Columnistas


En defensa de la vida ciudadana
Autor: Dario Ruiz Gómez
2 de Junio de 2014


Vivimos en la ciudad y lo que llamamos grupos sociales pensantes parecen carecer de una visión crítica de la situación que hoy se vive en ella ¿En qué ciudad viven los médicos, los negociantes, los empresarios, los sindicalistas, los arquitectos?.

Vivimos en la ciudad y lo que llamamos grupos sociales pensantes parecen carecer de una visión crítica de la situación que hoy se vive en ella ¿En qué ciudad viven los médicos, los negociantes, los empresarios, los sindicalistas, los arquitectos? Lo que me emociona es descubrir la presencia de distintas asociaciones de vecinos capaces de detectar las verdaderas problemáticas ya que las están padeciendo directamente y que cuentan hoy con una fundamentada argumentación jurídica para defenderse, caso del grupo de vecinos de El Poblado, de la 33, de Envigado, Buenos Aires y en general de toda la ciudad. Y lo que he podido verificar es el divorcio total que con estas asociaciones tiene el Concejo de Medellín por no decir la Oficina de Planeación. Lo que debería ser para el Concejal y para el funcionario una fuente de referencias permanente de lo que sucede en la ciudad, casi siempre es mirado con desdén y como algo que no merece ser tenido en cuenta al tomar las grandes decisiones sobre la marcha de la ciudad. ¿Qué es entonces la participación ciudadana?


El alto funcionario de las empresas dedicadas a la construcción, ante la justa protesta de un grupo de vecinos que reclama preservar las aguas, los bosques, un plan urbanístico previo a la colocación caprichosa de unas grandes torres sin los retiros debidos, responde con la falacia de que protestar por esto es atentar contra miles de empleos, cuando lo que se reclama son normas urbanísticas de imperioso cumplimiento en cualquier ciudad civilizada. ¿Arrasar un sector de vecinos que vive en edificios de cinco y diez pisos desde hace años y ha consolidado un tejido social con restaurantes, negocios para sin previos estudios levantar torres de cincuenta pisos calificado pomposamente como “Centro Financiero” en un momento en que el capital financiero está precisamente, en crisis, puede tener lógica? Hay un Nueva York que hace del rascacielos un aporte a la arquitectura pero desde un sabio urbanismo, desde una normatividad que señala escala, ventilación, defensa del medio ambiente y hay un Nueva York como señala Marshall Berman que en manos del capital financiero desbocado comienzó a destruir los barrios, a desconectar las centralidades. Es el momento en que se descubre, el valor equilibrante, de los viejos barrios y calles, salvándolos de la agresión de los especuladores.


El colectivo de vecinos que exige la erradicación de la llamada “Rumba segura” se extiende hoy a todos los barrios de donde fue desterrada la convivencia social por la inseguridad, los viciosos, la delincuencia. La Secretaría de Salud debería estar al frente de la defensa de la salud mental de los niños y adultos que no duermen, que sufren de tics nerviosos. Pero las tutelas que ganan estos vecinos son letra muerta para los funcionarios. Aquí el concepto de “uso mixto” ha servido para que  negociantes inescrupulosos invadan y destruyan la verdadera vida de los barrios. ¿Qué es un POT? Nadie se opone a la nueva ciudad, a los nuevos barrios, al aumento de la mano de obra en la construcción pero lo que se pide es calidad arquitectónica y urbanística como premisa de la calidad de vida que debe tener como objetivo primordial un POT. La ciudad ideal no es la que proponen los arquitectos, los funcionarios, los constructores: la ciudad con la cual sueña cada ciudadano es la del bien común por encima de ciertos intereses particulares dominados por el mero afán de lucro, la de la vida de las calles y los espacios públicos, la ciudad de los niños y de los adultos, la de la alegría y no la de la rumba comercial, la de un transporte humano, la del derecho consagrado al reposo, la ciudad peatonal.