Columnistas

Vote: No a la guerra
Autor: Guillermo Maya Mu駉z
19 de Mayo de 2014


El domingo 25 de mayo los colombianos elegimos presidente de la Rep鷅lica para los pr髕imos cuatro a駉s. Los partidos llaman a votar para fortalecer la democracia.

El domingo 25 de mayo los colombianos elegimos presidente de la República para los próximos cuatro años. Los partidos llaman a votar para fortalecer la democracia. Sin embargo, no son las elecciones, y su participación, lo que define una democracia. Es un aspecto, pero no el más importante. 


El asunto central de una democracia es que las leyes y las actuaciones de las autoridades mejoren el bienestar de la población y profundicen su participación política, y no que se hagan leyes y se tomen medidas que favorezcan a un grupo especial de la población, como realmente ha ocurrido en nuestro país.


Colombia es uno de los países con mayor desigualdad en la distribución de los ingresos en Latinoamérica, y en el mundo es el décimo primer país sobre 153 países.  Incluso, a pesar del gasto social, el indicador Gini de concentración del ingreso no mejora. Al contrario, de 0.47 en 1990 pasó a 0.56 en 2010, empeorando. De acuerdo con Juliana Londoño y Facundo Alvaredo, colaboradores del proyecto Compromiso con la Equidad de Thomas Piketty, autor del bestseller El Capital en el Siglo XXI, el 1% más rico en 2010, rentistas y propietarios de capital, se quedó con 20.4% del total del ingreso bruto nacional, el mismo porcentaje que en 1993, y un neto de 20.1%. 


Por otro lado, las reformas tributarias no han mejorado la tributación del 1% más rico. Las reformas tributarias siguen siendo regresivas y en contra de los trabajadores, los ingresos de capital, los dividendos, no tributan; y en el caso de las mineras transnacionales, se les descuentan las regalías de los impuestos, por decisión de la Dian, en época de la “confianza inversionista” de Uribe Vélez.


Igualmente, la concentración de la tierra es una de las más altas del mundo, con un Gini de 0.86. La persecución al campesinado a sangre y fuego ha resultado en grandes desplazamientos de población y en expropiación de sus tierras que pasan a manos de latifundistas tradicionales, nuevos ricos y hasta de empresas “respetables”, que invierten y no “saben” el origen de lo que compran. Lo importante es comprar barato.


En este sentido, Colombia tiene el 90% de los desplazados de Latinoamérica, y es el segundo país del mundo con más desplazados, después de Siria. Los opinadores definen a Siria como una satrapía, un régimen corrupto y criminal, pero ¿los gobiernos colombianos que han sido? Una democracia, la más antigua del continente suramericano, con instituciones sólidas, (y un ejército de 450 mil hombres en armas, el más grande de Latinoamérica), es la repuesta.


En el periodo 2004-2011, que comprende todo el periodo uribista, los salarios promedios no aumentaron: “el buen desempeño económico no se refleja en el crecimiento de los salarios reales promedios” (OIT, Global Wage Report 2012/13). Y si se recuerda, Uribe Vélez fue el ponente de la ley 50 del 90 que eliminó la retroactividad de las cesantías; ponente de la Ley 100 de 1992 que privatizó la salud y las pensiones; y artífice de la ley laboral 789 de 2002 que disminuyó los recargos dominicales y nocturnos etc. Lucha de clases en contra de los trabajadores. Por otro lado, ser sindicalista en Colombia es una profesión peligrosa.


¿Cómo Colombia pasó de tener una industria con el 20% del PIB en 1990 a tener un sector financiero del 20% del PIB en 2014, mientras la industria se encoge cada vez más? Un modelo agenciado por el Banco de la República, que enriquece cada vez más al sector financiero, mientras la industria se achica con los tratados comerciales y la apertura de “bienvenidos al futuro” de César Gaviria en 1990. El 65% de las exportaciones antioqueñas, en donde nació la industria colombiana, es oro, sin valor agregado, sin empleos bien remunerados, informalidad laboral y contaminación medioambiental: No futuro. 


¿Los candidatos Oscar Iván Zuluaga (reencarnación de Uribe Vélez), Martha Ramírez, y Juan Manuel Santos pueden decir que no tienen nada que ver con lo que ha pasado en los últimos 24 años en Colombia? ¿Cómo pueden afirmar, sin escupir mentiras, que van a corregir el rumbo del país, si el país ha estado en este rumbo porque ellos han estado también en el timón, en los puestos más altos del estado? ¿Por qué prometen futuro si no hay presente, y este presente en gran parte es hecho por ellos mismos?


La izquierda democrática aunque participa en las elecciones no tiene oportunidad de ganar, y no la tiene porque en Colombia, desde las reformas lopistas, de la revolución en Marcha de 1936-40, y el asesinato del líder popular Jorge Eliecer Gaitán en 1948, la derecha colombiana, aquélla que no ha respetado las reglas de juego democrático, ha tomado como consigna la eliminación de la izquierda democrática, con la “combinación de todas las formas de lucha”, legales e ilegales, y hasta criminales.


Sin embargo, los colombianos, aunque no tengamos buenas razones para votar por una clase dirigente, francamente mediocre frente a sus responsabilidades nacionales, debemos salir a votar y a escoger, por lo menos, entre  quienes prometen negociar con las Farc un acuerdo político para la terminación del conflicto armado, Peñalosa o Santos.


Las Farc no salieron de la nada hace 50 años. Salieron del conflicto partidista liberal-conservador en contra del pueblo colombiano, para liquidar las reformas y el espíritu liberal que había nacido con la industrialización, para que todo siguiera como estaba, en manos de unos pocos. 


Sin embargo, las Farc tampoco pueden prolongar su existencia sobre las causas que le dieron origen en el pasado. Las Farc deben entender que son un obstáculo para la democratización del país, y de su vida económica, y que deben desarmarse y vincularse a la lucha política legal, aunque algunos pretendan prolongar su existencia para justificar la guerra y el status-quo que justifica la extrema desigualdad, la falta de oportunidades y la democracia limitada para la mayoría de los colombianos.