidente (y de la forma m醩 grotesca e impensada)...

Luego de una tortuosa campaña presidencial, donde la guerra sucia que hemos padecido los colombianos (casi desde el momento mismo del mal llamado Grito de la Independencia), se hizo evidente (y de la forma más grotesca e impensada), fue reelegido el presidente Juan Manuel Santos, quien contra viento y marea ha sostenido políticamente el llamado proceso de paz de la Habana. Su discurso del pasado domingo primero de junio, luego de ganar las elecciones por cerca de un millón de votos, comprometió a todos los estamentos del Estado y de la sociedad, a sacar adelante el Proceso. Y conminó de paso, a las Farc y al Eln, a trabajar por un proceso de paz, “con responsabilidad y decisión”. 


Sin duda, el juego de las alianzas políticas al que fue obligado Santos, por el resultado de la primera vuelta, le ofrece ahora un “Frente amplio por la paz”, avalado electoralmente y que será empleado como aceite catalizador para el proceso de paz. Ahora no será él, únicamente, el gestor de la paz; ahora tendrán que ser todos los colombianos, presentes y activos en esta “segunda oportunidad”, que citó muy oportunamente, recordando justamente a Gabito, en su discurso de la victoria del domingo primero de junio. 


En este propósito, hizo “carambola a cuatro bandas” con las adhesiones de sus más duros opositores durante el primer mandato, encabezados por la excandidata del Polo, Clara López: su partido “de izquierda”, dejó en “libertad de acción” a sus militantes, pero ella misma, no sólo anunció su voto por Santos, sino que hizo campaña abierta y con el fervor de una militante juvenil y rasa, acompañada de Iván Cepeda, la piedra eterna en el zapato de Uribe y sus huestes; de Antonio Navarro, el antiguo jefe supremo del M-19; de Claudia López y Ángela Robledo, al igual que de Gustavo Petro, Aída Avella, Piedad Córdoba, y su contrincante en el 2010, Antanas Mockus, quien se puso la camiseta de la paz, sin llegar al extremo de bajarse los pantalones, como sí lo hicieron jefes de otros sectores políticos. Y la gran ñapa: recuperó electoralmente a Bogotá y parte de Antioquia, lo que sin duda le da músculo inesperado y potente al proceso de paz; y de paso, una encerrona extraordinaria a las Farc y al ELN, que ahora tendrán que contribuir “responsablemente” a la voluntad de paz expresada en semejante alianza, y en general, quiérase o no, en todo el pueblo colombiano.


La paz es, sin duda, un imperativo histórico; ella nos debe allanar el camino para el verdadero bienestar social; para que los colombianos dejemos de ser vistos con ojos de curiosidad y horror por la comunidad internacional; para que por fin nuestras fuerzas armadas se puedan dedicar a la defensa de nuestra soberanía y a limpiar la patria de tanta delincuencia que campea en ciudades y campos; para sacudirnos de tanta delincuencia de cuello blanco y de tanta “transparencia” fingida, como ocurre en Antioquia, que es otra forma de corrupción. La firma de la paz, debe propiciar espacios para modernizar al país y retirar las vacas muertas atravesadas en la carretera del bienestar social y el camino hacia una nación próspera y verdaderamente feliz.


Puntada final: esperemos que el discurso de paz, amplio, generosos y abierto, sea una nueva ruta de gobierno; esperemos que el frente amplio por la paz, reforzado a última hora por la llamada “izquierda colombiana”,  el magisterio y los sindicatos de trabajadores (algunos sindicatos patronistas son tan torpes y cutres, que no entendieron la orden impartida a última hora y votaron por Zuluaga), no empiecen ahora a olvidar el propósito de la paz y se dediquen tan sólo a reclamar dádivas, olvidándose de las reformas estructurales prometidas y necesarias a la paz misma, y al país.