Columnistas


La negociación de paz y la Paz
Autor: Luis Fernando Múnera López
2 de Junio de 2014


Al escribir Paz con P parece que me tomase una licencia ortográfica. Sin embargo, recurro a la Academia, la cual dice que una palabra inicia con mayúscula si por antonomasia adquiere el valor de referente importante.

Al escribir Paz con P parece que me tomase una licencia ortográfica. Sin embargo, recurro a la Academia, la cual dice que una palabra inicia con mayúscula si por antonomasia adquiere el valor de referente importante.


Entre los manejos sucios que acabamos de sufrir en la primera vuelta de las elecciones presidenciales se cuenta el manoseo irrespetuoso de la paz, utilizándola como arma para atacar o para defender las tesis de uno u otro candidato, sin que los electores pudiéramos discernir con claridad el alcance de lo que nos proponían. Tal confusión incrementó la polarización y tuvo el efecto contrario a la Paz, el exacerbamiento.


La Paz, entendida no como la ausencia de conflicto sino como un estado de convivencia basada en el respeto y en la equidad, es condición indispensable para toda sociedad que se considere sana o que pretenda serlo. Mientras existan injusticia y corrupción, la vida estará lejos de esa Paz.


Hecha esta claridad e invocando la voluntad de Colombia en la búsqueda sincera de ese bien supremo, paso a hacer una breve reflexión sobre los diálogos de La Habana. Reitero que estoy de acuerdo con ellos pues los considero necesarios en las condiciones actuales y porque opino que están bien orientados en su formulación y en su desarrollo.


Me gustan los seis puntos de la agenda de negociación y me anima que ya se hayan firmado tres de ellos con acuerdos en asuntos fundamentales. Considero adecuado el principio según el cual: nada está negociado hasta que todo esté negociado y lo apruebe el pueblo colombiano de forma soberana. 


¿Qué dudas hay? La falta de conocimiento de los detalles de la negociación genera desconfianza. Hay quienes irresponsablemente se han dedicado a difundir la calumnia de que los pactos constituyen una entrega total del derecho y hasta de la soberanía del Estado a favor de la guerrilla. Esa idea ha rodado y se ha vuelto “verdad” para muchos, aunque nada demuestre que sea cierta.


Sin duda en la negociación ha faltado pedagogía. Sin violar la necesaria reserva,  hace falta una explicación didáctica sobre los pasos que se van dando. De lo contrario, es difícil generar y mantener la confianza de los ciudadanos en el proceso. Habrá quienes tengan intereses en que la guerra continúe, que jamás aceptarán razones, pero ese es otro problema.


Otra debilidad grande del proceso de negociación ha sido la incoherencia entre el discurso y las actuaciones de las dos partes. No se entiende, por ejemplo, que el Gobierno Nacional, después de haber firmado en el primer punto de la agenda una serie de iniciativas relacionadas con el mejoramiento del campo, no haya sido coherente en su aplicación inmediata y por el contrario haya dado pie a las protestas de los campesinos que han desembocado en dos paros agrarios sumamente costosos para el país. 


Y a la guerrilla no se le perdona, con razón, que hable de paz y continúe cometiendo crímenes atroces contra personas y comunidades, y atentados contra la infraestructura nacional. Sin duda ha sido un grave error político tanto de sus dirigentes como de los frentes, porque han exacerbado la malquerencia justificada del pueblo contra ellos. 


Me parece irresponsable decir que como existen dudas lo mejor es terminar la negociación y buscar otro camino. Si existen dudas hay que aclararlas, no recurrir a la opción de borrón de lo actuado y comenzar de nuevo, pues el costo sería muy alto en términos de confianza, de imagen y de tiempo, tres valores muy importantes. Y más inaceptable resultaría la propuesta de otros de continuar la guerra hasta el aniquilamiento total.


Lo ideal es serenar los ánimos, corregir lo necesario y completar la negociación de La Habana. Solamente en ese momento podrá empezar la construcción de la paz con la guerrilla.


Apostilla. La paz no le pertenece al presidente Santos, pero a él le cabe el gran mérito de haber asumido el costo político de la negociación.