Columnistas

Democracia sin pueblo y sin futuro
Autor: Jorge Alberto Velásquez Betancur
29 de Mayo de 2014


Con una abstención un poco superior al 60 por ciento no puede decirse que en las elecciones del domingo 25 de mayo de 2014 ganó la democracia.

Con una abstención un poco superior al 60 por ciento no puede decirse que en las elecciones del domingo 25 de mayo de 2014 ganó la democracia. En Colombia, la democracia está gravemente herida y la gente no cree en los partidos porque los partidos no hacen nada para ganarse la confianza y los afectos de los ciudadanos. Por el contrario, cada vez hacen más para alejar a la gente, quizás porque a los políticos profesionales que gobiernan el país solo les interesa hacerse elegir con los votos cautivos de sus clientelas electorales, sin pensar en el futuro de las instituciones. Esa es la gran conclusión de lo ocurrido el domingo.


La democracia representativa sufre una crisis de confianza y de resultados, como reflejo de la desmotivación de los ciudadanos, lo cual se palpa en la disminución de los índices de participación en los certámenes electorales.


En Colombia, el abstencionismo es el común denominador en los procesos electorales, lo que muestra el divorcio entre la política y la ciudadanía, como evidencia de una fractura notoria en la estructura social. La ciudadanía política se entiende como capacidad de participación, según lo señala la profesora Adela Cortina en la obra “Ciudadanos del mundo”, quien destaca la importancia de que el individuo ejerza la ciudadanía plena: “un concepto pleno de ciudadanía integra un status legal (un conjunto de derechos), un status moral (un conjunto de responsabilidades), y también una identidad, por la que una persona se sabe y se siente perteneciente a una sociedad” (Cortina, 2005: 177).


Para sustentar estas afirmaciones son ilustrativos los siguientes ejemplos:


En las elecciones regionales de octubre de 2007, para elegir gobernadores, alcaldes, asambleas, concejos y juntas administradoras locales, votaron 15 millones de ciudadanos, de 27 millones habilitados en el censo electoral, con una participación del 55.55 por ciento.


En las elecciones presidenciales, los votos obtenidos por el candidato ganador no son mayores al número de abstencionistas. Por ejemplo, en las elecciones presidenciales de 2002, la participación electoral fue del 46.47 por ciento; en las presidenciales de 2006, la participación fue del 45.05 por ciento; en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de 2010 la participación ascendió al 49.27 por ciento y en la segunda y definitiva ronda en el 2010 la participación fue del 44.32 por ciento, según datos de la Registraduría Nacional del Estado Civil, la entidad ejecutora de los comicios en Colombia. 


El abstencionismo es una reacción de apatía de la gente ante la desconfianza hacia los políticos y las instituciones públicas. Quienes se abstienen no creen en el sistema o dudan de la capacidad de este para resolver sus problemas inmediatos y, en muchos casos, les parece alejado de sus verdaderas necesidades.


Colombia es el país con más alto índice de abstención electoral en América Latina. Mientras el promedio continental es del 25 por ciento, en Colombia la abstención promedio es del 45%. En la mayoría de países de América Latina el voto es obligatorio (Argentina, Venezuela, Perú, Ecuador, Chile, Bolivia, Brasil, Uruguay y Paraguay). En Colombia es libre, pero muestra los menores niveles de participación del continente.


También es cierto que Colombia es el único país de la región que presenta un conflicto armado, donde los grupos al margen de la ley (guerrilla y paramilitarismo) ejercen presión sobre los ciudadanos, en las actuaciones de su vida cotidiana y en sus decisiones políticas, lo que los convierte en árbitros de las decisiones electorales. 


En una sociedad cada vez más compleja y diversa, como la actual, la consolidación de la democracia está condicionada por múltiples factores, entre los cuales sobresalen las estrategias que faciliten la participación y amplíen el espacio para la toma de decisiones sobre lo público. La participación es un derecho ciudadano y una responsabilidad social, la cual se materializa en el voto, en la deliberación pública, en la organización social, en la gestión de lo público y en el control ciudadano de lo público. La democracia requiere de la participación. La consolidación de la democracia avanza paralelamente con el fortalecimiento de la participación como expresión de la voluntad soberana del pueblo y como ejercicio de un derecho fundamental de los ciudadanos, pero este cada vez se ejerce por menos personas por que no todos se sienten miembros del Estado ni responsable de su suerte.


La indiferencia es una reacción ante los vicios de la política y la poca voluntad existente para cambiar el actual estado de cosas. La indiferencia ciudadana les sirve a los políticos que con pocos votos alcanzan su objetivo de perpetuarse en el poder, pero no le sirve en el mediano y largo plazo a la democracia, cada vez más amenazada. 


En estas condiciones, la participación no es una opción sino una obligación para ampliar la calidad de la vida democrática y mejorar sus resultados, para usar los términos de David Held (2006: 340). ¿Será mucho pedir en un Estado fallido como el colombiano?