Columnistas


Política es aniquilar al contrario
Autor: Jorge Alberto Velásquez Betancur
15 de Mayo de 2014


La Constitución de 1991, la única que es fruto del consenso entre las fuerzas políticas y sociales, no es el camino al futuro que entonces se prometió.

Colombia es un país violento por naturaleza. Las once guerras civiles que en el siglo 19 despedazan el país artificial que se “decreta” tras la lucha por la independencia (1810-1819) y que son a la vez el camino del calvario que conduce a la Constitución regeneracionista de 1886, constituyen la prueba reina para confirmar esta afirmación, que todos conocemos pero que pocos reconocen. Y, como si lo anterior fuera poco, la “Guerra de los mil días” -tremendo nombre para semejante tropezón histórico- es el telón de fondo para despedir al siglo 19 y recibir al nuevo siglo 20, que en esta materia no sería muy distinto al anterior. La pérdida de Panamá, la época de la violencia política (1946-1958), la lucha guerrillera que se desencadena en los años 60, la guerra del narcotráfico que empieza en la década de los 80 y la respuesta paramilitar, fenómenos que se prolongan hasta hoy –cuando todas las violencias se juntan, incluyendo la moral- son los hechos que marcan el transcurrir del siglo veinte y el comienzo incierto del 21.  


 Hoy es una colcha de retazos que al mismo tiempo establece en su parte dogmática y sepulta en su parte orgánica el Estado social de derecho, mientras promete una democracia participativa que el neoliberalismo destruye a renglón seguido para imponer la ley de la selva que facilita la desigualdad. ¿Acaso hay mayor violencia que la pobreza colectiva de un país con las riquezas naturales de Colombia?


Decisiones como la segunda vuelta, establecida para impedir el gobierno de las mayorías directas a cambio de un gobierno de minorías coaligadas con el combustible del presupuesto y los contratos públicos, y la reelección presidencial, han acelerado la corrupción en las esferas del poder público y han polarizado la opinión de los ciudadanos hasta el extremo de devolver al país a los cuadros de zozobra de los tiempos de la violencia política entre los partidos tradicionales. Ahora mismo, por cuenta de la campaña presidencial, Colombia revive los momentos más aciagos de la violencia entre partidos políticos, cuyo trofeo es el aniquilamiento moral de los contrincantes y la decepción de los ciudadanos que prefieren no saber nada de política para no cohonestar tales comportamientos.


En Colombia no se hace política para ofrecer ideas y convencer, sino para aniquilar al contrario. La muerte (política o física, que para el caso son la misma cosa) es un arma política desde los tiempos del mariscal Sucre hasta hoy. Las campañas políticas no reconocen opositores ni contradictores sino enemigos, lo cual plantea de entrada una posición bélica; no tienen ideólogos sino perros de caza para recopilar información del enemigo, que utilizarán luego como munición de los medios afines en caso necesario; no ofrecen programas sino medios masivos convertidos en tanques de guerra para atacar y arrasar a los contrarios. Los propósitos de una campaña electoral no son la búsqueda de la calidad de vida para los ciudadanos sino arrasar al enemigo, como en los tiempos de las guerras civiles. Solo que ahora esas guerras no se llevan a cabo en los campos colombianos con soldados descalzos y desnutridos al mando de señores feudales graduados como generales en el campo de batalla, sino en los medios masivos y en las redes sociales, con asesores de marketing y “piratas electrónicos” generosamente recompensados.


Colombia es un país de fanatismos. Las élites (políticas y económicas) gobernantes prefieren alimentar el fanatismo antes que promover la reflexión. El fanatismo es una forma de control social y de dominación del espíritu: el fanático no debe pensar, no toma decisiones, no hace preguntas; solo debe seguir eslóganes y reaccionar al impulso de las emociones, sin reparar en las consecuencias. En Colombia brilla por su ausencia la educación ciudadana pero abundan los dogmas y las proclamas que enardecen y que impiden todo intento de deliberación. Los foros de lectores de los medios digitales son un desfile de insultos e improperios que mutilan el pensamiento e incitan a la agresión verbal y física del contrario. 


En medio de una arraigada y dañina indiferencia política y dentro del mayor desequilibrio social de la región, la Colombia democrática y moderna que prometió la Constitución de 1991 camina hacia el precipicio de las esperanzas perdidas de la mano de una clase política arrogante, que expone sus actos de corrupción porque sabe que las instituciones del Estado, cooptadas como están, no harán nada para evitar que este espectáculo denigrante se repita período tras período y porque el pueblo soberano, que de una vez por todas podría detener con su voto esta orgía de miserias, prefiere la abstención, que les garantiza a los políticos de siempre perpetuarse en el poder con el voto de sus clientelas políticas.


La abstención es ignorancia, desdén por el futuro, indiferencia frente al estado de cosas y ruina de la democracia que soñamos construir. Si la gente no sale a votar masivamente contra la podredumbre política seguirá avanzando el deterioro de la democracia y se perderá toda esperanza de tener una sociedad más equitativa, donde haya más y mejores oportunidades para todos y no solo para las clientelas políticas que garantizan la perpetuación del “statu quo”.