Columnistas

M醩 cerca de Brasil
Autor: Manuel Manrique Castro
4 de Junio de 2014


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La Copa del Mundo se aproxima entre protestas sociales cuyo alcance y duración futura aún se desconoce,  mientras buena parte del sentimiento brasileño se divide entre la simpatía por los reclamantes  y una suerte de vergüenza ajena tanto porque aún falta terminar la costosísima infraestructura prometida,  como por el temor de que las protestas empañen la fiesta futbolística.   


El hecho es que el mundo y desde luego  Colombia,  tienen los ojos puestos en Brasil que recibirá, 64 años después del triste mundial de 1950, a las 32 selecciones clasificadas para este 2014, siete de las cuales latinoamericanas  y en cuyos países la radio y la televisión ensayan tímidamente  el portugués  como una forma de acercarse más al país anfitrión;  cuentan su historia y hablan de sus atractivos turísticos como si se tratara de un país por descubrir.   


Brasil y América Latina han sido históricamente vecinos distantes, como diría Alan Riding refiriéndose a las relaciones entre México y los Estados Unidos,  hasta los últimos 25  años  cuando empezaron las aproximaciones significativas  puestas en marcha por medio del Mercosur y recientemente de Unasur, de hecho, una iniciativa promovida por Itamaraty. 


Han sido los gobiernos de Fernando Henrique Cardoso, exiliado en Chile durante la dictadura militar  y de Lula da Silva y Dilma Rousseff, cercanos a Venezuela y Argentina,   en los últimos 12 años, quienes impulsaron más esa cercanía


Sin embargo, venimos de una larga historia de distanciamiento originada en experiencias coloniales  distintas y luchas independentistas  radicalmente diferentes.  En Brasil no hubo guerras sangrientas ni encono y sí, por el contrario, simpatía y tolerancia frente al poder imperial portugués  que se trasladó de Lisboa a Rio de Janeiro tras la invasión napoleónica a su territorio.   


Mientras la corona portuguesa y, posteriormente, los gobernantes nacionales, mantuvieron la unidad de su territorio continental,  el área conquistada por los españoles  se subdividió bajo la influencia de los caudillos militares y dio lugar a la composición diversa  -y con frecuencia contradictoria- de los países que somos hoy.  


El siglo XX tampoco nos acercó y la distancia se hizo mayor durante el predominio militar de los 60 bajo la doctrina de la seguridad nacional, tan apreciada por las dictaduras de la época.  Sólo el retorno del Brasil a la democracia en 1984 y el florecimiento de un país con amplias libertades,  estimuló las condiciones para el encuentro entre estos lados de nuestra América. 


La Copa del Mundo es la oportunidad para disfrutar del futbol y también, gracias a la atención privilegiada que Brasil recibirá durante el certamen,  para multiplicar la convicción a favor de construir esa cercanía. No sólo como un hecho político, responsabilidad de gobernantes  que aún tienen bastante por hacer,  sino como una dedicada tarea de organizaciones civiles,  empresariales, instituciones educativas  y, en especial,  de ciudadanos de cada lado  que tienen mucho por descubrir y compartir.  Que el mundial no sólo sirva para ver futbol sino también para ver al Brasil. 


El terreno de aprendizajes mutuos es grande y nutrido. Mucho tenemos que aprender de ellos y los brasileños de nosotros.  Sus políticas de niñez y adolescencia, para mencionar un caso, son fuente indispensable de referencia para nosotros hispano hablantes. 


Hice estas reflexiones de la mano de tres queridos brasileños  que hace años ilusionan esta cercanía y contribuyen a que se haga realidad: Leila Lima, Jair Grava y Cenise Monte Vicente. Como ellos muchos otros quisieran que el aire fresco de esta aproximación creciera en todos los terrenos.   La Copa del Mundo terminará a mediados de julio, ojalá sin mayores traumas, pero a nosotros nos sigue tocando ser constructores de los mil puentes que aún nos falta tender.