Columnistas


La hora de la verdad
Autor: Sergio De La Torre
25 de Mayo de 2014


En la elección de hoy, al menos en lo que a mí respecta, lo que cuenta no es el candidato sino la política que encarne.

En la elección de hoy, al menos en lo que a mí respecta,  lo que cuenta no es el candidato sino la política que encarne. Parto de la base de que todos los que  están en  liza son buenos: todos tienen los mínimos requeridos en cuanto a probidad y aptitud. Ninguno podría ser tachado de ímprobo, tortuoso o sospechoso siquiera  en el manejo de bienes y recursos públicos, cuando le correspondió administrarlos. Todos han pasado  por el gobierno, en cualquiera de sus niveles, sin haber sido cuestionados.  En cuanto a entrenamiento, experiencia o versación se refiere, tampoco  cabría  descalificar a  nadie. Si al compararlos, hipotéticamente,  con sus homólogos, ganadores o perdedores, de países vecinos o cercanos, resultaren algunos igualando a los nuestros, sería porque allá, en su entorno, son unas raras  lumbreras.


El escogido  hace poco  en Venezuela, por ejemplo,  de grande o superior no tiene sino  el empaque. Toda  su estatura es  orgánica: los dos metros que le conocemos. Tanto más notoria cuanto que le falta la otra, la  intelectual. Al pobre hay que sentarlo para que quepa en la pantalla del televisor. Cada que habla  desacredita al  gremio de camioneros de donde procede  y que no merece el castigo de semejante espécimen  exhibido  en público. Otros candidatos, incluso victoriosos, de   reciente  aparición  en el subcontinente, sobraría citarlos. El lector fácilmente podrá  representárselos  al leer estas líneas. A duras penas compiten con un alcalde  colombiano de municipio menor.  Difícil sería aplicarle s hasta el Principio de Peters, aquel tratadista norteamericano  según el cual  todo hombre que ocupe un cierto rango en la sociedad, tarde o temprano alcanza su nivel de incompetencia. Y no siempre por razones de edad, agregaríamos nosotros.


Entre los mandatarios en ejercicio Maduro no es el único en sobresalir  por sus carencias. Otros también brillan por la rampante impericia, como doña Cristina, que quebró a la Argentina siguiendo los pasos de su benefactor Chávez. O Evo, cuyo caso es sencillamente conmovedor: más valdría esconderlo, para que sus sandeces no sigan abochornando a su pueblo. No se piense que esta enumeración tiene sello ideológico, por compartir todos la misma filiación. El ecuatoriano Correa también pertenece al club y todo el mundo reconoce sus   calidades y resultados. Ha  catapultado a su país  sin acudir, como los demás,  al manido, irresponsable asistencialismo  de Venezuela.


Llegados aquí, subrayemos algo que resultó nefasto para la estabilidad y equilibrio políticos en Colombia: la reelección.  Advirtiendo, de entrada, que de ella no es   culpable  el doctor Santos, que hoy corre otra vez por la primera magistratura. Cuando él llegó al poder, ella ya existía, con todos sus vicios y perversiones. Y esa sola circunstancia (abstracción hecha de  que quien ocupe el solio quiera perpetuarse o no)  imprime su sello, mueve la voluntad  del hombre  y determina por ende  lo que sigue. Santos tuvo que allanarse a la reelección  para no pasar por inseguro y débil, defeccionando en la mitad del  combate. Quien, habiendo  la posibilidad de quedarse, no lo intente, implícitamente  está confesándose ante su patria como alguien que no dio  la medida. Tal es la arista cruel de la reelección,  la que más duele y la que más presiona al mandatario de turno. Presiona y obliga, en términos sicológicos, o emocionales  para ser precisos. En Estados Unidos (uno de los espejos en que solemos mirarnos) presidente que no busca la reelección  está reconociendo su fracaso, o su fatiga, que allá se juzga con  la misma  severidad, como si se tratara de pecados iguales.


Resumo diciendo   que el problema a que  nos  enfrentamos   hoy  en la escogencia  no es de aptitudes, de carisma,  y  menos  de pulcritud.  Todos son limpios e idóneos para el cargo. Si optamos  por alguien no estamos rebajando  a nadie. Yo votaré por Santos , independientemente de si  me gusta  o no  su talante o ejecutorias. Lo haré por la paz, solo  para que no se malogren  los 4 años que ha invertido  en ella, lo cual, de  ocurrir, sería una tragedia  inenarrable   para  quienes nos  obsedimos con  ella, que no somos tan pocos como  parecemos.