Columnistas

Sin soluci髇 a la vista
Autor: Sergio De La Torre
8 de Junio de 2014


Ya lo dijimos: no hubo, entre los gobiernos vecinos o lejanos, condena alguna a la sangrienta, met骴ica represi髇 policial contra los estudiantes inermes.

Ya lo dijimos: no hubo, entre los gobiernos vecinos o lejanos, condena alguna a la sangrienta, metódica represión policial contra los estudiantes inermes. Con todo y que las brigadas actuaban a cielo abierto y en presencia de camarógrafos. Y reforzadas, sin tapujos, por paramilitares motorizados que de manera rápida y fulminante arremetían contra la multitud, para desaparecer luego, dejando siempre un cadáver en el piso. Como si todo aquello estuviera calculado por expertos venidos de afuera, duchos en el manejo de la protesta callejera, con vistas a sembrar el miedo, escarmentar y disuadir a los contrarios. 


Todos los presidentes latinoamericanos, y con ellos la OEA, guardaron y guardan silencio frente a tales desmanes. Y Unasur, organismo al servicio de Caracas, obviamente no los censura y se presta al juego de unas conversaciones calculadas para inmovilizar a la oposición y acabar de dividirla. Ella de tiempo atrás viene desdoblada en dos vertientes bien delineadas: la blanda y la dura. La primera representada por Capriles, quien, muy consciente de que le habían rapado la elección presidencial, prohibió a sus copartidarios salir a la calle a quejarse y reclamar. Y en la actual coyuntura, crucial y decisiva, desaconseja, como era de preverse, la presencia indignada aunque pacífica de los jóvenes en la plaza pública. Presencia que es apenas fermento del citado fraude comicial, abonado por un creciente malestar social. En política, en circunstancias de crisis el exceso de prudencia resulta tan dañino como el exceso de temeridad. No es extraño entonces que el medroso, cojitranco excandidato, que ha dado tales muestras de debilidad, haya sido desbancado por líderes como Leopoldo López y María Corina, que sin caer en extremismos y vanas calenturas, no dejan escapar las oportunidades de lucir, en lugar de esconderlos, la fuerza y el vigor de una oposición que agrupa, cuando menos, la mitad del país.


Y hablando del Ejército, no olvidemos que desde las guerras de independencia latinoamericanas que le dieron origen, y que supo librar y ganar, éste ha jugado un papel peculiar: el de guardián o custodio de la república y sus instituciones, con esporádicas e incómodas pausas, forzadas por las circunstancias, según fuera el país afectado. Pues dependiendo formalmente del Ejecutivo, la Fuerza Armada a veces rompe su silencio, se torna deliberante y obra como un poder aparte o instancia superior, a que se acude en casos de emergencia, para llenar un vacío de autoridad o para conjurar un peligro que amenaza el orden político y social. O para prevenir desbordamientos y usurpaciones, como la reelección repetida que lleva al absolutismo, y para evitar también delirios mesiánicos o azarosas aventuras en el gobernante de turno. O para reafirmar, como ya es usual en el subcontinente, las alianzas internacionales vigentes, verbigracia con USA, cuando corren peligro de romperse por cuenta del recurrente, proverbial “nacionalismo” , siempre demagógico, emocional , impracticable , como lo demuestra la triste y larga experiencia latinoamericana de marchas, abdicaciones, contramarchas y traiciones. También a ratos se interpone el ejército para frenar el abuso desmadrado, irracional contra la ciudadanía, como en el “Caracazo” de hace 2 décadas, que a la larga dio lugar al motín fallido de un tal coronel Chávez contra Carlos Andrés Pérez. Por paradójico e irónico que suene, el chavismo que hoy encarna Maduro nació en ese intento malogrado de golpe de Estado, contra el cual Maduro ahora previene y alerta tanto, olvidando que el único cuartelazo que ha tenido su país desde la satrapía de Pérez Jiménez en los años cincuenta fue aquel que protagonizó su mentor y maestro.


Ahora bien, el ejército venezolano en ésta crisis no se ha movido, que se sepa. La presencia de asesores cubanos en labores que, siendo de su resorte, nunca, ni en Venezuela ni en parte alguna, se le delegan a extranjeros, debe fastidiarlo sobremanera, si bien no lo denota. Las cargas, golpizas y demás atropellos de la policía, el asesinato intencional de manifestantes desarmados, cometido por paramilitares (esos sí fascistas) auspiciados por el gobierno, deben haber tocado su sensibilidad y lastimado su orgullo. No debe ser fácil para la alta oficialidad aguantarse tamaña inmundicia mientras se invoca a Bolívar, paradigma del honor militar. Hablo de la inmundicia personificada en un rufián como Dios dado que, tras haber colgado el uniforme, hoy hace de presidente del Congreso, al que confunde con una guarnición y maneja a las patadas.


El panorama es pues desolador para Venezuela. A una oposición que está siendo sistemáticamente masacrada, del exterior no le llega ninguna solidaridad seria y valedera, es decir, ofrecida por las cancillerías o los parlamentos. Y en cuanto al Ejército (con el congreso y las cortes cooptados por Maduro), podría ser el protagonista de una reacción interna que metiera en cintura al dictador, pero sigue pesando el hecho de que el chavismo lo tiene sobornado con altísimos sueldos y jugosas canonjías. Fisuras sí hay, pero la Fuerza Pública, donde reside la postrera esperanza de cambio, en lo básico sigue siendo un cuerpo hermético, compacto y disciplinado.