Columnistas

Carta abierta al maestro Luis Eduardo Chaves
11 de Junio de 2014


Maestro Chaves:
Emoción… nostalgia… recuerdos… añoranza… paradoja: presencia de las cosas idas….


Maestro Chaves:


Emoción… nostalgia… recuerdos… añoranza… paradoja: presencia de las cosas idas….


Son las cinco y treinta de esta tarde de domingo 22 de julio de 2012 y acabo de llegar de El Castillo.


Fui en busca del pasado, y los recuerdos y las cosas me pusieron frente a ti y frente a don Diego Echavarría… ¿Recuerdas? Eran las noches de conciertos en la inmensa sala de música, y eran los anfitriones don Diego y doña Benedicta (Dita). Nosotros, los visitantes y los concertistas, todos invitados, nos perdíamos en un mundo lleno de belleza sonora y de arte; un arte que nos apretaba los sentidos, viendo y oyendo, lo que en el Medellín de esa época (años 1955 a 1960) era imposible disfrutar.


Hoy, maestro, eché por el atajo de todos los recuerdos, y dentro del que fuera el hogar de don Diego (+ 1971) volví a ver el inmenso salón de música, el majestuoso piano de cola; pasé mis dedos (sin que me lo permitieran) por el fino teclado por donde las manos de don Diego, las de Isolda (+1967), las tuyas, las de Harold Martina, las de Blanca Uribe…  acariciaron las notas más sublimes. Ahí, a la derecha y a la izquierda del piano, unas extraordinarias y exóticas tallas de Beethoven, y muy cerca del teclado la pulida estatua de Mozart…


Pero… hoy ese piano no está en el salón de música, lo tienen en un cuarto contiguo al auditorio, para dar clases, y  rara vez un concierto con verdaderos artistas… ¡quien sea el depositario del Museo El Castillo, ignora lo que es y para qué sirve realmente un piano de cola!


Ahí, a pocos pasos está el salón comedor, en donde nos esperaba la suntuosa cena después del concierto; otra vez vi la elegancia y finura de cubiertos y vajillas, la cristalería; las tres copas verdes para el vino de don Diego, doña Dita e Isolda; la profusa colección de cucharitas; pero todo está hoy encerrado en vitrinas; pocas cosas quedan por fuera.


¡Otra añoranza!, maestro Chaves, hoy la entrada a El Castillo no es por la amplia puerta claveteada y bien tallada, la puerta principal. Hay que entrar con tiquete en mano por el lado izquierdo, por una oficinita en donde prohíben llevar bolsos, tomar fotos, usar celulares… Damos la vuelta y estamos por la parte de atrás de la entrada principal y otra vez, como ayer, los enormes óleos de Bolívar y Santander custodian una hermosa puerta que siempre está cerrada.


Y una ilusión frustrada, maestro Chaves: no estaba el carro de don Diego, la elegante limusina. El ocho de agosto de 2010, la prensa escrita contó la historia de ese lujoso carro que estuvo perdido durante treinta años; lo restauraron, le pusieron las piezas originales y desfiló por las calles de Medellín con los demás autos antiguos. Agregaba el periodista que la limusina sería llevada a El Castillo y guardada en una urna de cristal. ¡Pues, no la han llevado!  Y al preguntar por ella, nadie sabe dar razón.


En el segundo piso de este único Castillo, al final de la escalera, están los cuartos de Isolda niña, de Isolda joven, el de don Diego y el de doña Dita. Decorados europeos, camas con dosel traídas de Francia, retratos familiares que muestran la juventud y belleza y luego la edad madura de sus dueños.


Damos la vuelta y ¡la biblioteca! Miles de libros en vitrinas de grandes vidrieras, en un alto porcentaje escritos en alemán, italiano, francés; muy pocos en español. Don Diego estudió y se formó en Europa donde conoció a doña Benedicta. Por sobre las estanterías y casi pegados al techo, como antaño, los óleos de los grandes maestros de la música barroca: Mozart, tu gran amor y el de don Diego, ¿recuerdas cuántas horas pasaban ustedes dos hablando de Mozart en esa biblioteca?, y más allá Schubert, Bach, Beethoven, Liszt, Brahms, Verdi, Wagner…


¿Recuerdas, maestro, que mientras Humberto Echavarría defendía la grandeza de Wagner, tú y don Diego enaltecían la musicalidad y armonía de Mozart? Y… conversar con doña Dita de literatura, su devoción, era un alelamiento incomparable.


El salón francés, el de los gobelinos,  los espejos, las lámparas, las esculturas… todo está como hace cincuenta y cinco años.


Han remodelado muchos espacios, como los baños personales de los dueños de casa; La Tarantela, que fuera la casa de muñecas de Isolda, es hoy un saloncito de café y a la vez tienda; los jardines también han sido diseñados de nuevo; por ejemplo, el hermoso rosal a la entrada de la puerta principal tuvo que dar cabida a unos senderos peatonales y a otro tipo de jardines y flores; quedan pocas rosas (de todos los tamaños y colores) de las que don Diego cultivaba personalmente. Y los árboles de caucho, cuya primera semilla trajo al país don Diego, han ido desapareciendo, sólo vi dos; y ¡los añosos y monumentales  cipreses que aún hacen calle de honor para entrar a El Castillo!….


Y al salir del Castillo, el sol es ardiente y me hace recordar al poeta Neruda: “A veces, como una moneda, se encendía un pedazo de sol entre mis manos”.


Y el paisaje se aquieta y los recuerdos se remansan y las imágenes interiores me traen afanosamente a casa para escribir estas líneas “in memoriam” de ti, maestro Chaves, del gentil señor Echavarría, de su bella e inteligente hija y de su cultísima esposa.