Columnistas

Un premio literario que no acaba de convencer
7 de Junio de 2014


No era ella sola, la princesa; eran los tres, unos príncipes.

No era ella  sola, la princesa; eran los tres, unos príncipes.


Príncipes de la cordialidad, de las buenas maneras, de la hospitalidad, de la conversación amena y atractiva, por los temas que con tanta naturalidad se trataban; y, por sobre todo, príncipes de la cultura, de lo que antes se entendía por “cultura” (desarrollo artístico, literario, científico, etc.)


El libro El mundo de afuera  (Jorge Franco)  -Premio Alfaguara, 2014 - está tejido sobre dos hilos conductores: la fantasía y la truculencia, que son los alimentadores del suspenso vivido por el lector, hasta el final. Digo mal, después de leer el libro, continúa el suspenso hasta para aquellos que recordamos el final trágico de don Diego y para todos quienes no son de aquella época y desconocen la vida y la entrega a la cultura de don Diego Echavarría, de doña Dita y de Isolda.


Por consiguiente, son dos planos en los cuales se desenvuelve el relato colmado de truculencias, morbosas la mayoría, y de fantasías imprecisas que nada explican, que nada embellecen; a veces, aparece una pisca de lirismo en la obra, pero no es sostenible. Hay invenciones acerca de la vida privada  de los tres personajes, y ningún testimonio de su vida entregada a fomentar la cultura, especialmente la musical, en Medellín, y a formar artistas de verdad; y, si  no, habría que preguntarles a la gran soprano Lía Montoya, a la pianista Aída Fernández, entre otros muchos otros artistas a quienes don Diego costeó sus estudios en el exterior.


Y, ¿qué de las bibliotecas y centros culturales y colegios e instituciones de servicio, creados por tan inolvidables príncipes? Y, ¿qué de la brillante inteligencia y logros alcanzados, tanto académicamente como en las relaciones sociales de Isolda en todos sus años – hasta graduarse como bachiller – en el Colegio Villa Lestonac de las Monjas de la Enseñanza, sector El Poblado?


Las verdades en la obra son medias verdades y pocas y, creo, muy escogidas según las conveniencias y la intención del autor del libro. Parece que solo importaron los tres personajes para crear sensacionalismo y demostrar un poco de desagrado contra las clases cultas de esa época que tenían casta, dignidad y dinero….


Y el oscuro y tenebroso mundo del hampa, ¡ese sí que está bien re-creado, bien representado!  licor, sexo, hurtos, prepotencia, traiciones, prostitución, vidas inocentes que ayudan al mal, triquiñuelas, equivocados amores manejados de manera ordinaria y vulgar y un lenguaje muy apropiado que realza la caracterización de un mundo y de unos personajes que, en ese entonces, empezaban a llevar a Medellín al desastre moral y social.


Yo tuve el privilegio de asistir con mi esposo músico, el maestro Luis Eduardo Chaves, a las cenas musicales a las que los príncipes de El Castillo invitaban, de manera generosa y discreta; personas que en ese entonces (1954 a 1960) eran artistas o amaban el arte. ¡Qué veladas culturales! Conciertos de los pianistas Blanca Uribe y Harold Martina, de la Coral del Instituto de Bellas Artes, acabada de fundar por el maestro Luis Eduardo Chaves, de la soprano Lía Montoya interpretando baladas alemanas que tanto le gustaban a don Diego, el mismo género musical que él recomendó al maestro Chaves para que encaminara a Lía Montoya en sus primeros pasos como soprano; con la interpretación de esas páginas musicales, Lía alcanzó muchos triunfos en Alemania, cuando el señor Echavarría la envió allí, a estructurarse como cantante. 


En Medellín, en el Teatro Junín, ella cantó la ópera Madame Butterfly, y allí estuvieron don Diego y su familia, rindiendo sus aplausos. Era  la primera ópera que se presentaba en esta ciudad (década del 50 al 60), dirigida y organizada por los maestros Luis Eduardo Chaves y Pietro Mascheroni, con la Orquesta Sinfónica de Antioquia, cuyo director era el maestro Joseph Maza. 


Muchos años después, Lía cantaría esta misma ópera en Alemania (en donde está radicada porque allí formó su familia), más de veinte veces, según los recortes de prensa.


Isolda solo se fue a estudiar diplomacia a EEUU cuando se graduó como bachiller en Villa Lestonac, y no a los quince años. 


Si como se dice que esta cuasi-historia es una novela, y que como tal no tiene que ceñirse a la verdad, ni a la realidad, supongo que el autor debió cambiar los nombres, porque si su libro es ficción, los personajes también deben serlo.  O, ¿cuál fue la intención para conservar los nombres de pila?


Por todo lo anterior, aplaudo la determinación de Marta Ligia Jaramillo, ella misma alumna del Colegio de La Enseñanza, de no prestar el Castillo como escenario de  presentación de ficciones como esta.