Columnistas

¿Se anima la campaña?
Autor: Jorge Arango Mejía
11 de Mayo de 2014


Cuando ya se creía que la campaña por la Presidencia terminaría en medio del aburrimiento que la ha marcado, algunos escándalos han llegado, para despertar a los electores, a algunos, e interrumpir los bostezos de los otros.

Cuando ya se creía que la campaña por la  Presidencia terminaría en medio del aburrimiento que la ha marcado, algunos escándalos han llegado, para  despertar a los electores, a algunos, e interrumpir los bostezos de los otros.


El primero, el “más feo” como dirían las señoras, es el de J.J. Rendón, el sedicente hacedor de presidentes.  Nada se sacará en limpio: los doce millones de dólares ya se han gastado o invertido por quienes los recibieron. Y ninguna autoridad hará nada por devolverlos a los bolsillos de los traficantes de drogas. Menos mal.


El hecho sí ocurrió, pues la propuesta recibida por Rendón llegó a su destinatario -el presidente Santos- y éste la entregó a la señora que ocupaba el cargo de  Fiscal General de la Nación. Todo hace pensar que sí hubo dinero, porque es difícil imaginarse a este personaje trabajando gratis, por amor a la patria (¿A cuál patria?).     


Una vez más, como ha acontecido en todos los tiempos, aparece el peligro de los validos. Son individuos  que por una u otra  razón están al lado de los poderosos, les hablan al oído. Con el paso del tiempo creen tener derecho a intervenir en todo, a desempeñar un papel semejante al que se atribuye a los santos: conseguir favores del todopoderoso, a cambio de súplicas y limosnas. Por fuerza, uno tiene que preguntarse qué hacía este señor, contratado para dirigir la propaganda, convertido en intermediario de delincuentes. En este caso su gestión no fructificó, pero, ¿cuántas otras hubo? Si se logra la reelección, ¿seguirá ejerciendo la función de mediador, de dispensador de todas las gracias?


No resulta fácil creer lo de la renuncia, o el que ella implique un marginamiento total. Sin temeridad podría afirmarse que continuará como consejero, guía, tejiendo estrategias, diseñando acciones tácticas. Y haciendo valer sus influencias.


Dicho sea de paso: como ahora tiene el gobierno tan buenas relaciones con el régimen de Maduro,  ¿no sería lo mejor enviarles al señor Rendón, para que les maneje el ministerio de la propaganda, como un segundo Goebbels? 


Menos alarmante es el asunto en que se ha querido enredar a Zuluaga. Ni siquiera el funcionario removido de su cargo ha lanzado una acusación concreta. Podría haber sido solamente un reajuste en cargos directivos, como generalmente acontece al posesionarse un nuevo ministro.


De todas maneras, estas dos noticias nos han recordado que el 25 de mayo habrá elecciones. De lo contrario todo seguiría tan gris y tan insulso como ha sido.


He sido testigo de muchas elecciones. La primera fue del 5 de mayo de 1946, día en que triunfó una minoría que quiso perpetuarse en el poder, por medio de la fuerza. Aún padece Colombia las desgracias que en esa fecha comenzaron. 


La segunda, la de Laureano Gómez, en diciembre de 1950, acaso más melancólica que la actual, porque aquél no competía contra nadie: la violencia atroz había obligado al Liberalismo a no presentar candidato. Pocos meses antes, el Maestro Echandía había visto caer a su hermano Vicente, víctima de las balas de los agentes de la dictadura.


Y cómo se echan de menos los grandes discursos de otras épocas. Ya no hay los formidables oradores que enriquecían las sesiones del Congreso y los procesos electorales. Apenas algunos que balbucean lugares comunes, o fingen enfurecerse para hacer creer que son enérgicos: ¡Pero nadie les cree!