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縀n los zapatos del otro?
11 de Junio de 2014


Soy motociclista. Conducir una motocicleta en una ciudad de alto tr醘ico es una curiosa manera de diagnosticar la calidad de las relaciones humanas y de la convivencia.

Edwin David Tamayo Martinez


edwindavidtamayo@gmail.com


Soy motociclista. Conducir una motocicleta en una ciudad de alto tráfico es una curiosa manera de diagnosticar la calidad de las relaciones humanas y de la convivencia. Además, si se cuenta con un poco de autocrítica, puede uno reconocerse en ese diagnóstico. Camino a casa, se me ocurrió durante uno de esos monólogos internos en los que se reitera un pensamiento, no se encuentra con quien hacerlo porque se está solo o no se atreve uno a decirlo a quien corresponde: insulto acá para el señor conductor de bus que frenó inesperadamente en mitad de la calle; insulto allá para el jovencito de automóvil nuevo que me echó el carro encima sin percatarse; mirada insultante acullá para el aburrido taxista que pitó, como si el estridente pito pudiera desvanecer el embotellamiento.


Luego, como si se materializara de la brisa, apareció un habitante de la calle que sostenía con dificultad sus pantalones con una mano, no tenía camisa y no parecía percibir que estaba en mitad de la avenida; apenas pude esquivarle y reiteré en mi pensamiento todos los insultos del día. Repentinamente me sentí en su misma condición, no porque tuviera hambre o frío, ni porque no tuviera dónde llegar esta noche; me reconocí con él en nuestra condición de humanos.


Entonces pensé en casuales situaciones en las que pité al primero del semáforo para que arrancara porque yo iba retrasado o en las que obligué a frenar en su carril a conductores desapercibidos o en las que fui injuriado por un conductor de bus porque frenaba inesperadamente mi motocicleta. Me pregunté, como pretendiendo aclarar una reflexión del día, ¿qué significa ponerse en los zapatos del otro? Pensé que lo obvio es que no se trata ni de una mediana literalidad, porque el lugar del otro resultará incomprensible o insuficientemente sensible o afectable para nosotros. Los zapatos del otro nunca tallarían de la misma forma en nuestros pies y difícilmente podría experimentar la realidad de aquel hombre que casi atropello, del afanado taxista o del conductor de bus. Estar en sus zapatos, suponiendo que fuera posible, parece justificar más bien la posibilidad de tolerar al otro o que seamos tolerados. 


En un artículo que leí hace poco se citaba a Humberto Maturana Romesín, quien sostiene que tolerar es negar prolongadamente al otro y que la convivencia se da cuando existe una aceptación legítima de los demás, cuando se evita pensarse a uno mismo como poseedor privilegiado de la verdad, ubicando las opiniones diferentes en el error. Entonces comprendí que “los zapatos del otro” implica más bien reconocerse en nuestra condición humana.


Seguiré transitando en las violentas avenidas de esta ciudad mientras olvido ocasionalmente esta reflexión en medio de mis repentinos y ofensivos pensamientos. Pero escribir me da la esperanza de apropiarme algún día de esta reflexión para situaciones que, ya no sólo como motociclista, requieren la tarea necesaria de convivir con los demás.