Columnistas

Entre libros y suplementos de vieja data
Autor: Abelardo Ospina López
10 de Junio de 2014


Por pueblos antioqueños, hemos viajado muchas veces y como amigos recalcitrantes de la cultura, bibliotecas y periódicos han estado ante nuestros ojos para detallar y leer y reflexionar variados comportamientos…

Por pueblos antioqueños, hemos viajado muchas veces y como amigos recalcitrantes de la cultura, bibliotecas y periódicos han estado ante nuestros ojos para detallar y leer y reflexionar variados comportamientos… Según nuestras giras, en términos genéricos, las bibliotecas públicas vienen estando poco visitadas, pues hay cierta pereza por leer, investigar y acrecentar un poco la individual cultura. Son pocas, desgraciadamente, las personas interesadas en tomar afecto a los libros y en cofradías lugareñas o domésticas, “charlar” sobre temas de interés nacional o internacional, citar libros o poemas de nuestros escritores y poetas, que hemos tenido de primer orden intelectual…


Razón tuvo el paisano Alfonso Mora Naranjo, por allá en 1950 (Suplemento de El Colombiano), cuando escribió que “El libro es fuerte eslabón entre el hombre y el hogar. Nos aleja de los sitios de perdición y robustece los vínculos con la familia y la sociedad, al capacitarnos para ser hombres útiles. Jamás acompaña al hombre al prostíbulo, a la cantina, al garito. Nos distrae y al mismo tiempo, nos enseña. Es el gran amigo, pero amigo que para aconsejarnos, prefiere estar solo con nosotros. Es el más fiel y constante de  los compañeros. Dócil para dejarse llevar, fuerte para sostener  sus puntos de vista, cuando de enseñarnos, se trata”. Y agregaba: “Innegable importancia social y educativa, tienen las bibliotecas populares. Constituyen un verdadero “templo de las luces”, porque son centros eficientes que irradian luz hacia todos los cerebros. Son emporios del saber que dan al pueblo el alimento que nutre sus inquietudes y abre los causes del manantial luminoso de la cultura, en la cual se basa la libertad de una nación.”


Y Pedro Gómez Valderrama, en Suplemento Literario de El Tiempo, de 1 de Abril/1951, estampó sobre la novela Nada, de Carmen Laforet publicada en España, en 1945, al ser escogida para el premio Nadal. La autora  “nos entra de lleno en su mundo. En un mundo amargo, vivido después de la guerra civil, sobre la cual no median sino leves alusiones, pero cuyos efectos se  sienten pavorosamente sobre las vidas y el espíritu de las gentes que se mueren en el reducido escenario del piso Aribau. En este ambiente amargo no queda lugar para los sueños ni para esperar. Todo quedó atrás. Y nos lo dice, con una dura y desolada elocuencia, casi viril a veces, esta nueva voz española, llena de acentos sobrios y precisos, secos pero ricos en humanidad, del norte de la península.”


Ha escrito Dora Castellanos, este poema (“Doncella”) que no resistimos las ganas de transcribir: “Es tu cuerpo de fina arquitectura/delgado y frágil como un tallo leve;/ ondula al caminar rítmico y breve/ el anillo gentil de la cintura./ A su boca de miel-fruta madura-/ se acerca el beso, pero no se atreve,/ ni su carne impasible se conmueve/al don de la magnífica locura./Pero el Amor acecha a la doncella./Tendrá en el corazón fuego encendido/y le sabrá el temblor a cada estrella./Su levedad de tallo se hará fuerte/y un hijo tierno llevará escondido/en lucha con la Vida y con la Muerte”.


Loados sean libros, literatos y poetas.